Pobre cartero genial
La vida del ajedrecista Arturo Pomar ilustra la pobreza intelectual de la España franquista
Bobby Fischer se lo dijo con gran crudeza durante el torneo Interzonal de Estocolmo de 1962: “Pobre cartero español. Con el enorme talento que tienes, y tendrás que volver a una oficina de Madrid, a pegar sellos”. Arturo Pomar (Palma de Mallorca, 1931), quien ese día acababa de hacer tablas con uno de los mayores genios de la historia del ajedrez, murió el jueves en Barcelona. Gran parte de sus 84 años los pasó enfermo, pensando en lo que pudo ser y no fue porque apenas le ayudaron.
Fischer se acordaba muy bien de Pomar 29 años después en Los Ángeles: “Me impresionó mucho su gran talento, no sólo en nuestra partida. Los soviéticos le tenían un profundo respeto. Pero me dijo que le habían dado vacaciones sin sueldo para jugar el torneo”, le contó al arriba firmante. En ese torneo durísimo (una liga entre 23 jugadores), Pomar fue en el grupo de cabeza (los seis primeros pasaban a la fase final del Mundial) hasta que se hundió, agotado, en las últimas rondas.
Para comprenderlo hay que situarse en la frontera de Irún tres semanas antes. Camino de Estocolmo, Pomar almuerza con el destacado ajedrecista Luis Eceizabarrena, quien ayer recordaba aquella charla: “En primer lugar me sorprendió mucho que viajase solo, mientras todos los demás favoritos para esas seis plazas iban al Interzonal con uno o varios ayudantes”. Pero el asombro del irunés aumentó cuando preguntó al mallorquín si iba bien preparado: “Me dijo que sí, con su modestia extrema. Y entonces sacó del bolsillo un librito de aperturas de Julio Ganzo, que estaba muy bien para un aficionado de bajo nivel. Volví a casa convencido de que el Interzonal iba a ser muy duro para Pomar”.
Lo fue, pero no como creía Eceizabarrena. Aquel español tan mal preparado terminó el 11º, a 1,5 puntos del 6º, tras sumar sólo uno en las cuatro últimas rondas porque estaba agotado. Cada vez que una partida se aplazaba hasta la mañana siguiente tras cuatro horas, el rival de Pomar se iba a dormir, y su analista estudiaba la posición suspendida toda la noche para entregar sus análisis en el desayuno; mientras tanto, Pomar trabajaba toda la noche y se presentaba en la reanudación sin dormir. No debe de ser casual que nada más volver a España empezara a presentar los síntomas de un desequilibrio mental que ya nunca superó.
Uno de sus siete hijos, Eduardo, recuerda con lágrimas los cuentos “sobre beduinos en el desierto”, que Arturo le contaba antes de dormir. Y resume así las estrecheces que sufrieron sus padres y abuelos: “Las exhibiciones de simultáneas que mi padre dio desde niño por toda España mitigaron las penurias familiares durante la posguerra. Después, su salario de funcionario de Correos era lo esencial, porque las ayudas del Gobierno y los premios como jugador eran escasos. Más tarde, ya en su vejez, la Federación Internacional de Ajedrez le ayudó algo más. Aun así, mi padre siempre se mostró orgulloso, como español, de que en el extranjero se le reconociera más que en su país”.
Eduardo y el actual presidente de la Federación Española de Ajedrez, Javier Ochoa de Echagüen, quien convivió mucho con Pomar, recuerdan con emoción el homenaje conjunto que se tributó a Pomar y al disidente soviético Víktor Korchnói en Calviá (Mallorca) durante la Olimpiada de Ajedrez de 2004: “Mi padre aún estaba lúcido entonces, y verse junto a otra gloria del ajedrez en el escenario le impactó mucho. También recuerdo que se hizo una foto junto a Paco Vallejo, el mejor jugador español entonces y ahora”, evoca Eduardo.
Vallejo, beneficiario de diversas becas y subvenciones, representa, con matices, la España blanca. Pomar, la negra.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.