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Mucha intención y poco fútbol

Getafe y Valladolid empatan (0-0) un partido feo y con muchas imprecisiones, que terminó con pitada para los locales

Álvaro Rubio y Lafita pujan por un balón. Ampliar foto
Álvaro Rubio y Lafita pujan por un balón. Getty Images

Se anularon mutuamente Getafe y Valladolid porque ambos equipos transitan en un estado cercano a la apatía en el que las ideas no terminan de salir del cascarón. En un partido feo, sin demasiado ritmo y con ocasiones contadas, el empate a cero resultó una apuesta segura los dos. Un reparto de puntos que no por justo deja de ser escaso, más aun cuando se pretende cambiar una tendencia nada satisfactoria.

El Getafe quiso utilizar a Diego Castro para encontrar la salida del laberinto defensivo que propuso el Valladolid. Solo el gallego pareció capaz encontrar algún hueco libre en medio de una defensa que concedía poco espacio cerca del área de Mariño. Rukavina fue una sombra constante para Castro, aunque el yugoslavo no pudo tapar un centro que Ciprian cazó de cabeza dentro del área. Su remate se topó con el cuerpo de Mitrovic, en la que fue la mejor ocasión de los azulones en la primera mitad.

GETAFE, 0; VALLADOLID, 0

Getafe: Moyá; Arroyo, Lisandro, Rafa, Roberto Lago; Borja, Míchel (Gavilán, m. 80); Pedro León, Lafita (Sarabia, m. 57), Diego Castro; Ciprian. No utilizados: Codina, Vigaray, Juan Rodríguez, Colunga, Lacen.

Valladolid: Mariño; Rukavina, Rueda, Mitrovic, Peña; Rubio, Rossi (Valdet Rama, m. 78), Larsson (Manucho, m. 74); Víctor Pérez (Sastre, m. 86), Omar y Javi Guerra. No utilizados: Jaime, Baraja, Valiente, Bergdich.

Árbitro: Martínez Munuera. Amonestó a Roberto Lago, Peña, Lisandro, Javi Guerra, Rukavina.

Coliséum Alfonso Pérez. Unos 4.500 espectadores. Se guardó un minuto de silencio en memoria de Luis Aragonés.

Si el Getafe bailaba al son de Castro, Juan Ignacio Martínez volvió a dar alas a las piernas de Larsson, y a confiar en el acierto y la colocación de Javi Guerra. La movilidad de sueco en el costado derecho ayudó a la incorporación de Rossi y Víctor Pérez, dos jugadores que destacan por su golpeo de balón y que obligaron a estirarse a Moyá en varias ocasiones. Esa capacidad para terminar las jugadas evitó el contragolpe de los de Luis García, que decidió no contar de inicio con Sarabia, el especialista en ejecutarlos.

Con tanta idea preconcebida y tanta elaboración confusa, el partido cayó en un quiero y no puedo y además no me sale. Rara vez el balón circuló por piernas amigas en más de tres intercambios. Ninguno de los dos equipos acertó a imponer su guion. El partido entró por momentos en una impasse de película sin ritmo, por más que hubiera algún susto de por medio. Como el que dio a sus compañeros Mariño al calcular mal el bote de un balón en largo que terminó por pasarle por encima de la cabeza.

Un remate de cabeza de Javi Guerra tras un mal despeje de Moyá provocó un pequeño seísmo en el Coliséum, donde la afición silbó a varios de sus jugadores. Pedro Léon, desconectado durante todo el partido, recibió alguna que otra reprimenda de la grada. Y es que la apatía del Getafe combina mal con el escaso pero ruidoso público que a pesar del frío acompañó al equipo en la grada.

Aprovechó esa falta de pulso el Valladolid, especialmente por medio de Rukavina, que pisó campo rival en varias ocasiones para colgar el balón a un Javi Guerra al que la soledad volvió a atrapar en medio de la defensa del Getafe. No salió finalmente el delantero español en el mercado de invierno, a pesar de haber recibido ofertas desde Inglaterra. Su figura resulta trascendental para el equipo de Juan Ignacio Martínez, por más que en partidos como el de hoy brille por el trabajo sucio (pelear balones por alto, proteger el balón hasta la llegada de sus compañeros, generar espacios a su espalda), que por disparar a portería. Con la entrada de Manucho el Valladolid quiso terminar de controlar el juego aéreo, una baza en la que el Getafe se mueve sin demasiada estabilidad.

Sin embargo, un disparo desde fuera del área de Diego Castro que se topó con el poste pudo desnivelar el partido cuando ya se había cumplido el tiempo reglamentario. No fue así y los pitos del Coliseúm reflejaron el descontento de una afición que no empatiza con un equipo para el que la apatía es más que una compañera pasajera.

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