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La final de Zubizarreta

Barça y Athletic están concebidos a partir de dos técnicos que definen la ideología del exportero y director deportivo

Zubizarreta y Luis Enrique, en la primera rueda de prensa de la temporada. Ampliar foto
Zubizarreta y Luis Enrique, en la primera rueda de prensa de la temporada. efe

Aunque se sabe que su familia en pleno, tanto por parte suya como de su esposa Ane, tiene previsto acudir al Camp Nou, se desconoce si Zubizarreta verá la final de Copa en la grada, en casa o en un bar. Tiene dónde elegir, incluso puede que el Barça, el Athletic o la Federación le inviten al palco, ni siquiera por pudor y respeto a su currículo: fue el futbolista más internacional (126 partidos) hasta la llegada de Casillas, defendió con honor la portería de San Mamés y del Camp Nou y ha sido, desde su puesto de director deportivo, el ideólogo de los dos clubes, decisivo en los fichajes de los técnicos Valverde y Luis Enrique.

Así las cosas, puede que el mejor sitio para Zubizarreta sea en medio de los banquillos. También es posible, sin embargo, que por ser un hombre de fútbol —sin padrinos ni clan—, nadie le convide y tenga que buscarse la vida para no quedar en fuera de juego, víctima de su soledad, ninguneado por los poderes fácticos que le consideran un cenizo, caricaturizado, un don nadie, sin razón social. Gente de poca memoria.

Puede que nadie le convide y deba buscarse la vida para no quedar en fuera de juego, víctima de su soledad

Zubizarreta promocionó a Valverde y fue capital para la modernización del Athletic y Lezama de la misma manera que su testimonio es decisivo para entender la historia moderna del Barça. Ha sido una relación tormentosa, de desgaste emocional, desde que como portero fue contratado contra su voluntad y fue recibido con una pancarta en contra en el fondo sur del Camp Nou. Vencedor en Wembley, se convirtió en el cabeza de turco de Atenas por defender al vestuario, un mártir de la causa de Cruyff después de ocupar el marco de Urruti t’estimo.

Zubizarrete se abraza con Urtubi tras ganar la Copa del 1984 ante el Barcelona. ampliar foto
Zubizarrete se abraza con Urtubi tras ganar la Copa del 1984 ante el Barcelona.

Ya de vuelta al Camp Nou, entonces como director deportivo, fue víctima de Bartomeu, después de quedarse sin su valedor Guardiola y ser ninguneado por Rosell. Zubizarreta ejerció de jefe de recursos humanos cuando se despidió a empleados como Emili Ricart, Chema Corbella o Quique Costas; de secretario técnico en el momento de nombrar a un entrenador como Tito; de personaje de club el día que le colocaron a Martino; o de saco de todos los golpes: de la sanción de la FIFA, del caso Neymar, de los males del Barça B, de los fichajes fallidos y del conflicto Messi-Luis Enrique.

La inquina contra Zubizarreta fue tanta que se llegó a sospechar que el Barça funcionaba como un reloj desde que Bartomeu le despidió. No es un personaje de trato fácil, puede que le falte autocrítica —defiende la imperfección— y jamás dio una noticia por el bien del club, circunstancia que dificulta su defensa y facilita la pérdida de amigos, de manera que su legado es el equipo, y ahí es donde su obra provoca admiración porque el Barça aspira a ganar la Copa y la Champions después de la Liga.

Quizá el pecado de Zubi fue poner de manifiesto las contradicciones y los personalismos que mueven al Barça

Hay que comprender muy bien al Barça, a su idea del fútbol, para tener el valor de prescindir de Pinto, el amigo de Messi, y fichar a Bravo y Ter Stegen, excelentes sucesores de Valdés; para contratar a Mathieu, capaz de seguir el rastro como central y lateral de Abidal; para apostar por Vermaelen, porque le da salida al balón como buen ajaccied; para incorporar a Rakitic como volante sacrificado en favor de Alves y Messi y descartar a Kroos porque se confía en Sergi Roberto y Samper, la esencia de los medios de La Masia; para apostar por Suárez con la intención de agitar y no complacer a Messi; y para elegir de entrenador a Luis Enrique.

A pesar de no tener la complicidad de Cruyff —que le echó—, ni de Guardiola —se fue—, ni de Bartomeu —le borró—, ni de Tito —se murió como el presidente Uría—, Zubizarreta ha sido tan respetuoso con la idea de juego y su evolución a partir de Guardiola que mereció el recuerdo y elogio de Xavi. El Barça aspira de nuevo al triplete también por la transición liderada por Zubi. Merece por tanto un puesto de honor en el Camp Nou. Y si se le pregunta con quién va, responderá: “Quiero que ganen los míos”. Quizá el pecado de Zubi fue poner de manifiesto las contradicciones y los personalismos que mueven al Barcelona.

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