Serena, tricampeona en París

La estadounidense se impone en la final de Roland Garros a la checa Safarova en tres sets (6-3, 7-6 y 6-2) y conquista con 33 años su vigésimo grande. Está a solo dos de Graf (22)

Serena posa con su trofeo junto a los recogepelotas.
Serena posa con su trofeo junto a los recogepelotas.Dan Istitene (Getty )

Allá por donde pisa, Serena Williams regala amor. Amor, paz y besos para todo el mundo. La estadounidense, 33 años, reina del tenis femenino y criada en el suburbio californiano de Compton, transmite positivismo y ese buen karma del que se habla. Por eso, llamaba la atención que esta última semana en París se le viera lánguida y seria, menos sonriente de lo normal. No cuadraba la ecuación, vaya.

Resulta que en las semifinales, el entorno de la número uno trasladó que sufría un extraño proceso febril que había rebajado su eterno buen rollo y le había hecho pasarlas canutas contra Timea Bacsinszky. Toses, mareos, sudores… Serena no era Serena. No lo era hasta que ayer, en la final contra Lucie Safarova, rubricó con uno de sus derechazos (6-3, 6-7 y 6-2) su tercera corona de Roland Garros.

Para mí es muy especial ganar aquí. Es un sueño ganar así y en París"

Abatida la checa, con su 20º título del Grand Slam y su nombre registrado una vez más en la copa Suzannne Lenglen, entonces sí, Serena regresó. Sonrisa gigantesca, posados pizpiretos; más paz y más amor infinito para el universo, que así lo desea ella. Love Serena. “Para mí es muy especial ganar en esta ciudad. Es un sueño ganar así y en París, donde todos se portan muy bien conmigo. Gracias a todos, a todo el mundo”, expresó la estadounidense en un más que correcto francés, perfeccionado desde 2013 de la mano de su técnico y pareja sentimental, el galo Patrick Mouratoglou.

Le costó esta vez a la norteamericana, 32 triunfos y una sola derrota esta temporada –en Madrid, contra Petra Kvitova–; tres trofeos ya en su bolsillo –había ganado en Australia y Miami– con el del grande francés. Le costó porque lleva un curso difícil, porque a lo largo del torneo ha sufrido del codo y el muslo derechos, amén de la extraña fiebre, y sobre todo, porque Safarova ha completado un torneo magnífico y fue una dignísima adversaria que extenuó a la campeona y le obligó a estirar el partido hasta el tercer parcial.

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“No necesito eso”, dijo en el receso del segundo al tercer set, cuando le querían proteger del calor con una sombrilla, en una señal de que a ella no le paran ni los elementos. Ni el sol ni el viento, en este caso. Cuando le checa, una jugadora sin adornos pero sumamente fiable –17 errores no forzados, por los 42 de su rival–, le propuso jugar al gato y al ratón, Serena activó el automático. Es decir, la secuencia winner-winner-winner. Su lenguaje. 34 golpes ganadores y un parcial de 6-0 en la recta final. ¿Resultado? Un trofeo más para ella, recibido de manos de Martina Navratilova, leyenda femenina. Un estatus que comparte Serena, situada ahora a solo dos pasos de los 22 grandes que coleccionó la alemana Steffi Graf.

Entonces sí, ya con el metal en las manos, risas y besos. Besos para todos y todas en París, porque Francia está rendida a Serena y esta a la Citè. Y a todos, a todo el mundo.

Sobre la firma

Alejandro Ciriza

Cubre la información de tenis desde 2015. Melbourne, París, Londres y Nueva York, su ruta anual. Escala en los Juegos Olímpicos de Tokio. Se incorporó a EL PAÍS en 2007 y previamente trabajó en Localia (deportes), Telecinco (informativos) y As (fútbol). Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Navarra.

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