Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El dueño del balón

Joseph Blatter se presenta a la reelección tras 40 años en la FIFA, organismo que preside inmune a vaivenes desde 1998

Blatter, con Ronaldo, en una imagen de agosto de 2014. Ampliar foto
Blatter, con Ronaldo, en una imagen de agosto de 2014. AFP

La evolución del fútbol, convertido en una gigantesca multinacional de dinero y sentimientos, no casa con la rotación en su sillón más granado, el de la presidencia de la federación que lo rige a nivel internacional desde unas instalaciones ubicadas en la localidad suiza de Zúrich. En la Federación Internacional de Fútbol Asociación trabajaban hace cuarenta años once personas cuando se incorporó un expansivo ejecutivo con experiencia en el universo de las relaciones públicas, en la actualidad acoge casi 400 en un fastuoso edificio inaugurado hace siete años tras una inversión cifrada en 150 millones de euros. Aquel jugador número doce que llegó en 1974 aspira ahora a encadenar cinco mandatos como presidente de un organismo con más naciones asociadas que la ONU. Joseph Blatter (Visp, 1936) ha anunciado que concurrirá a la reelección. "Mi misión no ha acabado", explica. La remataría en 2018, cumplidos los 82 años, dos menos que los que tenía su antecesor y mentor Joao Havelange.

Audaz para forjarse desde el anonimato, atinado para elegir el rebufo que le llevó a la meta, políglota, con espíritu y alma de comercial para contribuir al desarrollo del fútbol como un ingente negocio globalizado, mujeriego (acumula relaciones de pareja y bastantes biografías le atribuyen la presidencia de un curioso grupo que germinó en los sesenta para defender el uso de las ligas, no precisamente de fútbol, en beneficio de los pantis), con un punto lenguaraz como cuando recientemente se mofó de Cristiano Ronaldo ante una cámara de televisión y, siempre hasta la fecha, inmune y aparentemente blindado ante las acusaciones de corrupción, la historia de Blatter es la de un tipo despierto, un antiguo relaciones públicas que emergió desde un pequeño pueblo alpino para escalar montañas que no parecían a su alcance.

Aspira a terminar su obra en 2018, cumplidos los 82 años

Sus primeros años en el fútbol no presagiaban grandes aventuras. Delantero vivales, con cierto gol según quienes le vieron jugar, jamás traspasó el ámbito aficionado. En una ocasión refirió una oferta del Lausanne para convertirse en profesional, pero no obtuvo el permiso de su padre para rubricarla y aparentemente prefirió complacerle y completar sus estudios de Economía. Sin embargo sus primeras ocupaciones alertaban sobre donde estaba su fortaleza: en las relaciones y el ámbito comercial. A través de ahí entró en el mundo del deporte con Longines, empresa relojera que se vinculó de manera muy activa con el movimiento olímpico. Blatter descubrió ahí las posibilidades que brindaban el apartado organizativo del deporte y su vínculo con el márketing, los patrocinios y la televisión. Havelange llegó a Zúrich para dirigir la FIFA casi al tiempo que él llegaba a sus oficinas. Tenía experiencia como secretario general de la Federación Suiza de hockey sobre hielo y el dirigente brasileño observó en él una capacidad innata para llevar adelante un plan de desarrollo. No se equivocó. Blatter llegó hasta el último confín de la Tierra para que el manto federativo se ocupara de la gestión del fútbol, tejió una red de aliados, un núcleo de poder sólido y lo suficientemente fuerte para resistir embates como el que de su mano derecha y entonces presumible delfín, Michel Zen-Ruffinen, que en 2002 desde la secretaría general de la FIFA alertó sobre una gestiones cuestionables y cuantiosas pérdidas económicas a raíz de la quiebra de ISL, socio de márketing de la FIFA.

“Soy el capitán de un barco que atraviesa una tormenta”, admite

Pronto se reveló como un seductor, adicto al trabajo, pero también al poder. Havelange le nombró secretario general, de facto su número dos, apenas seis años después de conocerle. Por el camino, Blatter estableció una relación, que terminó en el altar, con Bárbara, la hija de su antecesor en el cargo, Helmut Kaser, que le había reclutado para trabajar en la FIFA y con el que acabó enemistado. Para entonces ya se había mostrado como una cara amable del fútbol, sonriente y pizpireto en el sorteo del Mundial celebrado en España, en el que como luego hizo en los cuatro siguientes asumió una labor referencial a la hora de organizarlo. Creció a la sombra de Havelange y esperó su momento, que llegó en 1998 cuando la continuidad se impuso al supuesto rupturismo que enarbolaba el entonces presidente de la UEFA, Lennart Johansson. Se citaron en las urnas y Blatter ganó por 111 votos a 80. Se había presentado sin el apoyo explícito de ninguna federación europea, pero respaldado por Havelange y acompañado de Michel Platini, que tras dirigir a la selección de Francia desde el banquillo enfocaba su futuro hacia las moquetas.

En las últimas dos décadas, la FIFA ha multiplicado por veinte sus ingresos

Aquel triunfo de Blatter se nubló por las acusaciones sobre su supuesta implicación en pagos para comprar apoyos. En una elección en la que cada federación tenía un voto logró el soporte casi únanime de las federaciones africanas, pero surgió la contestación de Farah Addo, mandamás del fútbol somalí, para asegurar que desechó una oferta de 100.000 dólares para votar a Blatter, pero que casi una veintena de electores sí se habían vendido. Addo, que no pudo presentar pruebas, fue condenado por un tribunal, posteriormente suspendido acusado de retirar dinero de su federación y a la postre perdonado por Blatter. En medio de todo ese marasmo, la FIFA no ha dejado de crecer. En las últimas dos décadas ha multiplicado por veinte sus ingresos y entre 2015 y 2018 espera recaudar más de 5.000 millones de euros, la gran mayoría procedentes del márketing y los derechos de televisión mientras su ubicación en Suiza le otorga sabrosos beneficios fiscales. Y todos aquellos que se han atrevido a desafiar en las urnas el poder de Blatter sucumbieron sin remisión. El camerunés Issa Hayatou, con el apoyo de la UEFA, fracasó en 2002 por 56 votos contra 139 y con el tiempo acabó señalado por aceptar sobornos. En 2007 nadie discutió su primacía y en 2011 su opositor, el catarí Mohammed Bin Hamma, fue inhabilitado antes de los comicios después de que prosperase una denuncia que le acusaba de enriquecerse con fondos federativos. Entonces la Asociación de Fútbol de Inglaterra (la histórica FA) pidió que se postergase la elección de Blatter y que se investigase en profundidad la designación de Rusia y Catar como sedes mundialistas. También fueron arrasados (172 contra 17). "Soy el capitán de un barco que atraviesa una tormenta y me comprometo a llevarlo a aguas transparentes de nuevo", concedió Blatter en uno de los pocos atisbos de autocrítica que se le recuerdan.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Más información