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Hay odios sanísimos

Cesc y Mario Suárez, durante el Holanda-España. Ampliar foto
Cesc y Mario Suárez, durante el Holanda-España. EFE

El aburrimiento se pone amarillo en los bordes mientras esperamos desolados a que regrese la Liga. Después de doce días sin competición, es fácil dejarse llevar y temer por unos segundos —en los que casi pueden oírse los violines chirriantes de Psicosis— que nunca más volveremos a verla. La historia está llena de ausencias definitivas que iban a ser breves y… Algunos días cuesta sustraerse a un temor irracional. Te dejas embaucar por un miedo estúpido hacia algo que sabes que no ocurrirá, como es la desaparición de la Liga, igual que la noche que Canetti se preguntó aterrado qué sería de él si un día leía todos los libros. Cuando al fin la Liga retorna, hasta el partido del colista te sabe “a hierba de la que nace en el valle a golpes de sol y de agua”. Pero mientras no llega, tienes los pies fríos, hablas solo, y apartas las horas, que no pasan, como si fuesen cucarachas.

Unas pocas y áridas semanas al año, el fútbol consiste en ver tenis, motociclismo, fórmula 1, incluso acabar un libro que empezaste en 2003. Ante la desesperación, fútbol puede ser cualquier cosa, a cambio de que te haga olvidar por un rato que durante doce días no hay Liga. Su suspensión provoca una extraña melancolía, equivalente a la de esas tardes que tus amigos se encerraban a estudiar, y tú buscabas consuelo en una lata de Fanta naranja, vacía y descolorida, a la que dabas patadas sin dejar caer, como si un balón no necesitase ser un balón.

Unas pocas semanas al año, el fútbol consiste en ver tenis, motociclismo, F-1 o incluso acabar un libro que empezaste hace años

En fútbol existe una clase de efervescencia que sólo proporciona la competición interna: los derbis, el carrusel, tus columnistas favoritos… Cuando se aplaza y deja paso a los amistosos de la selección, se decreta el otoño, aunque sea abril. Te sientes raro, tal vez en el sentido que te duele una rodilla y vaticinas cambio en las temperaturas, o que notas un hueco, que no sabes si procede del estómago, de los bolsillos, de tu estado de ánimo, o de los diarios, donde de pronto no escuchas la tos crónica del Madrid y el Barça.

En los partidos amistosos, o de clasificación, donde casi todos nos pasamos al mismo bando, el fútbol sabe a verduras cocidas, incluso a esos cócteles que no llevan alcohol. No niegas que sean sanos, pero… En cambio, los clubs te prometen un amor tormentoso, desasosiego, incluso la emoción de tener enemigos acérrimos. La vida se hace demasiado larga sin aversiones. ¿Quién estaría interesado en aborrecer a Holanda o a Ucrania? Sin embargo, cómo no odiar al Atlético, al Sevilla, al Madrid o al Celta.

La Liga te permite amar y repeler con entusiasmo, entre delirios. No imagino cómo sobreviviríamos sin pasiones y alergias personales. A veces son el Barça, a veces los vasos de agua, el gin-tonic, las cacas de perro, el Córdoba, Pitingo, las alpargatas o el Gobierno. Conviene alimentar un ardor y a la vez una saña, para experimentar el vértigo de vivir. Son boyas, te mantienen a flote. Una existencia sin sobresaltos, ni emisiones de gases a la atmósfera, ni odios, ni vicios, en la que te acuestas temprano y te levantas pronto, es eso que, como advirtió Thurber, hace de un hombre alguien saludable, próspero y muerto.

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