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Ser y estar

Como los cronistas no lo ven, pocas veces se admira el que un jugador desaparezca de repente de los radares del juego, como hace Messi

Leo Messi
Messi controla el balón entre Saúl y Godín. (c) Vicens Gimenez

En el fútbol se puede ser o estar. Hay jugadores que tienen tan ensayado quiénes son ellos que les basta poco más: entran al campo, deambulan con el dorsal en la espalda y ese respeto ayuda a hacer una fisura en la defensa. Cada vez ocurre menos, pero todavía es un método eficaz cuando uno es la gran estrella mundial. Hace poco el jugador de un equipo que se las tuvo que ver con el Barça decía días después, ya superado el vendaval: “Desde la primera jugada tuve la sensación de que se me habían desatado los cordones; dio igual, no me atreví ni a comprobarlo y cuando lo hice teníamos dos encima del marcador”.

El Barcelona de Luis Enrique, ese sintagma, no es el Barça de Guardiola. Entre los dos hay una distancia que va de lo táctico a lo mediático. Y sin embargo los rivales tienen ante ellos esa sutilísima sensación, tan venenosa, de que hay poco que hacer. En su edad dorada Pep hundía a los rivales antes del descanso para que no sufriesen; en la suya, Luis Enrique los deja vivir como peces que agarra por la cola y los saca de la pecera antes de dejarlos caer en las fauces de sus americanos.

El gol que dobló el partido ante el Atleti define un contexto demoledor para los rivales. Había ocho jugadores rojiblancos defendiendo un centro de Jordi Alba. ¿Quién remató? Leo Messi; lo hizo solo. Si no hay aficionado que pague su abono en el estadio sin dirigir la mirada al argentino, ni aficionado fuera del estadio que pague su cuota televisiva por él, ni nadie en su sano juicio que en el Camp Nou le saque la mirada de encima al 10 mundial, no digamos los técnicos y los jugadores rivales, ¿cómo puede aparecer Messi en el área, rodeado de ocho contrarios, y marcar gol?

En el fútbol se puede ser o estar. La mayoría de las veces se relata como virtud el hecho de que un jugador tenga visibilidad en todas partes del campo, y haga su aparición en las esquinas más recónditas, y contar de esa manera que tiene peso en el juego. Como los cronistas no lo ven, pocas veces se admira el que un jugador desaparezca de repente de los radares del juego; se le tacha de caprichoso, de reservón y de estar descansando para alguna cita señalada oscura y terrible.

La enorme presión que ejercen los cracks a sus breves desapariciones tienen consecuencia en el marcador. En el caso de Messi, su inmersión duró aproximadamente dos segundos en el partido del sábado. Los suficientes para que ocho tíos en el área de su portero no supiesen dónde estaba. Fue un centro raso dentro de un área invadida: hasta ese momento Messi era. En cuanto la metió, empezó a estar.

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