Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

El reinado ejemplar de Felipe Reyes

Felipe Reyes con el trofeo de la Copa del Rey de baloncesto.
Felipe Reyes con el trofeo de la Copa del Rey de baloncesto. EFE

Las resacas distorsionan la reflexión, que precisa perspectiva. Este domingo, la Copa de baloncesto entronizó de nuevo al Real Madrid y enfatizó el papel de Pablo Laso, un técnico que llegó de refilón y ya se ha ganado un capítulo destacado en los radiantes archivos madridistas. Sin restar la gloria que merecen este gran entrenador y los suyos, conviene reparar en la figura de Felipe Reyes, que pese a encadenar título tras título rara vez sufre de actualidad. Una vez más, un modelo a seguir, una persona ejemplar. Alguien hecho a sí mismo, al que nadie, ni los más altos, fuertes y mejor esculpidos han logrado intimidar, y mucho menos cuando el partido es de tronío. Alguien que aceptó con naturalidad el que sus maravillosos coetáneos le adelantaran hacia la cúspide. Reyes es un líder silencioso.

Reclutado en la futurista generación de los júniors de oro, con el tiempo los grandiosos Gasol le dejaron en el campo base en su escalada en la NBA, como Raúl López, Garbajosa, Calderón, Ricky, Navarro y Rudy. Luego españolizaron de sopetón a Ibaka y Mirotic… Con los pies en la tierra se quedó Reyes, como si nada, como si su falta de talla (204 centímetros) y músculo (104 kilos) le redujera a ser un jugador de andar por casa. Pero los tipos como este van de puntillas hasta la cima. Sí, de puntillas, porque Felipe nunca fue el más alto, tampoco el más macizo, pero jamás sintió el mal de altura cuando le retaron adversarios de siete pértigas. A menos centímetros y menor volumen, mayor inteligencia y voluntad, cosa de familia, diría su hermano Alfonso. Un caso extraordinario el de este titán de casi 36 años que suma nueve medallas con España y 15 títulos con sus únicos dos clubes, el Estudiantes donde se graduó y el Real Madrid en el que debiera licenciarse con todos los honores. Los rivales y los 35 pívots contratados en sus 12 temporadas en el Madrid no han logrado derrocar a este jugador con el virus de la eternidad. El mejor relevo de Felipe siempre fue Felipe. Y aún es de los buenos, de los muy buenos, como se vio en la Copa, conquistada 16 años después de su primer podio, con los del Ramiro. Este Espartaco ha vertebrado al renacido Madrid.

En Reyes, su club y España tienen a un mito no del todo reconocido como tal. Le han faltado luces de neón, mayor pirotecnia. O quizá un cuerpo tuneado y ser un pavo real. Él es un tipo discreto, de anormal normalidad. Lo suyo es la brega, un tiro preciso de cuatro metros con el que no contaba en sus inicios y el juego de espaldas, una suerte cada vez más excepcional en este juego, por lo que Felipe también remite a los clásicos. Y si hay que ir de safari, allí está él, antes que nadie, infiltrado entre una manada de osos a los que rebaña el rebote. Ya dijo algún sabio que el instinto es la velocidad punta de la inteligencia. Felipe olfatea la presa y se deja el corazón en los huesos. Por sí solo es el séptimo de caballería en un campo minado. La suya es caza mayor, asignatura que debiera ser obligatoria en los campus de basket. Como su actitud moderada tendría que ser un módulo en el cole de la vida.

Felipe transita por igual en los fastos de los púlpitos políticos, como en las canchas o en la Gran Vía. Él marca su paso, siempre en orden, sin milongas, sin retoques de camerino, solo atento al escudo, la camiseta y los aros. Curso a curso transmite una pasión encomiable, cuando toca brillar y cuando la situación requiere de su intendencia, como en la selección, donde siempre asumió un papel de soldado raso ante los Gasol y compañía. Lo hizo sin desgarros, porque siempre fue un líder incluso entre las estrellas más relucientes. Todos le tienen por un paladín, dentro y fuera del parqué. Bueno, todos no. Bien que debió lamentar Orenga haber rebajado su función en el Mundial de 2014.

A Reyes, admirado hasta en el Barça, tan arrepentido por no ficharle en su día, no conviene caducarlo. Hasta hoy, el tiempo nunca menguó su destino. Como se vio en la Copa, todavía es vitamínico y tiene el gusanillo. Por algo gente como él llega a la excelencia sin ser el mejor entre los mejores. Vale, no tuvo la púrpura de los Lakers, los Bulls o los Knicks, pero su reinado es otro, tan paradigmático que ojalá sea célebre de inmediato. Es urgente: el deporte, la vida, necesitan espejos así.

Más información