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El Open siempre es un placer

Hay pocos sitios como Saint Andrews. Se respira golf y es, en parte, gracias a su público, que es el mejor del mundo y el más entendido

Pablo Larrazabal, en Saint Andrews. Ampliar foto
Pablo Larrazabal, en Saint Andrews. REUTERS

Aunque las posiciones de la bandera estaban muy esquinadas y complicadas, el campo era asequible, verde, más blando de lo habitual, más predecible y fácil. Pero no pasé el corte del Open. Pasados un par de días, sin embargo, tengo claro que jugué muy bien, lo mejor que pude. Arrastraba desde la semana anterior un intenso dolor de espalda que sobre todo padecí el primer día en los nueve hoyos iniciales. Sentía pinchazos que me hacían pensar más en mi cuerpo que en mi bola. Fue uno de mis problemas. Los otros: no acabé de embocar los putts, la mala suerte con el tiempo y las decisiones controvertidas del R&A. Pero jugar en Saint Andrews no tiene precio.

El golf es un deporte individual en el que el colectivo se mueve por prioridades personales

Visto con perspectiva, quedó muy desparejo los que compitieron por la mañana del jueves, donde el viento apenas soplaba, o por la tarde, donde nos fue complicadísimo controlar el juego por unas ráfagas exageradas. Justo lo contrario ocurrió el viernes, cuando se retrasaron nuestras salidas por la mañana, pero después competimos con un vendaval que amainó por la tarde. Ya sé que hubo quejas en todas las direcciones; pero es que el golf es un deporte individual en el que el colectivo se mueve por prioridades personales, no por el bien común. Deberíamos revisarlo. Aunque creo que la decisión de retrasar el torneo al lunes fue lógica porque no se puede precipitar el desarrollo de un campeonato en el que hay demasiados puntos y dinero en juego.

Pese a todo, hay pocos sitios como Saint Andrews. Se respira golf y es, en parte, gracias a su público, que es el mejor del mundo y el más entendido. No sólo está caiga la que caiga, sino que se definen por el respeto y porque sus aplausos son el mejor termómetro. En el Old Course hay muchos golpes ciegos y basta con la reacción del público para saber exactamente dónde ha ido a parar la bola. Y eso no ocurre con frecuencia. Es un placer.

Y entiendo que para el público también debe haber sido un placer el Open. Tener a tantos y tan buenos jugadores ahí arriba hasta el final es emocionante y también consecuencia de que ya no hay un dominador mundial como lo fue Tiger o como lo es McIlroy cuando se pone a jugar. Eso sí, Paul Dunne ha sido un outsider fenomenal, un amateur que ha sorprendido al mundo del golf, aunque no aguantara el tirón final. Pero es que contra Zach Johnson, que tiene un juego de wedge espectacular y ese carácter ganador, poco hay que hacer.

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