El Oviedo toca el cielo de la Bahía de Cádiz y consigue el ascenso a Segunda

Un cabezazo del madrileño Fernández devuelve al club asturiano a la Liga Adelante

Un lance del Cádiz-Oviedo para ascender a Segunda.
Un lance del Cádiz-Oviedo para ascender a Segunda.R. Ríos (EFE)

David Fernández, mocetón criado en la popular barriada madrileña de Prosperidad, cabeceó un córner en el segundo palo y puso al Oviedo en Segunda División después de seis años de fatiga en Segunda B. El gol tuvo algo de rehabilitación. Fue el retorno simbólico a la vida de un club histórico, destrozado por el caos institucional que le ha sometido durante 13 años. No tuvo nada de poético. Fue un mero frentazo. “No sé ni cómo lo metí”, dijo el goleador, de 30 años, bañado en sudor, en plena fiesta sobre el césped del Ramón de Carranza. “Solo sé que fue de cabeza. Y fue el gol más importante que he hecho en mi vida”.

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Nada más que un gol. Un golpe de arrojo, fuerza y sangre fría que tumbó al Cádiz. Envuelto en un clima de optimismo desaforado, el equipo local no consiguió sacudirse la terrible presión que le imprimió su hinchada. Los cadistas tendrán una segunda oportunidad en la liguilla de ascenso. El Oviedo ya está titulado para luchar por regresar a Primera. Se lo ganó después de una hermosa tarde primaveral que dulcificó el viento de poniente y la excitación bulliciosa de los aficionados del sur.

Las gafas espejadas de patrullero de caminos apenas soslayaban la mirada melancólica de Oliverio Jesús Álvarez, Oli para sus amigos. Oli para sus adoradores. “Como dice la canción”, musitó, “tengo el corazón partido”. Parapetado en la Plaza Madrid, embutido en un polo blanco, color neutral, el viejo héroe estaba perdido entre el gentío que se arremolinaba, cantaba, estallaba petardos y encendía bengalas junto a la fachada del estadio, antes del partido. En sus gafas plateadas se reflejaban miles de vecinos vestidos de amarillo. Anticipaban el frenesí, la celebración soñada, la ilusión del ascenso por encima de la realidad del ascenso. Hay tan pocos motivos objetivos para el jolgorio en la provincia con más paro de Europa (más del 40%) que la sola expectativa merece una bacanal. No hay nada que aglutine más a los pueblos, a las distintas parcialidades, a los ciudadanos de la Bahía de Cádiz, que el Cádiz Club de Fútbol.

Oli meneaba la cabeza ante lo que se avecinaba. Hay días en que, pase lo que pase, se pierde. Nacido en Oviedo en 1972, este atacante habilidoso debutó en el club de su ciudad en 1992. Se retiró en el Cádiz en 2008, convertido en figura local y definitivamente instalado con su familia en el Puerto de Santa María. Ayer cruzó el puente para sufrir. El destino le había deparado un duelo Cádiz-Oviedo por el ascenso a Segunda. Un cruce dramático entre dos históricos del fútbol español martirizados por ciclos paralelos de quebrantos deportivos, administrativos y financieros. El Oviedo perdió la categoría de Primera en 2002 y no paró hasta tocar fondo en Tercera. El Cádiz descendió en 2007. Llevan años navegando en Segunda B. Para desgracia de Oli, les tocó eliminarse mutuamente. Tras el empate (1-1) de la ida, la tensión se concentró en la vuelta en el Carranza. Ganó el Oviedo, que celebró el definitivo gol de Fernández (0-1) al calor de la tarde gaditana. La hinchada carbayona acabó hermanada con la local: “¡Es de Segunda, el Cádiz es de Segunda!”.

El partido se inició con un festival de presión. Los dos equipos jugaron a lo mismo. A apretarse en el mediocampo, robar y cambiar de orientación a toda velocidad, en busca de los espacios que se abren a la espalda de las defensas cuando las líneas basculan. Claudio Barragán, el entrenador del Cádiz, quitó a Machado, un mediapunta, y jugó con dos delanteros, Airam y Jona. El equipo se partió por la mitad. Eso tal vez estuviera previsto. Lo que no previó Barragán es que los pelotazos acabarían por restar confianza a sus propios jugadores. Se sucedieron las imprecisiones, los choques, los nervios. El partido se internó en la selva, y allí, en la jungla de la ansiedad, el Oviedo salió anímicamente reforzado. Más firme. Más seguro. El equipo asturiano acabó imponiéndose por orden y por decantación. La ventaja que se cobró en el córner que metió Fernández, más que exhibir su poderío, dejó expuesta la bisoñez de los futbolistas del Cádiz.

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