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40 ª OLIMPIADA DE AJEDREZ

3.000 ajedrecistas de 180 países en la costa del Ártico

Magnus Carlsen, el fenómeno de 23 años, amenaza con ser el mejor jugador de la historia

Magnus Carlsen, en una imagen de 2013. Ampliar foto
Magnus Carlsen, en una imagen de 2013. REUTERS

Israelíes y palestinos, rusos y ucranios, indios y paquistaníes, ruandeses y congoleños, cubanos y estadounidenses, serbios y croatas, argentinos y británicos, griegos y turcos, iraníes e iraquíes… Todos, hasta 3000 de 180 países, unidos por la pasión del ajedrez en Tromso (Noruega) para disputar la 40ª Olimpiada de Ajedrez o participar en el 85º congreso de la Federación Internacional (FIDE) o simplemente observar a gentes de tantas razas, religiones y edades, juntos en un inmenso pabellón.

Ceremonia inaugural. Suena el himno de la FIDE (antes del noruego) y toda esa multitud se levanta como impulsada por un resorte para escucharlo con emoción. Ese momento ocurre cada dos años desde París 1924 (aunque la primera edición oficial fue Londres 1927) y permite que gentes de los lugares más recónditos del mundo vuelvan a verse o vivan por primera vez una experiencia que repetirán cuantas veces puedan. Quien crea que la alianza de civilizaciones es utópica, que pase por una Olimpiada de Ajedrez. A diferencia de los Juegos Olímpicos, donde los participantes están separados por deportes en sedes distintas, aquí todos se ven cada día durante dos semanas, y es rarísimo que surja algún conflicto por motivos políticos o raciales.

La fiebre del ajedrez invade Noruega gracias a Magnus Carlsen, el fenómeno de 23 años que amenaza con ser el mejor jugador de la historia. El duelo que le coronó como campeón del mundo frente al indio Viswanathan Anand el pasado noviembre en Chennai (India) provocó un bajón en la productividad de sus compatriotas (en algunas oficinas los jefes bloquearon el acceso a las páginas de internet por donde se retransmitían las partidas) y disparó las audiencias de los programas especiales de televisión con un amplio despliegue de enviados especiales. Adultos que jamás habían jugado lo hacen ahora, y el Parlamento discutirá pronto la conveniencia de introducir el ajedrez como asignatura en todos los colegios públicos (también lo hará el Congreso de los Diputados de España este otoño). Además, los noruegos han descubierto que su nuevo ídolo nacional y el deporte mental sirven como plataforma de promoción turística del país. Los organizadores calculan que las partidas y resultados de la Olimpiada serán seguidos a través de Internet por más de cien millones de personas de los cinco continentes.

“Hasta hace pocos años, casi todas nuestras grandes figuras salían de los deportes de invierno, de gran exigencia física. Eso influye en la enorme popularidad de Carlsen, que complementa el ideal de mente sana en cuerpo sano”, explica el alcalde de Tromso, Jens Johan Hjort, quien también fue el sorprendente presentador de la ceremonia inaugural. Después llama al escenario al campeón del mundo, aquel niño muy tímido que hace diez años, en la Olimpiada de Calviá (Mallorca) tenía que aclarar al personal de seguridad que él era el primer tablero de Noruega, no un aficionado infantil.

Ahora, tras dos contratos cumplidos con la marca de moda juvenil G-Star e innumerables entrevistas, sesiones de fotos y fiestas distinguidas, el joven Magnus tiene muchas tablas. Preguntado por las diferencias entre el ajedrez individual y por equipos, Carlsen explica: “Soy un lobo solitario, pero también disfruto jugando con la selección de mi país. Somos cuatro y un suplente, y se suman los puntos de las cuatro partidas. La clave está en crear un espíritu de equipo pero, al mismo tiempo, en no fijarte en las partidas de tus compañeros, porque es muy probable que pierdas concentración”.

En esta ocasión Carlsen no luchará por las medallas porque su equipo no tiene tanta fuerza como Rusia, Ucrania, Armenia, China y otra media docena de selecciones fortísimas. Aunque los aficionados de todo el mundo estarán muy pendientes de los resultados de esos equipos, aparte del suyo, la prioridad de la inmensa mayoría de los participantes en la Olimpiada será pasárselo bien con gentes de toda raza y condición.

Excepto algunos, sometidos a una gran tensión. Son los que se juegan mucho en las elecciones a la presidencia de la FIDE, con dos candidatos. Ambos son rusos, pero es lo único que tienen en común. El actual presidente, Kirsán Iliumyínov, lleva 19 años en el cargo pero es el favorito porque la eficacia de su equipo electoral –protagonista de numerosos escándalos, componendas y sospechas de corrupción o manipulación de los límites legales- pesa más que todos sus errores e incumplimientos; además está fuertemente respaldado por el presidente Putin y todas las embajadas de Rusia. El aspirante a destronarlo, Gari Kaspárov, uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, ha tenido que emigrar a Nueva York tras haber sido golpeado y detenido varias veces en Moscú; está apoyado por importantes empresarios de diversos países, pero los latinoamericanos le dan la espalda (argumentan que Iliumyínov ha cumplido sus promesas electorales), y ésa puede ser la clave de los comicios.

Sin embargo, las durísimas negociaciones por los pasillos para lograr el voto de los países más minúsculos del planeta apenas interesan a la gran masa de ajedrecistas desplazados a las orillas del Océano Ártico. Además de preparar, jugar y analizar sus partidas, disfrutarán de catorce días con sólo tres horas de oscuridad cada noche. La pasión del ajedrez da para mucho.

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