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Zamperini, el coraje del atleta

‘Invencible’, de Angelina Jolie, cuenta la vida y la resistencia a la barbarie bélica de un deportista olímpico en Berlín 1936

Zamperini gana en Seattle, en 1939, la milla del campeonato universitario de EE UU. Ampliar foto
Zamperini gana en Seattle, en 1939, la milla del campeonato universitario de EE UU. AP

A Smith, el delincuente juvenil de La soledad del corredor de fondo, el atletismo le permitió descubrir los mecanismos que hacen perpetuarse las clases sociales en el Reino Unido de la posguerra y la capacidad de rebelarse. A Louie Zamperini, hijo de emigrantes italianos en la California de entreguerras, ladronzuelo y broncas, el atletismo le permitió compartir dormitorio con Jesse Owens en los Juegos de Berlín en 1936, y más tarde, durante la guerra, convertirse en un héroe. A ambos, y a otros grandes campeones como Emil Zatopek, la carrera de fondo les dotó de una resistencia y de una capacidad de sufrimiento, de llegar más allá de sus límites, que ni ellos podían sospechar antes de ser puestos a prueba por las circunstancias y tormentos de la vida.

Antes de ser carne de celuloide —en su vida real se basa Invencible, la película de Angelina Jolie recién estrenada—, Louie Zamperini, nacido en Nueva York en 1917 y fallecido el pasado mes de julio, fue carne de papel y best seller —su biografía, escrita por Laura Hillenbrand y publicada en 2010, se convirtió en número uno en ventas fulgurantemente en Estados Unidos—, Zamperini fue carne de cañón, héroe y prisionero de guerra, y antes aún fue atleta, el mejor mediofondista de su generación en Estados Unidos, donde llegó a tener el récord juvenil de la milla (4m 21,3s, en 1934, a los 17 años).

Zamperini comenzó a correr porque unas compañeras de clase que practicaban atletismo le desafiaron a una carrera, y él llegó el último. Tal fue su vergüenza que se escondió debajo del tablado de las pistas del instituto. Le rescató su hermano mayor, ya atleta destacado, quien tomó la responsabilidad de entrenarlo, hacer de él un hombre y convertirlo en un adicto a los aplausos y a la fama de su nuevo estatus.

A los 19 años, Zamperini, junto al resto del equipo olímpico norteamericano, se embarcó en el Manhattan con rumbo a Alemania, a los Juegos Olímpicos de Berlín organizados por Adolf Hitler a mayor gloria del ideal nazi y como prueba de su proclamada superioridad aria. Las victorias del negro Jesse Owens en las pruebas de velocidad y salto de longitud sobre sus rubios chavales no desmoralizaron a Hitler, quien asemejó a Owens, y a todas las personas de origen africano, con un animal, y de ahí su superior velocidad.

Sin embargo, al mismo Hitler le maravilló la velocidad desplegada en la última vuelta de la final de los 5.000 metros por el blanco Zamperini, quien pese a terminar octavo, víctima de su mala forma (estaba sobrealimentado, dijeron sus entrenadores) su mala táctica (corrió siempre a cola) y su despiste, y de la tremenda superioridad del fondo finlandés heredero de Paavo Nurmi, tuvo el coraje y las fuerzas para correr en solo 56s los últimos 400m, un récord increíble entonces. Tan impresionado quedó Hitler que, según la biografía de Hillenbrand, convocó a Zamperini a su palco de honor en el estadio y le dijo en alemán: “Ah, tú eres el chaval que corre tan rápido”. O así se lo tradujo el intérprete al ardoroso y gordito Zamperini.

A la mayoría de los participantes en aquella carrera del verano de 1936, la guerra que desencadenó Hitler tres años más tarde les cambió inevitablemente la vida. El ganador, el finlandés Gunnar Höckert, quien se aprovechó de la caída del favorito, su compatriota Ilmari Salminen, ya campeón de los 10.000m, murió el 11 de febrero de 1940 combatiendo contra los soviéticos en el istmo de Karelia.

Zamperini también fue declarado oficialmente muerto en 1944, pero fue un anuncio precipitado.

De regreso a California, Zamperini comenzó a prepararse para los siguientes Juegos, los previstos en 1940, que nunca se celebraron. En 1941, después de Pearl Harbour, Zamperini se alistó en la aviación y fue destinado al Pacífico. Año y medio más tarde, en mayo de 1943, su bombardero despegó de una isla de Hawai y horas después, por problemas mecánicos, se estrelló contra el Pacífico, a cientos de kilómetros de la costa más cercana. De sus 11 tripulantes solo sobrevivieron tres, entre ellos Zamperini, que lograron acomodarse en dos balsas de emergencia. Perdido en el océano, Zamperini y su compañero recorrieron más de 3.000 kilómetros en la balsa, sin agua ni víveres, en 47 días, hasta ser rescatados por un petrolero japonés.

El salvamento fue el inicio de dos años de sevicia y tormentos en un campo para prisioneros de guerra japonés en el que un cabo, Mutsuhiro Watanabe, El Pájaro, guiado más por el sadismo y el deseo de humillar a un deportista olímpico que por el código del honor que exhibió, por ejemplo, el comandante japonés del Puente sobre el río Kwai, hizo todo lo posible por acabar con la resistencia de Zamperini. Pero este, un conjunto de huesos y un pellejo colgante de muerto de hambre, descubriendo en su interior fuerzas desconocidas, fue capaz de sobrevivir y de convertir al humillador en humillado, como en una ocasión en la que batió a un atleta japonés en una carrera organizada para ridiculizarlo.

Terminada la guerra, víctima de depresiones y pesadillas, Zamperini se sumió en el alcoholismo, del que le sacó un predicador. Se casó y tuvo una hija. Organizó campamentos de atletismo para chicos con problemas. Recorrió Estados Unidos dando charlas sobre motivación y vida. Volvió a Japón para hacer un relevo con la antorcha olímpica de los Juegos de Nagano 98 en el lugar que ocupó el campo en el que fue prisionero. Murió a los 97 años.

 

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