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Fútbol en la azotea

Un hincha del Manchester fuera de Old Trafford
Un hincha del Manchester fuera de Old TraffordPAUL ELLIS (AFP)

Los cinco o seis últimos puestos de la clasificación son las afueras de la Liga. Es peligroso merodear por ahí cuando se hace de noche. Una vez te adentras en semejante territorio, resulta muy complicado abandonarlo. Su melancolía te atrapa. ‘Mañana salgo —te prometes—; yo controlo’. Pero la fuerza de gravedad de la Segunda División te succiona al precipicio.

Es embarazoso jugar al futbol en el borde de una cornisa, por así decir, a cien metros del suelo, por donde circulan coches y camiones a toda velocidad. Pero cuando un equipo ocupa los últimos puestos, se habitúa a las incomodidades. Sabe que, más a menudo de lo que quisiera, debe mirar alternativamente al campo y al abismo, para no despeñarse. El fútbol, después de todo, consiste en encontrar problemas a su paso y hacer con ellos una bola de papel, para divertirse. ¿Qué sería del deporte, o la hostelería, o el periodismo, o la psiquiatría, si no topásemos con dificultades para experimentar el placer de resolverlas?

El jugador puro y duro, que compite sin pensar en la gloria, ni si en las crónicas recogerán su nombre, o lo escribirán bien, hasta cierto punto halla placenteras las molestias y los peligros de la cola de la Liga, pues esas son las condiciones en las que su modesto club se desenvuelve habitualmente. Tiene costumbre desde que es pequeñito. No se hizo con su primer balón de reglamento, a los seis o siete años, para tener un día un Audi y una casa con perro en La Moraleja, sino para pasar los 90 minutos más felices de su vida una o dos veces a la semana. Si puede ser en un equipo con aspiraciones al título, perfecto, y si no, también. Lo importante es el proceso hacia el gol y el gol a secas, casi como metafísica.

El jugador puro y duro, que compite sin pensar en la gloria, hasta cierto punto halla placenteras las molestias y los peligros de la cola de la Liga

No todos los clubes nacen para ser guapos y ricos, mientras viajan por Europa persiguiendo la gloria en Old Trafford o San Siro. La sombra del descenso, que acecha como una modalidad de insomnio, te priva de esos lujos. A cambio te inmuniza contra el miedo y el vértigo. Llega un día que te sientes seguro y cómodo en mitad del naufragio, a merced de la tempestad, igual que esas moscas que encuentran la serenidad cerca del hombre, y a poder ser, sobre el matamoscas.

Entre los muchas ideas de fútbol que existen, hay una en la que no se trata tanto de coleccionar victorias, como de seguir vivo para volver a jugar otro año en el Santiago Bernabéu, el Sánchez Pizjuán o San Mamés. Se puede alcanzar la felicidad sin levantar trofeos, apenas siendo delantero del Almería y rebañando a ultimísima hora un punto, pongamos, en el estadio del Español. Es hermoso consumar una pequeña conquista sin importancia, a semejanza de aquellas tardes que te hacía gracia, y no sabías por qué, un chiste de Pedro Reyes.

Equipos sin costumbre de vivir en los bajos fondos no podrían salir con el balón controlado desde la defensa, triangular en el medio de campo de memoria, como si hiciesen calceta, en busca de un hueco en el área rival, y a la vez no pensar que el abismo está cerca. En cambio, si llevas casi toda la vida flirteando con el barranco, el abismo sólo te parece una piscina en la que te encanta saltar de bomba.

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