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Stuyven se lleva una etapa marcada por las caídas

Jornada llena de desgracias que provocan, entre otras, la retirada de Van Garderen

Stuyven celebra la victoria en la octava etapa, en Murcia. Ampliar foto
Stuyven celebra la victoria en la octava etapa, en Murcia. AFP

Por mucho que asciendan a sierras nevadas, a cumbres del sol, a lugares del fin del mundo, el suelo siempre está más cerca que el cielo y el infierno asoma sus chimeneas sobre el asfalto. Y hay días en los que no merece la pena levantarte, ducharte, desayunar, el masaje, la maleta, el autobús, el rodillo y el sol esperando a lo lejos. Y el suelo, ahí abajo, mirándote con esa sonrisa sardónica que no promete nada bueno. Más que ganas de correr, había ganas de llegar en esta etapa puente entre una montaña (la Alpujarra) y otra, la Cumbre del sol, mañana, en Benitatxel).

El suelo recogió a varios ciclistas, antes de que se asomara en el cielo La cresta del gallo que había que ascender dos veces. El peligro no tiene rectas ni curvas, solo tiene peligro. Y en una recta llegó el desastre. Nada se esperaba “personalmente saltante”, pero saltaron hacia el suelo varios ciclistas. Un habitual, el sprinter francés Bouhanni, por tercera vez en una semana, el día con el que soñaba en Murcia para acreditarse como sprinter. Fue la última vez, porque se retiró, quemado por el infierno de la caída. Otro también habitual a la mala suerte, Tejay Van Garderen, probó la dureza del asfalto murciano y se fue al coche, como tuvo que hacer en el Tour. También se había caído otra vez en la Vuelta esta pasada semana. Repasando el parte de bajas, sobre el asfalto o sobre la hierba de la mediana, apareció Daniel Martin, que transmitía buenas sensaciones en la carrera, pero que también crujió en el suelo y se fue a casa, previo paso por el hotel. Y se cayó Boeckmans, el ciclista del Lotto-Saudal, más desconocido, pero más doliente, tanto que asustó al personal, allí inmóvil, como si estuviera intacto, pero estaba muy crujido. Y se fue al hospital,consciente y estable.

Algo pasaba en Murcia, con su calor húmedo y los nervios de los ciclistas que atenazaban a todos. El estadounidense Howe, que se escapó en la primera ascensión a la Cresta del Gallo, más dura de lo previsto, subió como un cohete y cayó como un fuego artificial. Se le salió la cadena y se fue contra un guardarrail. El calendario de desgracias seguía cortando hojas. Cuando parecía que había llegado la hoja roja del calendario, José Joaquín Rojas, que iba escapado en la segunda ascensión a la maléfica Cresta también se fue al suelo. Estaba claro que era un año ciclista bisiesto. O superbisiesto, porque en otra recta, ya por abajo, por la ciudad, cuando Sagan acariciaba la crin de la victoria... se fue al suelo. Golpeó la bici, la pateó, se encaró consigo mismo, se insultó... Era el día de las oportunidades perdidas: ¿la humedad, los nervios, las malas medidas, la necesidad de ganar?. Hasta Chaves, el líder tuvo que sufrir para enganchar con sus rivales tras la gran caída. Era como si en vez de calma hubiera calima y el polvo se incrustara en el ánimo de los ciclistas nublándoles la vista. Y ganó Jesper Stuyven, en un final atípico, con pocos ciclistas, con pocos sprinters, discutido por dos corredores poco habituales en esas llegadas como Pello Bilbao o Kevin Reza. Raro, todo raro. Es lo que sucede cuando el suelo está más cerca del cielo. Bueno, eso no tiene nada de raro.

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