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Blatter: el Mundial lo aupó y el Mundial lo derribó

El dimitido dirigente llevó el negocio del fútbol a todo el planeta y duplicó los ingresos de la FIFA

Blatter
Blatter, en 2001 AFP

Las dos grandes líneas maestras del mandato de Josep Blatter al frente de la FIFA, la expansión del juego y la instrumentalización megalómana de la organización de los mundiales, han sido continuistas con la visión que su antecesor João Havelange tenía del fútbol y sus enormes posibilidades de crecimiento económico. La tremenda pegada para llegar a las masas y la maquinaría de hacer dinero en la que se ha convertido la FIFA no se pueden desligar para explicar el estirón exponencial del fútbol en la era Blattter, iniciada en 1998. En el arco de los últimos siete años, en el que se datan muchos de los casos ahora investigados, la organización que rige el fútbol mundial ha duplicado su dinero en caja, de 578 millones de euros a 1.370.

Blatter ha repartido mucho dinero por todo el planeta. Ha invertido a espuertas seguro de un retorno cuantioso porque los beneficios de la venta de los derechos audiovisuales de los mundiales llegarían por la propia lógica de la expansión del mercado.

Lo que ha terminado con sus 17 años de monarca del fútbol mundial han sido las dudas, y ya hasta las pruebas, de que gran parte de esos miles de millones que ha distribuido por los cinco continentes han servido para fortalecer un sistema piramidal en el que él figura en el vértice superior. En el escalón siguiente, se encuentran algunos de los personajes que ahora mismo están acusados de soborno o blanqueo de capitales. Con ellos es con los que más ha tratado Blatter, por lo que tiene difícil explicar que él no sabía nada de lo que sucedía.

El envoltorio solidario con el que la FIFA recubría sus inversiones en los países menos desarrollados es sospechoso de responder más al interés de expandir el negocio y de fortalecer su propio poder que a fines altruistas.

Amenazas de expulsión

A su vez, ese poder acumulado ha sido el garante protector de la organización. Blatter, como en su día hizo con España, le ha marcado los límites a países bajo la amenaza de expulsar a sus selecciones de las competiciones oficiales.

Si se observa dónde se han jugado los mundiales bajo su mandato, las huellas son inequívocas. Fue el primer presidente en llevar un Mundial a Asia, mezclando el auge económico Coreano con la potencia consolidada de Japón. Después se lo devolvió a la vieja Europa, a Alemania, otro transatlántico financiero. Cuatro años más tarde lo llevó a África, pero al país más rico del continente. Después cayó en Brasil para tratar de mezclar por igual la tradición con la emergencia del país del fútbol. Sucedió, y eso fue un duro golpe, que gran parte del pueblo brasileño entendió como groseras las cifras invertidas para organizarlo. En esos mundiales que tanto le han dado, los escándalos arbitrales como el de Corea 2002 también le han hecho mella.

Blatter se va con las discutidas elecciones de Rusia y Qatar como la gran cuestión que ha terminado por hundirle. Han sido las designaciones de los Mundiales, el mismo torneo que le ha permitido perpetuarse 17 años, el que le ha enterrado. Se ha ahogado en el negocio que él mismo potenció.

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