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El Valencia deja escapar la presa

El conjunto de Perasovic ve rebajada al final una renta de 33 puntos ante el Unics Kazán

Doellman trata de irse de Harangody. Ampliar foto
Doellman trata de irse de Harangody. EFE

Tenía el Valencia Basket la presa bien cogida entre los dientes. Sufría el Unics Kazán un huracán en la ida de la final de la Eurocup, en una Fonteta encendida desde dos horas antes del partido. Más de 30 puntos de diferencia dejaban casi escrito el nombre del campeón del segundo título europeo, y el propietario del billete para la próxima Euroliga. Pero ese es el riesgo que tiene la apuesta febril del Valencia, que de tanto apretar el acelerador a fondo hay un momento en que la gasolina se acaba. Y entonces, ya cerca de la meta, pierde los metros que había ganado con mucho sudor.

A lomos de Doellman, el equipo naranja pasó por encima del Unics. La muñeca del Capitán América y la puesta en marcha de ese guion que redacta Perasovic, el de defensa y defensa, ritmo alto y buenas piernas, noquearon a los muchachos de Kazán (9-1, 18-4). No había noticias de Goudelock, la estrella del conjunto ruso, elegido el mejor del torneo antes de disputarse la final. Algo que tocó el orgullo de la grada valenciana, que coreó a Doellman como “¡mvp!” cada vez que el estadounidense dejaba tirado a su marcador. Cuánto le costará retenerlo la próxima temporada.

VALENCIA BASKET 80 UNICS KAZÁN 67

Parciales: 27-12 | 22-15 | 25-17 | 6-23

Valencia Basket: Van Rossom (2), Rafa Martínez (7), Sato (2), Doellman (28), Dubljevic (12); Ribas (14), Lucic, Lafayette (8), Aguilar (3) y Lishchuk (4).

Unics Kazán: Goudelock (9), Zisis (3), Eidson (10), Kurbanov (4), Sokolov; McKee, Harangody (12), Sergeev (5), Veremeenko (19), Vougioukas (5) y Antipov.

Árbitros: Radovic (Cro), Sahin (Ita) y Latisevs (Let). Eliminaron por faltas personales a Lishchuk (m.40).

Unos 8.500 espectadores en la Fonteta. La vuelta, el próximo miércoles (17.00, Teledeporte) en Kazán.

Rafa Martínez encabezó el aumento de revoluciones y el Valencia comenzó a abrir brecha con el músculo de un forjador. Todos corrían, el balón volaba y Doellman sacaba el mazo (28 puntos). Un turbo que a veces se confundía con la precipitación, tal era el deseo de ver la pelota en el aro antes incluso de lanzarla.

A cada arreón del Valencia siguió otro y otro, como si no hubiera partido de vuelta sino solo una lucha por martillear al contrario (36-12, 49-27 en el descanso). El Valencia había desmontado la defensa del Unics. Los golpes venían para los hombres de verde desde todos lados. Por dentro había reaparecido Lishchuk después de tres meses de parón, y los tiradores tenían el día. El Valencia había ganado la partida de ajedrez. Si se trataba de saber quién marcaría el ritmo, los de Perasovic eran quienes tenían el reloj en sus manos. La distancia llegó a ser abismal, hasta 33 puntos (70-37). El campeón parecía decidido, la final sentenciada ya en el tercer cuarto de la ida. Pero entonces sonó el chivato de la gasolina. Al Valencia se le estaba vaciando el depósito. Quizás pesaba en las piernas el desgaste del tremendo partido ante el Madrid, quizás la intensidad que desde el primer segundo había impregnado el conjunto naranja a cada acción. El Unics olió la sangre y despertó. Había estado desahuciado y de pronto veía la luz. El Valencia entró en bucle, comenzó a perder balones, a precipitarse, a dejar huecos en defensa. Un parcial de 6-23 volvió a poner la pelota en juego. El miércoles en Kazán.