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Curar un esguince: un ¡ay! y 20 euros

Deportistas aficionados de Galicia acuden a curar sus lesiones a los últimos compoñedores, herederos de la medicina tradicional

Patricia Lamas, 'compoñedora' de 32 años.

Alex García tiene 15 años y juega de central. “Leñero”, en definición de su padre. Su equipo es el cadete del Oroso, un municipio que linda con Santiago. Avanza casi a la pata coja, apoyando muy poco el pie derecho, con el tobillo hinchado como una pelota. “Me pisaron ayer jugando un partido”, dice al atravesar la puerta de esta casa de aldea. Al otro lado lo recibe Carmen Seoane — 72 años, 63 como “compoñedora”, sin más formación que la que le transmitió su padre y éste heredó del abuelo—. Examina la pierna, que pide relajar, mientras ironiza sobre “la valentía de los jóvenes de ahora”. Cuando el paciente se distrae, hunde las yemas de sus dedos en el tendón herido y en un visto y no visto proclama: “Ya está, ¡qué rapido se arregla un pie!”. Da una semana al chaval antes de volver a entrenar y pide al siguiente que pase.

Es la una de la tarde del domingo en Santalla de Gorgullos, un núcleo de media docena de casas en el ayuntamiento coruñés de Tordoia. Y los coches empiezan a llegar en procesión desde los campos de la comarca. Algunos pasan antes por el hospital, pero la mayoría vienen directos. Los chavales llegan cojeando, igual que hicieron sus padres y también muchos abuelos durante décadas. “El mío ya me traía en el tractor hace cuarenta años”, cuenta Manuel, que acompaña a su hijo desde Carballo, a 30 kilómetros. “A mí me atendió el abuelo, te daban ese tirón, te colocaba el pie y te mandaba pisar fuerte al salir”,

Carmen, la compoñedora, asegura que no hay trampa ni cartón, que aprendió de su familia los juegos de los tendones y los huesos, que nadie busque milagros, magia o cualquier otra superstición. Patricia Lamas, su nieta también está en el oficio desde los 14 años. Ahora tiene 32. La última generación ya está dada de alta en la Seguridad Social como autónoma y masajista profesional. Admite que algunos clientes se sorprenden al verla con sus vaqueros y su forro polar. “Esperan ver a una señora de luto y encorvada y de repente aparezco yo”, dice esta mujer que aún recuerda “su primer tobillo”. “Desde siempre había visto lo que hacía mi abuela y cuando tenía 14 años me propuso arreglar a un chico de mi edad. Me guió, lo hice bien y para mí fue lo más de lo más”. “A mí mi padre con nueve años me puso en una tibia”, replica con toda naturalidad la abuela”.

“Los que vienen esperan que les atienda alguien de luto y encorvado”, dice una ‘compoñedora’ joven 

Un hombro, dos segundos

De Santiago, directa del campo, todavía en chandal llega a media tarde Elena Ramos, retorciéndose de dolor. Tiene 17 años y es mediocentro del Conxo, la Segunda División de la liga gallega femenina. Para quitarse la camiseta gime. “Di un pase a una compañera y choqué contra una del otro equipo, Caí sobre el hombro y sentí el crujido”, narra al borde del llanto. Carmen palpa la zona del golpe y pregunta a la adolescente si piensa ir esa noche a bailar. Son dos segundos. Los que tarda la mujer en hincar el dedo “para devolver el tendón al sitio”. Elena cierra los ojos, se muerde los labios y de repente pregunta: “¿Ya fue?”. “Sí, estás lista, me dolió más a mí que a ti”, replica la mujer, que le receta reposo.

En las últimas tres décadas entre esas cuatro paredes de Santalla se ha tratado a miles de pacientes, algunos de percances cotidianos. Pero los que tienen prisa siempre son los deportistas. “Se lesionan un viernes y quieren jugar el domingo y aquí no se hacen milagros.Nosotras le colocamos los tendones pero curar lleva su tiempo”, se lamenta Patricia, a quien aún se le atragantan “por grima” las mandíbulas”. “A las roturas no les tocamos, eso es cosa de los médicos, en qué lugar quedaría si me metiese en eso, a mí me enseñaron así y yo sigo igual”, dice su abuela. Cada cita en Santalla son 20 euros. En el fin de semana han aparcado más de veinte coches en esta peculiar consulta que es el recibidor de la vivienda con una banqueta y un sofá de tres plazas.

“Ni tratamos roturas ni hacemos milagros", asegura Carmen,  de 72 años, que lleva 63 años en el oficio

Las lesiones de las ligas regionales de la Costa da Morte las atiende en el municipio de Dumbría O Allo, otro compoñedor muy afamado allí, quien elude ponerse al teléfono porque no quiere saber nada de periodistas. Los que han pasado por su manos sostienen que es cuidadoso y eficiente, que rara vez equivoca un diagnóstico.

