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Que nadie jamás olvide Heysel

Los abyectos sucesos de estos días destilan, de momento, una cierta laxitud de las autoridades, civiles y deportivas y no estamos ante un virus desconocido

Espectadores entre los restos de la grada arrasada del estadio Heysel, en Bruselas, en 1985. Ampliar foto
Espectadores entre los restos de la grada arrasada del estadio Heysel, en Bruselas, en 1985. AFP

A la vieja y extraviada Europa le ha estallado en los morros una epidemia que se creía casi erradicada. La barbarie social de estos días en Marsella, con guerras y guerrillas urbanas entre rusos e ingleses solo ha hecho brotar el lado más nauseabundo del fútbol, víctima de estas escorias. Un fútbol que sirve de excusa para las inmundicias de esos indeseables, no como mecha. Los abyectos sucesos de estos días destilan, de momento, una cierta laxitud de las autoridades, civiles y deportivas. No estamos ante un virus desconocido. Si parecía extinguido en su mayor parte es porque ante semejante vandalismo jamás hay que bajar la guardia, y mucho menos cuando ya eran palpables algunos rebrotes en los países del Este, caso de Rusia, por ejemplo. Que el nacionalismo ruso se hooliganice a dos años de su Mundial es una señal más que inquietante.

La vileza de Marsella revela que se han aflojado los controles. Por un lado, corresponde a cada país vetar, o al menos informar, a todos aquellos indecentes ya fichados que pretenden cruzar fronteras hacia el torneo. O no lo han hecho con diligencia los responsables ingleses y rusos, o algo ha fallado estrepitosamente en su coordinación con la seguridad francesa, que, para su desgracia y la de todos, ahora debe desviar más fuerzas de las que preveía para estar en alerta no solo con la amenaza terrorista.

Que el nacionalismo ruso se 'hooliganice' a dos años de su Mundial es una señal más que inquietante

Tampoco se entiende que, con su historial de fechorías, la UEFA reuniera a ingleses y rusos en Marsella, uno de los principales focos conflictivos, si no el que más, de Francia. Como no se entendió en su día que en la Eurocopa de 2000 de Bélgica y Holanda convocara en las ratoneras calles de Charleroi a ingleses y alemanes, donde se retaron en batalla campal por todos los rincones durante horas y horas. Tampoco cabe en lógica alguna que en el Velódromo marsellés un sector de rusos e ingleses estuvieran tan cercanos, como si el recuerdo de Heysel se hubiera borrado. Los filtros de venta de entradas no funcionaron. La UEFA, ahora con Ángel María Villar al frente, advirtió ayer de que no vacilará en descalificar a equipos si prosiguen los graves incidentes. El reglamento disciplinario de la UEFA lo permite de acuerdo con su artículo 6. No debería dudar lo más mínimo, ni un segundo. El triste pasado del hooliganismo así lo recomienda. Que ayer también hubiera palos y palos entre norirlandeses y polacos, y entre alemanes y ucranios hace tiritar ante la posibilidad de que los machotes hayan decidido jugar su propia Eurocopa hooliganiana.

El hooliganismo encontró caladero en el fútbol en los años ochenta y originó una hemorragia que solo se atajó cuando los muertos y más muertos ya resultaron incontables. La atrocidad de Heysel, en Bruselas, con 39 fallecidos en la final de la Copa de Europa de 1985 entre la Juventus y el Liverpool, por fin agitó la conciencia de los gobernantes. De ello puede dar fe como nadie Michel Platini, presente en aquel infame partido y autor del único gol. El fútbol quedó manchado para siempre. Inglaterra, vivero del repugnante fenómeno, actuó entonces con firmeza, lo mismo que las autoridades deportivas, caso de la UEFA, que expulsó a los clubes de la Premier de las competiciones europeas durante cinco años. Desde entonces, el hooliganismo quedó limitado a algunos incidentes episódicos, como aquel infame linchamiento de salvajes alemanes al policía francés David Nivel durante el Mundial de 1998, que estuvo ocho semanas en coma.

La contundencia de entonces debería doblarse ahora para atajar de raíz el más mínimo repunte. Tolerancia bajo cero o se corre el riesgo de que la onda vuelva a ser igual de expansiva, lo que sería imperdonable. Máxima contundencia ya. Por parte de las autoridades y de la UEFA. Si hay que expulsar a una selección, que se la expulse de inmediato. Fue la única receta que en su momento funcionó con los ingleses. Ante precipicios extremos como este no hay tibieza que valga. Europa sabe como nadie de dónde viene. Que nadie jamás olvide Heysel.

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