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OPINIÓN

Realismo ‘Mágico’

La visita del Madrid a Cádiz detonó el ingenio natural y el fatalismo del pueblo del Carranza

Denis Cheryshev, del Madrid, se dispone a marcar el 0-1 al Cádiz en el último cruce de Copa. Ampliar foto
Denis Cheryshev, del Madrid, se dispone a marcar el 0-1 al Cádiz en el último cruce de Copa. EFE

“Cuando dicen que los gaditanos no nacen en Cádiz, que allí dónde nazcan eso les da igual”. Así comienza la canción que la chirigota Cumpleaños Infeliz, SA, dedicó al mayor ídolo que jamás haya tenido el Estadio Ramón de Carranza: Jorge El Mágico González. Siguiendo la letra de la tonadilla, se dice que “cuando le dio la gana, y a golpe de filigrana, a la afición más pagana convirtió a la religión: los viernes al Nazareno y los domingos al terreno del greñúo del balón”.

Hace mucho tiempo ya que aquel gaditano nacido en Centroamérica abandonó los campos para pasear en compañía de un balón por las playas de su país natal, El Salvador. Pero su impronta, su especial carácter, permanecen todavía intactos en el espíritu y las gargantas de miles de aficionados que priorizan la diversión y el arte por encima de cualquier ambición deportiva.

Para comprender cómo se vive el fútbol en el templo gaditano, ahora reformado y con cierto aire de catedral inglesa, uno debe imaginar una plaza de toros a rebosar, un tablao flamenco lleno de humo de tabaco y un desfile de carnaval perpetuo recorriendo los huesos de cada aficionado presente, todo bien mezclado. Del silencio escrupuloso, expectante, se pasa al olé instantáneo y rotundo con solo un toque de balón, como si el mismísimo Rafael de Paula se hubiera vestido de corto para clavar una vaselina imposible en el hoyo de la agujas rival, y los pañuelos blancos y bien planchados inundaran las gradas para vitorear al ídolo, acompañados por un ritmo cadencioso y afinado de palmas que dejan intuir, de fondo, el sonido de una guitarra. Apenas necesita el cadista poco más que un mago con legañas o un ruso indebidamente alineado para desatar su ingenio natural y que la chirigota no pare de sonar hasta el siguiente entierro de la sardina.

Mi querido amigo Juan Gorostidi, uno de esos genios modernos capaz de despertarte a las cuatro de la mañana con la imitación de un señorito sevillano contratando a un sintecho para una cacería, aburrido de disparar a ciervos y jabalíes, me contaba hace unos días una anécdota que ilustra el carácter de la afición gaditana: “Marcó el Cádiz en el minuto doce de la primera parte y toda la grada se puso a gritar ‘¡árbitro, la hora!”. A buen seguro que Rafa Benítez se llevó apuntadas en su austera libreta una buena colección de coletillas similares el pasado miércoles: desde el ya histórico “mete a De Gea”, hasta la insistente recomendación de que mirase el Twitter aunque fuese en el móvil de Chendo. Y con todo lo dicho, no hay afición más autocrítica que la gaditana, como demuestra el final de la misma canción con que comenzaba el artículo: “Pero somos tan absurdos y a veces tan poco hombres, que a una escuela de fútbol le ponemos el nombre de un futbolista inglés que a mí no me vale: una escuela de fútbol en Cádiz, el único nombre que puede tener es el de Jorge González”.

Mágicos y realistas, como si los hubiese imaginado Cunqueiro.

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