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memorias en blanco y negro

Una eliminatoria truculenta con la Juve

Juventus - Real Madrid Ampliar foto
John Charles y Gento encabezan la salida de los equipos en el viejo Comunale.

Era la VII Copa de Europa. El Madrid había ganado las cinco primeras y en la sexta había sido eliminado por el Barça en octavos, con influencia decisiva de dos árbitros ingleses, Míster Ellis y Míster Leafe. El Barça acabaría llegando a la final y perdiendo, con increíble desgracia (cuatro tiros a los postes cuadrados de Berna y una tarde anómalamente mala del gran meta Ramallets) ante el Benfica.

En la nueva edición, el Madrid había eliminado sin problemas al Vasas de Budapest y al Odense, pero el cruce de cuartos era de aúpa: la Juventus de Turín. A toda Italia le roía el deseo de ganar la Copa de Europa.

Aquella Juve tenía un gran equipo, con jugadores italianos sólidos y dos extranjeros de calidad extraordinaria. Uno era galés, John Charles, un gigantón de 1,92 con buen pie y mejor sentido táctico, que podía jugar lo mismo de defensa que de medio o delantero. El otro era Sívori, de 1,61 y enorme cabeza rematada con fuerte pelambrera negra. Argentino, le apodaron Cabezón allí, El Ángel de la Cara Sucia en Italia. Tenía un regate endiablado y un genio de mil demonios. Difícil de controlar fuera del campo, su gran mentor, Cesarini, le llegó a decir: “Escuchá, acá te ficharon como jugador no como galán. Para galán hubieran escogido a uno más guapo”. Pero cuando sujetaba su vida privada y se entrenaba bien era imparable. Había ganado el Balón de Oro de 1961.

La ida fue en Turín. El vuelo hizo escala en Niza y allí supieron que el aeropuerto de Turín estaba cerrado por la niebla. Hubo que seguir en autobús, y costó encontrarlo, por huelga en la ciudad. Al fin apareció uno, pero no un pullman, como se conocía ya en la época a los preparados para largos viajes, con ciertas comodidades como asientos reclinables, sino uno común, viejo y con poco motor. Nevó al poco de salir de Niza. El recorrido tortuoso, entre túneles y montañas, se hizo interminable. En alguna curva con fuerte pendiente se pidió a jugadores y directivos que bajaran del autobús en plena oscuridad y empujaran, porque se atascaba el autobús.

Llegaron a Turín a las cuatro y media de la madrugada del martes y fueron directos a la cama, sin cenar más que un bocadillo. Cuando despertaron, al mediodía, vieron el hotel cercado por cinco mil manifestantes con pancartas contra España y contra Franco. Eran días de agitación aquí, con intentos de manifestaciones obreras siempre disueltas a palos, y crecía la presión internacional contra Franco. Los manifestantes exigieron que una delegación entrara en el hotel a hablar con el Madrid. El primero al que se dirigieron fue a Di Stéfano, pidiéndole que se adhiriera a un manifiesto que le presentaron. Él dijo que era jugador, que hablaran al jefe de la expedición, el vicepresidente Muñoz Lusarreta, que escondió su gruesa humanidad tras una columna.

La policía tuvo que abrir paso a la fuerza para que el autobús saliera al entrenamiento el martes, y lo mismo el miércoles (día 14, San Valentín) para el partido. No hubo paseo, ni compras, ni recepción en la embajada. La prensa silenció aquello.

“Acá te ficharon como jugador no como galán”, dijo Cesarini a Sívori. “Para galán hubieran escogido a uno más guapo”

El partido se jugó con normalidad, en un Comunale abarrotado. El Madrid, de azul, alineó a: Araquistáin; Casado, Santamaría, Miera; Felo, Pachín; Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento. En los prolegómenos, Sívori recoge el Balón de Oro, entre el clamor de los fervorosos tifosi. Luego le secarán bien entre Felo, cuando se retrasaba, y Pachín, cuando se acercaba al área. Frenado Sívori (que poco antes del final, harto de Pachín, le dio un cabezazo que le conmocionó) y con John Charles de defensa, el Madrid sacó el partido con un gol del omnipresente Di Stéfano en el 69'. El 0-1 era un magnífico resultado, después de tantas peripecias.

La vuelta es en el Bernabéu el miércoles siguiente, día 21. Sívori dice que no se sienten bien ni él ni el equipo. Pero Parola, el entrenador, anuncia que esta vez saldrá John Charles de interior, lo que refleja voluntad atacante. Al Madrid le faltan Felo y Pachín, lesionados ambos. Sale con: Araquistain; Casado, Santamaría, Miera; Del Sol, Antonio Ruiz; Tejada, Félix Ruiz, Di Stéfano, Puskas y Gento.

