SIN BAJAR DEL AUTOBÚSOpinión
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¡Ohhh!

Suárez le hace un caño a David Luiz.
Suárez le hace un caño a David Luiz.MARTIN BUREAU / AFP

Algunos regates acumulan tanta información en su interior que tardan años en ser descodificados. Perfectamente planchados, almacenan la autobiografía del autor y su víctima, datos del equipo, referencias a qué ocurrió ese día en el campo y en el resto del mundo, pues todo está conectado… El verano pasado, en una boda, un sastre de A Coruña me contó que hay un señor de los servicios secretos, en un semisótano de la ciudad, que teclea desde 2000 en una Olivetti un informe detallado de la lambretta que esa temporada Djalminha inventó en Riazor contra el Madrid al borde del área, y que un minuto después desembocó en gol de Makaay. “Dicen que el informe todavía va por la mitad”. Me pareció una mentira bellísima, que merece que todos nos creamos a pies juntillas, como la existencia del demonio. Ilustra con rigor literario la fuerza de irradiación del regate, que más allá de su mecanismo táctico, capaz de desarmar un entramado defensivo haciendo chas, posee enorme carga emocional. Cuando un jugador dibuja un buen regate al óleo, es inevitable exclamar, a veces sin darse cuenta, un ohhhh lento y en llamas.

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En un gran regate aletea una reminiscencia poética. Cada futbolista elucubra el poema a su modo. Difícilmente va a escribir Luis Suárez, ni siquiera copiar en un papel, “Entre espinas crepúsculos pisando”, el verso de Góngora que según Cernuda escondía una de las metáforas más bellas de nuestra literatura. Pero el miércoles, cuando escribió dos caños sobre David Luiz, que acabaron en sendos goles, los espectadores escucharon una especie de rima de fondo. El caño produce un extraño efecto de inverosimilitud, semejante al del movimiento del caballo en ajedrez, pues sirve para atravesar una pared sin tener contacto con los ladrillos. En cierto sentido, se trata de una maniobra incorpórea, que perfectamente ejecutada equivale a la teletransportación. Dominarla exige talento y arrojo. Óscar Coco Rossi se pasaba los partidos lanzando túneles, incluso a sus compañeros. Para Héctor Veira nadie los hacía como él. “Un día fui a su casa y me tiró un caño con una tortuga”.

Un señor de los servicios secretos teclea un informe de la ‘lambretta’ de Djalminha

Cuando pase el tiempo, y la memoria se agriete, tal vez nadie recuerde los goles de Suárez, pero nada desgastará los regates. Un gol es un gol, un número, quizá un salvoconducto a la Historia, pero un regate es algo tan intangible que lo ves cuando cierras los ojos. Aquel taconazo de Redondo con el que se pasó la pelota a sí mismo, los tres sombreros de Ronaldinho al Athletic, los versos endecasílabos de Romario… Garrincha, por ejemplo, freía sus regates en una sartén, igual que una receta familiar, y cuando estaban bien hechos les daba continuidad con un pase, que el delantero sólo debía empujar a gol con un carraspeo o un “ejem”.

Todos tenemos un regate preferido. Se trata de un gesto aislado, casi perdido en la infinitud de un partido. Pero qué gesto. Como el día que Pelé superó a Mazurkiewicz, portero de Uruguay, con un regate vacío, ejecutado con el pensamiento, en el que el regate propiamente consistió en la falta de regate. Era 1970 y Brasil ganó el Mundial. Pero el gesto trascendió a ese éxito. Hay días que sales del estadio hundido, tras una derrota inapelable, y entonces tu amigo te agarra por un brazo y te dice, “tío, ¿pero viste qué regate de Arda?”, y la vida te vuelve a parecer maravillosa.

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