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¡Cesemos al entrenador!

Gattuso da instrucciones durante un partido del pasado mes de septiembre. Ampliar foto
Gattuso da instrucciones durante un partido del pasado mes de septiembre. AP

En el minuto más oscuro de la temporada, con el agua al cuello, siempre hay un directivo que se calienta y dice: “¡Cesemos al entrenador, demonios!”. Algunas veces la junta asiente en silencio, con el pulgar hacia abajo, y el entrenador se va a casa, después de que le organicen una despedida en la que todos se muestran tristísimos, y por dentro felices, para mantener las formas. Ya no estamos en los noventa, cuando Jesús Gil asimilaba el despido de un técnico a beber una cerveza. “Puedo echar a 20 en un año. Hasta 100 si hace falta”. Le gustaba redondear. Qué eran 100 cervezas al año, además. En los días que escribía El resplandor, Stephen King despachaba 25 al día. Y sin pestañear.

Un técnico es alguien al que le gusta morir, y después hacer vida normal, desayunar tostadas, planchar, leer a Kant, y otro día volver al frente

La destitución de un técnico se demora, pero casi siempre llega. “No eres entrenador —decía Malcolm Allison— hasta que no te han echado por primera vez”. Y todo por no hacer milagros. Cada vez que hay un cese te preguntas qué busca un club en un técnico. ¿Qué lo hace bueno o malo? ¿Cuánto aporta a un equipo? César Luis Menotti sostiene que la obligación del entrenador no es ser campeón, sino poseer una idea de juego, algo ardiendo a lo que agarrarse. Tal vez, a causa de tu idea, mueras posteriormente. Pero, ¿y qué? Aún así es bello entrenar. Un técnico es alguien al que le gusta morir, y después hacer vida normal, desayunar tostadas, planchar camisas, leer a Kant, y otro día volver al frente. “Hágase entrenador”, le recomendó Menotti a Josep Guardiola, “así los tiros estarán más repartidos”.

Hace dos semanas, Gennaro Gattuso admitía que desde que ejerce de entrenador está en manos de los jugadores. Vive a la deriva. “Tú, si eres bueno, puedes hacerlos jugar con esmoquin”, precisa. Aunque en el fondo, siempre aspiras a mantener todo bajo control. Te agrada pensar que, cuando el partido comienza, pulsas play y las cosas pasan como las habías grabado. “Mis jugadores son instruidos al detalle. No pueden equivocarse”, presumía Helenio Herrera, como si en fútbol no existiese margen para lo inesperado. Cualquier entrenador sueña con que su idea de juego elimine la posibilidad del azar. Pero sólo es un sueño.

Cualquier preparador sueña con que su idea de juego elimine la opción del azar. Pero es un sueño

Hay días en los que ni siquiera durante la teoría, ante la pizarra, consigues sortear un contratiempo, un error, o simplemente una desgracia. El argentino Pancho Villegas contaba cómo uno de sus entrenadores improvisó una charla táctica en pleno almuerzo. Agarró todo lo que había en la mesa, vasos, tenedores, cucharas, corruscos de pan… mientras les iba explicando a sus jugadores: “tú eres esta botella, que se la pasas a él, que es la cucharilla, que abre a banda, donde estás tú, que eres este vaso…”. En unos pocos toques el míster metió un gol bellísimo con el salero. El partido parecía ganado. Cuando abandonaron el comedor, sin embargo, Villegas le hizo al míster una de esas observaciones que pueden costarte el banquillo. “Mire que el gol que metió fue con un jugador menos para el contrario, ¿no tuvo en cuenta eso?”. El técnico arrugó la frente, regresó a la mesa y contó. Qué raro, dijo, estaba seguro de haber alineado a 11. “Sí, pero yo me comí un bollo sin querer”, confesó Villegas.

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