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Blatt y las exageraciones

Es absurdo despedir a un entrenador tan bueno y que si hubiese tenido una carrera más americana no lo habrían despachado, pero sabíamos que las cosas en Cleveland no iban bien de puertas para adentro

David Blatt y Lebron James.
David Blatt y Lebron James. AP

Todos los años, cuando al principio de cada temporada me piden que escriba una columna semanal sobre la NBA en cierto periódico de postín, entro en pánico cuando un pensamiento atraviesa mi cerebro: “¿Y si me quedo sin nada sobre lo que escribir?”

Pero siempre pasa algo. Y luego hay semanas como la pasada. Semanas en las que los Cleveland Cavaliers deciden despedir a su entrenador, David Blatt, a pesar de liderar su Conferencia con un balance de 30 victorias frente a 11 derrotas y después de haber llevado a su maltrecho equipo hasta la final de la NBA de la pasada campaña. Semanas en las que el pívot de Los Ángeles Clippers, Blake Griffin, le da un puñetazo a uno de los encargados del material de su franquicia en un restaurante en Toronto. Y semanas en las que el mejor equipo de la Liga derrota al segundo mejor equipo por 30 puntos.

Cada uno de esos acontecimientos bien merece una columna, pero asumo que no tenéis tiempo para leer tanto y que, además, en el fondo probablemente tampoco la merezcan porque todos comparten un hilo conductor: las reacciones exageradas a posteriori.

Un encogimiento generalizado de hombros hubiera sido una reacción más razonable a la destitución de Blatt que el montón de columnas moralizantes sobre lo que su relevo dice de LeBron, de la NBA o de EEUU

Empecemos con David Blatt. Sí, es absurdo despedir a un entrenador tan bueno. Y sí, es probablemente cierto que si hubiese sido un exjugador NBA o tuviese una carrera más americana no habría sido cesado. Pero también es verdad que, más o menos, todos sabíamos que las cosas en Cleveland no iban especialmente bien de puertas para adentro. De manera que un encogimiento generalizado de hombros hubiera sido una reacción más razonable a su destitución que el montón de columnas moralizantes sobre lo que su relevo dice de LeBron James, de la NBA o de Estados Unidos.

Lo mismo aplica al puñetazo de Griffin. De acuerdo, uno no espera que una cena con profesionales del deporte acabe a puñetazos, pero también es probable que el mencionado encargado del material pisase algún callo con algún comentario, que Griffin se pasase de la raya con la respuesta y que al final se les fuese de las manos (literalmente). Tampoco es necesario que empecemos a gritar lo «inmaduro» que es Blake Griffin, ¿verdad?

¿Y qué decir de la paliza de Golden State Warriors a San Antonio Spurs? ¿Estamos ante un caso de equipo imparable que marcará una época como nunca antes se ha visto? ¿O simplemente pudiera ser que los Spurs estuviesen un poco atolondrados y que sea un poco pronto como para sacar conclusiones de un único partido?

La naturaleza humana nos obliga a convertir anécdotas en historias, a buscar causas y efectos y a extraer conclusiones (especialmente si podemos aplicarlas a nuestra vida), pero creo que, al menos de vez en cuando, tampoco estaría mal que nos resistiésemos a la tentación de hacerlo.

David Blatt probablemente volverá a entrenar. Blake Griffin probablemente no es un tipo violento. Los Warriors son buenos pero probablemente no son infalibles.

Y, probablemente, seguirán pasando cosas cada semana y siempre tendré algo sobre lo que escribir.

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