La Juve viste totalmente de negro, como en tiempos de Mussolini. No ha traído otra camiseta. Eso crea confusión con el árbitro, Monsieur Guigue, gendarme marsellés. “Le veíamos y le gambeteábamos”, me contaba Di Stéfano años después. El mismo Di Stéfano pisó el balón en el minuto diez, paró el partido y le exigió que se cambiara. Guigue se retiró al vestuario y salió con una camiseta violeta, de la segunda equipación del Madrid, que se puso con el interior hacia fuera, para que no fuera visible el escudo. Todavía, a la vuelta del descanso, Di Stéfano le insistiría en que no se distinguía lo suficiente y Guigue cambió el pantalón negro por uno blanco. Al regreso a Marsella renunció a arbitrar más. Tan mal se sintió.

Muñoz ha tomado una mala decisión: retrasar a Del Sol para que marcara a Sívori, con lo que se perdía su aportación fundamental en el medio campo. Más acierta Parola emparejando a John Charles con Di Stéfano, que juega incómodo sin Del Sol cerca. En el 39', en una de sus apariciones en el ataque, el galés baja de cabeza para Sívori un lanzamiento largo de Stacchini, y el balón de oro remata con habilidad. Era una jugada que repetía mucho la Juve, pero esta vez pilló descuidado al Madrid. Luego, Antonio Ruiz se rompe el brazo en una mala caída, y juega el segundo tiempo de delantero, como figura decorativa. No habrá más goles, aunque los ataques del Madrid producen sendos cabezazos al travesaño de Puskas y de Di Stéfano.

En el Madrid hay desolación. Es su primera derrota en Copa de Europa en el Bernabéu tras dieciocho victorias y un empate, el del Barça con Míster Ellis el año anterior.

El desempate es a la semana justa, el miércoles 28 en París. Ahora la Juve es favorita. Bela Guttman, entrenador del Benfica, dice que la Juve es el mejor equipo de Europa, junto al suyo, y que el Madrid envejece. En París hace un frío que pela, pero las 40.000 entradas vuelan y la reventa triplica los precios. La víspera se sortean allí las semifinales. El ganador jugará contra el Standard de Lieja. Muñoz recupera a Pachín y Felo, los hombres clave de Turín. Juegan: Araquistáin; Casado, Santamaría, Miera; Felo, Pachín; Tejada, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento. Visten de azul. La Juve, con sus rayas y con John Charles esta vez de medio. Al minuto marca Felo y el Madrid juega prudente. Empata Sívori en el 35'. El partido es durísimo, salen a relucir todos los piques acumulados, y el Madrid pega más o con mejor tino, porque en el 60' John Charles queda inútil y Stacchini también acaba cojo. Marca Del Sol el 2-1 en el 75' y Tejada el 3-1 en el 82'. Con el pitido final, Sívori propina un patadón a Pachín.

Como en los dos partidos anteriores, hay cena por la noche. El lugar escogido es un restaurante de alto copete en los Campos Elíseos, pero los jugadores llegan como gallos de pelea. Sívori se va por Pachín, Del Sol le intercepta y le desafía a salir a la calle. Di Stéfano les frena como puede. Mal que bien, se consigue que unos y otros se sienten, pero se corta el aire entre silencios y murmuraciones. Cuando llega el discurso de Bernabéu, los juventinos giran ostensiblemente sus sillas y se ponen de espaldas. Bernabéu dice que es más fácil hacer un discurso en la derrota que en la victoria, “porque con felicitar al ganador ya has cumplido”. Luego interviene el vicepresidente de la Juve (el presidente, un entonces jovencísimo Agnelli, de veintitrés años, no acude a la cena), y dice que les gustaría haber jugado con once, no con diez ni con nueve. Los jugadores de la Juve aplauden a rabiar.

Se levantan las mesas, salen entre voces y gestos. Del Sol, encendido, se va al autobús de la Juve y les desafía a bajar uno a uno. Un gendarme le aparta de allí.

El Madrid eliminará en semifinales al Standard de Lieja, pero luego perderá la final ante el Benfica, 5-3, en estrepitosa noche de Eusebio, que se quedó como recuerdo la camiseta de Di Stéfano. Puskas marcó tres goles que no sirvieron para nada.

Ese verano, Del Sol fichó por la Juve. Allí hizo una amistad entrañable con Sívori.

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