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La reivindicación de Valero Rivera

Ante las críticas que arrecian sobre la estructura de su proyecto, el técnico español subraya el éxito deportivo conseguido con Qatar, con el que disputará su segunda final

Valero Rivera celebra el pase a la final.
Valero Rivera celebra el pase a la final. EFE

Desde que encumbrase a España en 2013 y después decidiera poner rumbo al desierto, a Valero Rivera le han buscado las cosquillas por un lado y por otro. “¿Se siente catarí? ¿Por qué chapurrean sus jugadores el himno? ¿Qué primas les ha prometido el emir? ¿Por qué la mitad de su plantilla son nacionalizados?”. Con respuesta directa y mensaje escueto, él intentó borrar el debate desde el inicio del Mundial y apuntar a lo meramente deportivo: “Yo soy un entrenador. ¿Qué les parece si hablamos sólo de balonmano? Muchas gracias”.

Meditativo y taciturno, a Valero se le nota estos días en Doha dolido. Camina con las manos esposadas a la espalda y la mirada fija en el suelo, atrapado en la burbuja del desengaño. Aún no termina de entender el trato y las críticas que le cayeron cuando elaboró la lista para el Mundial de hace dos años, en la que figuraba entre otros su hijo. “Me entristece haber tenido que emigrar para que me valorasen por lo que hago en la pista, y no por mi apellido”, admite su retoño, uno de los puntales de la selección española con Manolo Cadenas en el banquillo. “He soportado mucho peso encima desde pequeño. Seguí adelante porque me encanta el balonmano, si no…”

Tampoco comprende el padre por qué se cuestiona tanto la estructura de su proyecto y el que se haya ligado a Qatar, que bajo su dirección ha dado un salto gigantesco y ha logrado una clasificación histórica para la final de hoy, la primera para un equipo asiático en una Copa del Mundo de balonmano. “Esto supera todo lo que podíamos prever. Si cuando vine a firmar me dicen que íbamos a estar así les digo que las bromas para más tarde”, explicaba a los periodistas el preparador aragonés, el más laureado en la historia de su deporte.

Le duele a Valero que no se atienda al trabajo de base que está llevando a cabo junto al navarro Zupo Equisoain, que no se valore el hecho de que haya catapultado a una selección que partía desde la nada y que sobre todo se incida en la multinacionalidad de sus jugadores. “Estoy muy orgulloso de ellos. Llevamos mucho tiempo trabajando duro, como un equipo. Es lo más difícil que he conseguido en toda mi carrera”, defiende él, la excepción, reivindicativo, el único entrenador que ha disputado dos finales consecutivas de un Mundial con diferentes países. Una obra solemne, sólo a su alcance.

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