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Phelps irrumpe en la piscina de Río

El nadador compone a última hora el equipo de relevos de Estados Unidos y cumple con una posta decisiva (47,13s) para obtener la victoria ante Francia y Australia

Michael Phelps besa su medalla de oro.

La natación, como la física cuántica, tiene leyes que la convierten en una ciencia previsible, pero solo hasta cierto punto. La norma se interrumpe en las pruebas de relevos. Entonces la atmósfera se electrifica e intervienen factores difíciles de medir. Comienza por el público. La gente se pone sentimental. El pueblo saca las banderas. Los hombres se acuerdan de sus madres. Las madres lloran por sus hijos. El pasado se funde con el futuro. El círculo de energía sobrecarga los cuerpos y suceden cosas que solo el tiempo podrá clarificar. La historia del deporte, tal vez, dentro de muchos años.

El domingo a la medianoche en Brasil, una de esas madres, maquillada y peinada para la ocasión en la grada del Centro Acuático de Río, era Debbie Phelps. A su lado, su nuera, Nicole, con su nieto Boomer, el primogénito del médico brujo.

Casi nadie esperaba a Michel Phelps en la final de los relevos de 4x100 pero el rumor comenzó a crecer en los últimos días hasta que el hombre se manifestó ahí, ante la multitud, abrazado a sus tres compañeros del equipo de Estados Unidos para el duelo más emocionante vivido en la piscina olímpica. Estados Unidos contra Francia, Australia, Rusia, Brasil, China y Japón. Ganó Estados Unidos, como no puede ser de otro modo cuando a su favor soplan los vientos de la magia.

El relevo olímpico de 4x100 fue durante mucho tiempo patrimonio de Estados Unidos. La hegemonía se acabó en los Juegos de Sydney, con una victoria de Australia que anticipó la globalización del deporte, la disolución de los poderes tradicionales, y la aparición de naciones llenas de velocistas capaces de pensar que gozan de un derecho adquirido a retar al imperio. Francia es el país desafiante por excelencia en este terreno. Solo un error le impidió conquistar el oro en el relevo de 2008 y se impuso con claridad en 2012. Ayer en Brasil, el título regresó a manos estadounidenses en una carrera prácticamente resuelta desde los 150 metros. Justo cuando Phelps dio ese golpe de autoridad que le llevó a nadar un par de metros más que sus adversarios para ponerse a la cabeza de todos, fantásticamente poderoso en un viraje que quebró la moral del francés Fabien Gilot.

La estadística no anunció este desenlace. El ránking de los mejores tiempos de 2016 en 100 metros libre indicaba que Estados Unidos solo tenía a un hombre entre los diez primeros, Nathan Adrian, con 47,72s, segundo por detrás de Cameron McEvoy, la nueva joya australiana que, con 47,04s llegó a Rio con el halo del hombre más veloz. Francia era, con dos nadadores entre los diez mejores, Stravius y Manaudou, la potencia con más elementos en lo más granado de los registros. Phelps no nadaba un 100 libre desde hacía años. No es su especialidad y no había rastros suyos en esta distancia desde 2012. Pero todos, de algún modo, deseaban su regreso. También sus rivales.

El australiano James Magnussen lo dijo tranquilamente, tras la carrera: “Pheps ha sido una inspiración para todos los que nos hemos dedicado a este deporte. Todos hemos deseado que participara en los Juegos una vez más y me alegro de que haya podido nadar esta prueba”.

Caeleb Dressel lanzó la primera posta en Estados Unidos. Lo replicaron Mehdy Metella en Francia; James Roberts en Australia y Andrey Grechin en Rusia. Se impuso Metella con 48,08s, solo dos centésimas sobre Estados Unidos. En ese primer 100 Australia pudo perder sus opciones de conquistar el triunfo. Roberts nadó en 48,88s y dejó a su equipo en octavo lugar. Ante este escenario, la segunda posta dirimió el duelo esencial. Estados Unidos contra Francia. La lucha que ha caracterizado a las tres últimas olimpiadas. Phelps atacó. Gilot defendió.

Fabien Gilot hizo su primer 50 más rápido. Tocó la pared en 22,42s y se volvió a toda velocidad para cubrir el segundo 50. Phelps tocó en 22,53s y se sumergió para dar una, dos, tres, cuatro, cinco y seis patadas de delfín de una potencia desconocida en él, desde siempre un buen nadador subacuático. “Fue el mejor viraje que le he visto hacer jamás”, dijo después su entrenador, Bob Bowman. A los 31 años, al borde de la retirada, dio lo mejor de sí. Cuando tocó la pared de los 200 metros su tiempo parcial se detuvo en 47,12s. Gilot hizo 48,20s. Un segundo de diferencia en 50 metros nadados es una desmesura. Total, 1 minuto 35,22s para Estados Unidos y 1m 36,28s para Francia al pasar por los 200 metros.

Nathan Adrian (46,97s), Cameron McEvoy (47,00s) y el francés Jeremy Stravius (47,11s) libraron la última batalla. La que decidió la plata para Francia y el bronce para Australia. Estados Unidos fue oro con 3m 09,92s.

El joven Ryan Held, que nadó la tercera posta, no pudo contener las lágrimas. “He escuchado el himno miles de veces pero esta vez me puse muy emocional”, confesó, “Phelps me decía: ‘disfrútalo, esta experiencia es única en la vida, contempla al público, recuerda este momento”.

Los muchachos ya no le llaman Michael. Le dicen “Phelps”. Con el respeto debido a los hombres que forman parte de un pasado descomunal y ajeno que, por cosas del destino, aparecen la noche menos pensada para incorporar la 19ª medalla de oro olímpica a su particularísima colección.

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