Un empate democrático

La Real y el Athletic se reparten el juego y los tiempos en Anoeta Los de Valverde se repusieron en el segundo tiempo

Finnbogason pelea un balón con de Marcos.
Finnbogason pelea un balón con de Marcos.Javier Etxezarreta (EFE)

Dicen que en los derbis y en los clásicos no hace falta trabajo de motivación porque los jugadores se motivan solos. Con preparar lo estrictamente deportivo, vale. Sí en el de la Real, no en el del Athletic que accedió a Anoeta como quien llega a un campo de Limasol que no ha pisado y con el reloj parado. La Real tenía todo en hora, el reloj, el corazón y el fútbol y sobre todo tenía a Carlos Vela con el voltaje intacto de su juego eléctrico. A los dos minutos y medio cazó en el segundo palo un centro de Chory Castro. La jugada retrató la desidia rojiblanca. De Marcos defendió el pase del uruguayo literalmente con el culo, dejándole libre el centro, mirando al lugar absolutamente contrario a donde debía de ir el balón. No sabía que el Chory maneja igual las dos piernas. Y nadie sabía que Carlos Vela no desdeña el juego de cabeza por más que sus piernas sean como las teclas de un piano.

La posición de Carlos Vela y la jerarquía de Granero son las dos primeras aportaciones de David Moyes al juego de la Real. Nada de condenar al mexicano a posiciones fijas, sino absoluta libertad para merodear el área y penetrar por donde observe más rendijas. Granero es el faro para mover las manecillas del reloj. A la Real le sobraba actitud y fútbol para emborronar el trabajo del Athletic, que volvió a conceder otro cabezazo a bocajarro a Iñigo Martínez en un córner con De Marcos haciendo la estatua. Parece que el Athletic no sabía cómo juega la Real, y además se olvidaba que tenía un delantero centro como Aduriz, que suele ser bastante rentable en asunto de goles.

En un cuarto de hora pudo haber liquidado el partido la Real, que volvió a gozar de un clarísimo remate del desafortunado Finnbogason. La superioridad era más que notable. El Athletic apenas respondía de forma individual, bien por la pelea de Aduriz, titánica con Iñigo Martínez, bien con los disparos de Susaeta, a veces egoísta en su afán de revertir la situación.

Pero la Real tiene un problema de intensidad, y el gol tan madrugador hizo que se durmiese en la placidez de la victoria y de lo que era una manifiesta superioridad. El descanso le congeló las ideas y la motivación. Dio uno, dos, tres pasos atrás con el afán de juntarse en su campo y dejarle una pradera a Carlos Vela. Pero lo fuerte de la Real no está en la defensa. Tomados uno a uno son buenos futbolistas pero su acordeón no funciona a la perfección.

El Athletic le comió el terreno y le robó el balón. Iturraspe y Rico se bastaban para hacer de muralla mientras la Real solo se sustentaba por el el juego corajudo de Bergara, siempre al límite de lo permitido. Vela solo apareció en un contragolpe fulgurante que dejó con un toque sutil de Chory Castro que Finnbogason remató fuera (aunque estaba en fuera de juego). Tras ese asomo de la Real a la ventana , llegó el gol del Athletic. Primero un centro fue repelido con el brazo por Íñigo Martínez. El arbitro no pitó penalti y el balón acabó en el otro costado en los pies de Susaeta, el mejor futbolista del Athletic. Buscó el arco del centro y se lo puso en la bota derecha de De Marcos, que sorprendió a un desidioso Chory Castro y batió a Zubikarai. Era algo así como la reivindicación de De Marcos precisamente ante el mismo antagonista.

El gol castigaba la flojera realista y premiaba el despertar del Athletic. No es que hablase con voz potente, pero sus llegadas eran continuas. Antes del tanto de De Marcos, Muniain malgastó una oportunidad ante Zubikarai. Si el gol de la Real llegó por sorpresa, el del Athletic lo hizo después de una pequeña campaña publicitaria.

Pero la rutina está prohibida en los clásicos entre realistas y rojiblancos. Moyes refrescó el centro del campo, Zurutuza y Canales reemplazaron a Granero y Chory Castro, que pagó su despiste en el gol. La Real mejoró un poco, especialmente con la entrada del cántabro, aunque la emoción se produjo por una acción punitiva. Laporte (como San José) sobrevivía con una tarjeta amarilla y llegó el momento fatídico. Laporte soltó el brazo en un salto y... al vestuario. Comenzaba otro partido. Lo que era oscuridad para la Real se convirtió en una penumbra con una vela encendida. El agobio obligó al Athletic a promover un ejercicio de supervivencia ante el acoso de la Real. Canales envió una falta al larguero y Canales remató a bocajarro el penúltimo centro del partido. La emoción que el partido había dosificado se concentró en los últimos sorbos para acabar en un empate que repartió los puntos como repartió el dominio del encuentro. Lo dicho: un clásico.

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