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Muere Korchnói, gran campeón sin corona, a los 85 años

Batió marcas de longevidad deportiva tras librarse de los nazis, de la URSS y del KGB

“Yo me escapé”. Esa frase resume la novelesca vida de Víktor Korchnói (1931-2016), quien pretendió inscribirla en una bandera blanca en 1978, cuando era apátrida tras huir de la URSS, y se enfrentaba por el título mundial con el héroe soviético Anatoli Kárpov. Capaz de tumbar a los grandes con más de 70 años, rebelde indómito hasta el final, el campeón sin corona más luchador de la historia ha muerto hoy en Suiza, a los 85.

Korchnói, en 2015, durante su duelo con Uhlmann en Zúrich.
Korchnói, en 2015, durante su duelo con Uhlmann en Zúrich.

Los funcionarios de la delegación de Kárpov montaron en cólera al escuchar la respuesta del aspirante al título cuando ellos le propusieron que jugase junto a una bandera blanca con la inscripción “apátrida”. Ocurrió en la isla filipina de Baguio; y el árbitro decidió que se jugase sin banderas. Pero eso no evitó el escándalo: Kárpov, quien se negó a estrechar la mano de Korchnói antes y después de las partidas, situaba al parapsicólogo Vladímir Zújar en la 3ª fila de los espectadores, siempre en diagonal a su adversario, porque sabía que su presencia pondría nervioso a Korchnói, quien contraatacó sentando en la misma fila, vestidos de naranja, a dos miembros de la secta Ananda Marga en espera de juicio, acusados del intento de apuñalamiento de un diplomático en Manila. El árbitro expulsó a los tres, y antes del siguiente Campeonato del Mundo entre ambos (Merano, Italia, 1978) pidió a un carpintero que instalase una pieza de madera vertical bajo la mesa para que no se dieran patadas durante las partidas.

Estridencias aparte, es un hecho que la delegación de Kárpov en esos dos Campeonatos del Mundo incluía varios agentes de la KGB entre cuyas misiones estaba la de fastidiar a Korchnói por todos los medios posibles; por ejemplo, ocultándole información sobre el estado de su hijo, preso en la URSS por negarse a realizar el servicio militar, y de la esposa de Víktor, retenida en Moscú. Muchos años después, cuando se desvelaron gran parte de los archivos secretos, se supo que el KGB llegó a diseñar un plan para asesinar a Korchnói si se considerase necesario. Esa revelación salió del famoso archivo Mitrojin, que también explicaba un plan para cortar las piernas al famoso bailarín disidente Rúdolf Nuréiev.

Pero Víktor El Terrible ya estaba curado de espantos desde la adolescencia, cuando sobrevivió en condiciones durísimas al sitio de los nazis, cuyo objetivo era matar de hambre a los habitantes de Leningrado (hoy, San Petersburgo). Eso le curtió el alma, que aún se endureció más cuando, tras escaparse de la URSS -harto de que las autoridades deportivas le hicieran la vida imposible para favorecer a Kárpov, la joven estrella emergente-, se emparejó con Petra Leuwerik, cuyo odio a los soviéticos empequeñecía el suyo: fue secuestrada por las tropas de Stalin e internada en el gélido campo de concentración de Vorkutá (Siberia).

Todo ello ayuda a comprender por qué Korchnói logró magníficos resultados a edades en que los grandes ajedrecistas ya se han retirado (el declive suele empezar hacia los 40 años). El último de ellos se produjo en febrero de 2011, a punto de cumplir 80 años, en el abierto de Gibraltar. Allí ganó entre otros a Fabiano Caruana (hoy, 3º del mundo), y sólo el español Paco Vallejo fue capaz de doblegar al viejo gladiador, en la última ronda.

Resabiado, de carácter agrio y rebeldía perenne contra casi todo, fue un animal de la competición mientras le quedaron fuerzas. Incluso en marzo de 2015, ya en silla de ruedas, sordo, con marcapasos y sus coronarias devastadas, tras dos derrames cerebrales, empató (2-2) un duelo rápido con el alemán Wolfgang Uhlmann. Entonces ya era muy difícil mantener una conversación fluida con él, pero sus ojos brillaban cuando miraba al tablero, esa superficie blanquinegra cuya magia le ayudo a escapar de tantas amenazas a lo largo de una vida de película.