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Malas noticias

No había un `punching ball´ delante, sino una aspirante a campeona que aguantó el asedio, los errores arbitrales y un penalti

Los jugadores de Croacia celebran la victoria. Ver fotogalería
Los jugadores de Croacia celebran la victoria. EFE

El primer gol de Croacia fue una buena noticia para España. Llegó cuando tenía que llegar, en la última jugada del primer tiempo, y como consecuencia de la relajación y el despiste, dos rasgos de la defensa española que merecían un gol en contra para evitar eso tan peligroso de la fe: en la buena suerte, en el karma, en la impunidad. Los croatas marcaron después de un centro cómodo y gracias a un despiste de Ramos, que vio pasar al delantero tratando de pararlo con los brazos en jarras. Lo hicieron suavemente con el exterior, que es la parte de la bota que utilizan los verdugos con estudios.

Para entonces España se estaba dejando querer en defensa, saliendo a todos los bailes, y pegándose un baño de euforia en ataque. Había un contraste alarmante, como cuando uno pierde el control de una parte de su cuerpo. Pases cortos, entregas pasotas al rival, controles de verbena de verano. Todo lo resolvía Croacia con zambombazos a los aires, como si se dedicasen a festejar la recuperación más que a buscar un gol. Y cuando uno le puso sutileza fue tan certero que el balón golpeó todos los palos de Burdeos antes de salir otra vez al área, nada convencido.

El gol, en la primera ocasión y tras dos minutos de acoso croata, hizo creer a España en la inmortalidad. Fue un monumento. Salió el balón en defensa mediante un triángulo que dejó tirada la primera línea rival, y tras eso se dejó todo en manos de Cesc. Hay desmarques que son asistencias en sí mismas. El catalán se fue a por un hueco en el área que sólo vio él y el cerebro depredador de Silva contemplándolo intramuros. Fue una asistencia larga y telegrafiada por Cesc, que salió de tan atrás que llegó como un barco y resolvió finísimo. Comenzó entonces la ruleta rusa: al juego cinematográfico de España, con los laterales desencadenados, le sucedía la categoría en la salida de Croacia, una selección de domadores que terminó el partido sacando los aros para colar dentro a los leones.

No había un punching ball delante, sino una aspirante a campeona que aguantó el asedio, los errores arbitrales y un penalti. Hay dos clases de penaltis de Ramos: los contra natura, que los tira despacito y los mete todos, y los naturales, a romper como si quisiese saldar una cuenta terrible con la vida; la lucha de Ramos en los once metros no es contra el portero, sino contra sí mismo.

Todo lo soportó Croacia para seguir mirándole a la cara a la deslumbrante España. Y después del penalti, siguiendo un guion que le cayó encima de la mesa, se fue a saludar a De Gea. Ese segundo gol no fue buena noticia. En realidad, visto ahora con perspectiva, fue bastante mala.

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