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“Fuimos un ejemplo para la mujer”

Magda Nos y Mònica Verge recuerdan cómo en 1989 superaron una montaña de prejuicios

y problemas económicos para ser las primeras españolas en subir un ochomil, el Cho Oyu

Mònica Verge y Magda Nos, en diciembre pasado en Barcelona. Ampliar foto
Mònica Verge y Magda Nos, en diciembre pasado en Barcelona.

Son las 10.45 del 19 de septiembre de 1989 cuando los primeros pies de una mujer española pisan la cima de un ochomil. Son los de Magda Nos y Mònica Verge sobre la nieve del Cho Oyu (8.201m). Es un momento de felicidad infinita que aún hoy, casi 25 años después, les emociona. Porque hasta ese instante para la historia habían tenido que escalar una montaña igual de alta de prejuicios, problemas económicos y desconfianza.

¿Unas mujeres quieren subir un ochomil? A finales de los ochenta, la pregunta siempre chocaba con la misma respuesta. No. No a acompañar a los hombres en sus expediciones. No a recibir ayudas. No y otra vez no. Pero el sueño latía imparable en el corazón de Magda Nos después de conocer aquellas majestuosas montañas. Lo llevaba en la sangre, nacida en Burdeos en 1947 de madre catalana y padre vasco, ambos montañeros. De aquellos veranos de acampadas saltó a la espeleología y a la escalada para no separarse ya de las cumbres.

“Mi ilusión fue siempre subir a un ochomil”, recuerda Magda durante un reencuentro con Mònica en Barcelona en diciembre pasado; “fue una trayectoria larga porque me daba mucho respeto. Tresmil, cuatromil, cincomil… hasta que me sentí segura, lista. El alpinismo femenino español estaba muy retrasado respecto al resto de países. Es lógico que si otras mujeres alrededor del mundo habían llegado a la cima de un ochomil también las hubiera en nuestro país. Yo quería que en mi casa tuviéramos ese honor”. Y con una condición: solo mujeres. “Lo teníamos clarísimo. La expedición debía ser solo femenina, y eso nunca se había hecho en el Estado español. Queríamos demostrar que una mujer podía hacer lo mismo que un hombre”.

Mònica y Magda, en la cima del Cho Oyu en 1989.
Mònica y Magda, en la cima del Cho Oyu en 1989.

Así conoció a Mònica Verge (Barcelona, 1958). Magda daba conferencias para North Face y Mònica era responsable de un refugio en la Vall d’Arán, en Salardú. “Cuando me lo propuso, me tiré de cabeza”, asegura. Era también su pasión. Socia desde que nació del Centre Excursionista de Catalunya, sus padres le arrastraban a caminar cuando era niña, hasta que descubrió el esquí a los 12 años y la escalada a los 17. Cuando conoció a Magda ya había subido a un seismil en el Himalaya.

En ese nacimiento del proyecto chocaron con las primeras piedras. El machismo y el dinero. “Los chicos no querían chicas en sus expediciones. Había muy pocas escaladoras. Era un deporte duro, de riesgo. Les preguntábamos si podíamos ir con ellos y nos decían que no, que las mujeres dábamos problemas. Existía mucho machismo”, cuenta Mònica. Magda asiente: “Incluso si ibas a escalar con un chico tenías que ir de segunda en la cordada. Él tenía que subir y la chica a seguirle y gracias. Como si nos tuviéramos que refugiar en la figura masculina. Y decían que no podíamos ir solas a escalar. No creían que una mujer pudiera hacerlo. Siempre decían que no y ya está. Pues nosotras lo hicimos”.

Ese machismo reinaba en las montañas y en la ciudad. “Una expedición solo de mujeres nos cerraba la puerta a muchos patrocinadores. No creían en nosotras”, resume Mònica. Fueron continuos los portazos. Les apoyó la revista Lecturas, que publicó un reportaje y su director les pagó el vuelo de regreso de París a Barcelona, previsto en tren. “Fue muy, muy difícil”, dice Magda. Casi imposible. Se había formado un equipo de cuatro mujeres, pero, sin ayudas para cubrir los cuatro millones de pesetas de presupuesto, solo quedaron dos, Magda y Mònica, que pidieron un crédito personal al banco. “La prensa decía que dos mujeres solas no llegarían ni al campo base. ¡Qué confianza tenían en nosotras! Pero estábamos seguras de que iríamos, fuera como fuera”. Fue llevando en coches el material de Barcelona a París. Fue suplicando que les permitieran embarcar sin pagar un dinero que no tenían por el exceso de equipaje. “No sé cómo lo hice”, recuerda Magda; “estaba tan convencida de que debía ir…”.