En el norte de Lugo, en un piso urbano de espaldas al mar en Burela, cuelga una placa diminuta: “Gabriel Vizoso Pernas, compostor”. En el pueblo le llaman “o bruxo” pero de entrada él ya avisa que “los milagros son cosas de la Iglesia y de los curas”. Que él solo tiene “una habilidad en las manos” heredada de sus antepasados. Cita a su bisabuelo, el “tío Fidel”, que arregló huesos y contusiones en toda la zona al volver de la guerra de Cuba, donde hizo de ayudante de enfermería, valiéndose de su intuición y “estudiando a vivos y muertos”. “Debuté cuando murió mi padre, tenía 17 años y lo había visto trabajar a él. Mi tío me dijo que tenía que arreglar [ese es el verbo que utilizan todos los compoñedores consultados] una luxación de un hombre que había caído del caballo y que a las dos horas de salir de mi casa ya volvía a montar”. Gabriel alternó su oficio como palista en una mina de caolín —hasta que lo prejubiló una baja por enfermedad— con la composición de huesos. “No cobro, lo hago por ayudar”, asegura aunque reconoce que mucha gente le deja “la voluntad”.

Quejas de médicos

Cuando se pregunta a Gabriel por las quejas de los sindicatos y colegios médicos, que ponen el grito en el cielo ante estas prácticas, se encoge de hombros: “Ellos estudiaron. Yo no. Puede que tengan razón. Yo hago lo que sé”. Si se le tira de la lengua, cuenta el día que le arregló un pulgar a un compañero de equipo, médico, tirado sobre el césped y cómo éste, después, se pasó la tarde preguntándole qué había hecho.

También las compoñedoras de Santalla han visto a cirujanos en su casa. “Y médicos y enfermeras, por aquí ha pasado de todo y yo no pregunto”, dice con una media sonrisa Patricia.

Torrado, el ‘brujo’ que paseó sus hierbas por siete olimpiadas

Emiliano, leyenda del baloncesto español, lo bautizó como “brujo” cuando logró curarle una tendinitis en la rótula, y el mote ya acompañó siempre a José Luis Torrado. Por su clínica de Pontevedra han pasado leyendas del deporte, muchos de noche o por la puerta de atrás. Y sus hierbas, con las que presume de curar roturas de fibras en cinco días, viajaron a siete olimpiadas.

A Giuseppe Gentile un italiano que compitió en los Juegos de México del 68 y se rompió una semana antes de las finales, lo recuperó a tiempo de recoger la medalla de bronce. Torrado fue subcampeón de Europa en 1974 junto a la selección de baloncesto de Antonio Díaz Míguel pero no recibió la plata porque su presencia incomodaba a los médicos de la expedición. Y si acudió a la recepción con Franco fue porque el dictador “preguntó antes si había gallegos en el equipo”.

Emplastes suyos curaron a Valdano cuando llegó a la delantera del Zaragoza y al centrocampista Del Bosque antes de ser seleccionador.

En los ochenta se corrió la voz por la selección rusa y a Pontevedra acudieron Tachenko, Chomicius y luego Uliana Semenova. Famosos son sus cubitos de hielo impregnados de hierbas naturales para acelerar la recuperación tras un golpe. Él asegura que recopila plantas por todo el mundo, que todo está en los libros viejos.

Hoy, jubilado, solo atiende a compromisos. Como el triatleta y campeón del mundo de triatlon, Iván Raña. Antes trató la espalda de Manuel Fraga. Y las cervicales de Rajoy, cuando presidía la Diputación de Pontevedra.

Del agente de policía que en la década de los 80 le siguió los pasos después de que algunos médicos lo denunciaran por intrusismo se ha hecho amigo.

Parte de las urgencias tras los rocosos derbis regionales de las Rías Baixas las atienden en la zona de Ribeira dos compoñedores, Enrique de Coaxe y Paquito, que son competencia y aprendices ambos de un histórico de la comarca: Ventura, al que acudieron durante décadas los futbolistas viejos del lugar. Allí se les conoce como “armeiros”. Enrique declina amablemente la oferta para explicarse en este reportaje porque no quiere fotos ni convertirse en más mediático de lo que ya es tras salir en algunos reportajes de prensa y teles regionales. Paquito directamente cuelga el teléfono. A ninguno les hace falta publicidad porque viven del boca a boca y de los clientes que repiten.

Algunos llegan los fines de semana de fuera de Galicia en busca de milagros para viejas lesiones. Para esos, los compoñedores dicen no tener remedio.

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