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El rugby español sigue en el barro

La federación, atada de manos económicamente, se resigna a permanecer en el amateurismo y seguir jugando un papel secundario en el panorama internacional

Un entrenamiento de España en el Campo Central de la Complutense. Ver fotogalería
Un entrenamiento de España en el Campo Central de la Complutense.

Hace unos 200 años, estudiantes ingleses separaron los caminos del fútbol y el rugby al discriminar las confusas —y a menudo violentas— reglas del juego de pelota conocido genéricamente como football. Los que primaron la habilidad de manejar el esférico con los pies constituyen hoy el deporte más global, con unas cotas de rentabilidad económica y trascendencia política inéditas. Su alter ego, los que corren con la pelota con las manos y miden más su fuerza física agarrándose y chocando entre sí, han tenido una difusión más modesta, aunque siempre creciente. En el primero, España se coronó campeona del Mundo en 2010 y es escenario de una de lasgrandes ligas de clubes. En el otro, sigue esperando ese despegue que nunca llega y que supone abandonar el amateurismo, mientras su selección trata de seguir el ritmo de potencias de segundo orden como Georgia, Rumanía o Rusia.

El mayor logro del rugby español fue clasificarse para su único Mundial, en 1999. Su seleccionador entonces, Alfonso Feijoo, preside desde 2014 la federación nacional (FER). Llegó tras la dimisión forzada por el Consejo Superior de Deportes de su antecesor, Javier González, que se fue dejando un agujero de millón y medio de euros, reducido ahora a uno.

La institución ultima un Plan Estratégico para el periodo 2015/2019, que obviamente llega con retraso. Feijoo admite sin tapujos que no va a haber profesionalización en los próximos años: “Con nuestro presupuesto de tres millones de euros, que algunos clubes de la tercera francesa superan, y sin el apoyo de al menos dos patrocinadores de 200 o 300.000 euros, será imposible”.

Es una asignatura que sigue pendiente desde el fracaso de la Liga Superibérica, un proyecto con franquicias españolas y portuguesas al estilo del Super Rugby oceánico o el Pro12 británico. Michael Robinson estuvo detrás del proyecto, que llegó a contar con un acuerdo de retransmisión con Canal +. Tras un año de prueba, en 2010, todo quedó en un bluf —espantada portuguesa y de sponsors incluidas— y deudas a jugadores y clubs.

“En la selección hace falta más disponibilidad”

Santiago Santos (segundo plano) y Miguel Velasco.
Santiago Santos (segundo plano) y Miguel Velasco.

Santiago Santos es a la vez seleccionador y director técnico nacional. Según él, “entre los compromisos deportivos de los de Francia, y las otras ocupaciones de los amateur en España, no hay disponibilidad suficiente”. Por ello, en su lista figuran unos 50 jugadores, “tres de garantías por puesto”. Muchos son franceses con un abuelo español, algo que permite la federación internacional, y que aprovechan todas las grandes potencias. Santos cuenta que, para motivar, intenta hacer la selección “más divertida e inclusiva” que lo acostumbrado en Francia.

“En los últimos años ha habido una involución en el nivel de portivo de la liga”. Así lo percibe desde fuera Jaime Nava, capitán de la selección española, que juega por quinto año en el Athletique Périgueux de la tercera francesa. “Hay talento más que suficiente en categorías inferiores”, completa, “y es una pena que no sepamos dar con la tecla para dar más con los mayores”.

Algunos países han conseguido acercarse a los anglófonos, los que dominan el rugby mundial junto a Francia. Argentina e Italia se codean ya con los mejores, aunque tienen historias distintas: “Argentina siempre tuvo mayor implantación por la tradición de escuelas británicas allí. En Italia, la Ley del Deporte a principios de los 90 permitió la entrada de patrocinadores fuertes, porque desgravaban. Luego llegó la entrada al Seis Naciones”, cuenta Joan Ferrer, responsable de desarrollo del histórico club Sant Boi.

Japón 2019, reto difícil

La FER pone sus esperanzas en la clasificación para el Mundial de Japón de 2019. No consiguieron plaza los españoles para este año en Inglaterra, tras casi descender en 2013 de la categoría que comparten en el Copa Europea de Naciones con Georgia, Rumanía, Rusia, Portugal y Alemania. Tras solo perder este año ante Rumanía y Georgia y hacerse con el tercer puesto en el este torneo —conocido como Seis Naciones B—, han jugado la Copa de Naciones contra el segundo combinado argentino y las mundialistas Rumanía y Namibia —la única victoria, el domingo, fue ante esta—.

Imagen del España-Georgia, que los locales perdieron por 13-26 en febrero. ampliar foto
Imagen del España-Georgia, que los locales perdieron por 13-26 en febrero. FER

Los JJ OO de 2016 serán un escaparate para el balón ovalado, que vuelve a ser olímpico 92 años después y en su versión menor, más eléctrica y espectacular: el seven (juegan siete en vez de 15). El equipo masculino, y sobre todo el femenino, que forma parte de la élite de la disciplina, tienen opciones de clasificación.

La gran esperanza viene de las bases, que no dejan de crecer. Entre 2005 y 2014 aumentaron en casi 10.000 licencias, hasta alcanzar las 25.892 (el quinto deporte de equipo en España). Solo en mujeres se pasó de 423 a 2.573 licencias en ese tiempo. “Ahí está nuestra tabla de salvación”, expone Ferrer, que coordina la formación de unos 320 chavales, “en aquello que nos diferencia del fútbol. Los niños llegan, ven la piña que hay y que todos empujan a una, que no se celebran individualmente los ensayos, y se enamoran. Se quedan. El potencial está ahí, solo hay que saber aprovecharlo”.

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