Los chicos no querían que fuéramos con ellos porque decían que dábamos problemas. Había mucho machismo

Mònica Verge

Las alpinistas, durante la ascensión. ampliar foto
Las alpinistas, durante la ascensión.

Apadrinada por Marta Ferrusola, mujer del presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, la pequeña expedición había salido de Barcelona el 12 de agosto. El 30 estaban en la falda del Cho Oyu, a los pies de su sueño. Acompañadas del sherpa Ang Phuri. “El ascenso no fue difícil, pero sí arriesgado. Tuvimos mucha nieve”, explica Magda. “Recuerdo cada paso”, añade Mònica. El riesgo de aludes les obligó a cambiar el camino, y no tenían teléfonos ni otro sistema de comunicación, solo unas cartas escritas a mano “que un hombre que venía de Nepal recogía corriendo en un paso a 6.000 metros cada dos semanas y llevaba a Katmandú”.

El día señalado para hacer cima se levantaron a las tres de la madrugada. La niebla les obligó a retrasar la salida. Pero ya nada podía pararles. “Los últimos 100 metros fueron muy difíciles. Parecía que no íbamos a llegar nunca. Nos faltaba el oxígeno”, cuenta Mònica. Y… ¡cima! “Lo habíamos conseguido”, dice Magda, “representábamos la ilusión de cada mujer por lograr lo que sueña. Las mujeres lo podíamos hacer. Debíamos creer en nosotras. Ese fue el mensaje que transmitimos. Lo que no sabíamos era la repercusión que tendría no solo en el mundo del alpinismo, sino en otros ámbitos de la sociedad”. “¿Una mujer subiendo un ochomil? Nadie lo esperaba. Fuimos un ejemplo para la mujer deportista y la mujer en general”, cuenta también orgullosa Mònica.

Aquellas dos mujeres en las que pocos creían eran de repente un símbolo. “Cuando fuimos al Cho Oyu no nos hacía caso nadie. Una vez hicimos cima todo cambió. Ahí comprendí cómo funciona este mundo: si no haces cumbre, no eres nadie”, lamenta Mònica. Marta Ferrusola les envió una felicitación y las recibió en el aeropuerto de Barcelona a principios de octubre junto a unas 200 personas. “Cuando llegamos nos dimos cuenta de lo que significaba haber hecho un ochomil femenino. Pasamos un año entero de celebraciones, conferencias, actos...”, explica Magda. Parte de todo ello, además de un vídeo, era para devolver los créditos. “Me cambió la vida totalmente. Tenía la obsesión de subir a un ochomil y una vez lo conseguí no pude parar”. Magda participó en otras seis expediciones a ochomiles, y en 1992 subió al Sisha Pangma. “Y al cabo de los años sentí la necesitad de ayudar a los que me habían ayudado a mí, los sherpas de Nepal”, explica. Así fundó Namlo (el nombre nepalí de la cinta de cáñamo usada para sujetar las cargas), una ONG para crear escuelas. “Los retos que tengo con Namlo son más grandes que los retos de cualquier ochomil”, resume.

Los patrocinadores les cerraron las puertas y tuvieron que pedir un crédito personal al banco

Magda vive entre Estados Unidos, Barcelona y Katmandú dedicada a los niños de Nepal. Mònica continuó en su refugio, acudió al Gasherbrum II y hoy vive en Francia. Antes de ese 1989 cuatro expediciones masculinas habían alcanzado la cumbre del Cho Oyu. Más tarde, en 1996, Araceli Segarra acaparó los focos al convertirse en la primera española en subir al Everest. Pero Magda y Mònica fueron únicas. “Han pasado casi 25 años y no olvidamos nada de esa expedición”, coinciden. Siguen, claro, acudiendo a la montaña. Nadie como ellas sabe lo que es abrir huella.

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