Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

“Tuvimos que salir en las ‘lecheras”

Protagonistas de los Osasuna-Madrid reconstruyen los incendiarios duelos de los ochenta y noventa ● “En Pamplona hay que poner un poco más de todo”, resume Camacho

Sanchis, Gallego, Rípodas, Buyo (y tras él Míchel), en el Osasuna-Madrid suspendido en 1989 por el lanzamiento de petardos y otros objetos. Ampliar foto
Sanchis, Gallego, Rípodas, Buyo (y tras él Míchel), en el Osasuna-Madrid suspendido en 1989 por el lanzamiento de petardos y otros objetos.

Del belicismo de antaño hasta la época actual, más templada, el Madrid nunca ha encontrado acomodo en Pamplona. Nieve, bengalas, un adversario de hierro y hasta un cochinillo enfundado en una camiseta blanca, con el 7 de Juanito trotando por la pradera del Sadar. Con los escenarios más estrambóticos se ha topado el equipo blanco, al que históricamente le cuesta hallar la victoria en un feudo navarro al que hoy regresa (16.00, C+Liga y GolT). “Es una olla a presión”, explica José Antonio Camacho; “allí, el futbolista tiene que responder con todo. No te vale con eso de ser jugador del Madrid. En Pamplona hay que poner un poco más de todo”.

“A Valdano le dieron un tornillazo y a mí con una castaña en un ojo”, recuerda Gallego

El murciano desfiló con los blancos por El Sadar en los ochenta. Una época con un trasfondo político tumultuoso y en la que al Madrid se le atragantó sobremanera el equipo navarro. “Te exigían desde el principio. A base de córners y faltas te iban encerrando atrás”, recuerda el técnico. De 10 duelos, los de Chamartín perdieron cinco, cedieron dos empates y solo arañaron tres triunfos. “Entonces estaba el problema de las autonomías. En el norte se nos veía como la representación del Estado y el centralismo”, especifica el artillero Carlos Santillana; “a veces teníamos que dejar el autobús de Madrid a la entrada de la ciudad y coger otro con la matrícula de allí. Y para salir, alguna vez tuvimos que meternos en las lecheras de la policía. La sensación que teníamos era de ‘quedaros con los puntos y nosotros nos vamos, que así no se puede jugar’. No sabías qué iba a pasar, pero todo procedía de un sector concreto del público. El que más valor le echaba era Uli [Stielike]. Le daba igual lo que cayera”.

Volcánicos, con cargas policiales en las gradas y acciones al límite sobre el césped, los enfrentamientos de aquella década se saldaron con diversos incidentes. “Fue la primera vez que me expularon de un campo”, recuerda Santillana. “A Valdano le dieron un tornillazo y a mí con una castaña en un ojo”, rememora Ricardo Gallego. “El ambiente era muy hostil, pero nosotros solo íbamos a jugar al fútbol. Ahora es impensable que ocurra algo similar”, apunta el exportero Paco Buyo, al que le cayeron varios petardos en un pulso de 1989 que obligaron al árbitro a suspender el partido. El Sadar fue clausurado. “El Madrid se negó a seguir jugando”, detalla Ángel Martín González, ex de Osasuna; “después tuvimos que jugar medio tiempo a puerta cerrada en Zaragoza. Nos empataron con una falta de Hugo Sánchez y en el túnel hubo más que palabras”.

“Esa semana hasta el panadero te recordaba contra quién jugabas”, cuenta Cuco Ziganda

Tan al límite como hermosos, los protagonistas de esos encuentros coinciden en subrayar una batalla futbolística en la que el jugador disfrutaba. “Le ponían mucho orgullo. Intentábamos jugar, pero no nos dejaban. A veces utilizaban un balón Mikasa, completamente distinto al que se utilizaba en cualquier otro campo. Y la grada estaba muy cerca, pero era un placer jugar en El Sadar y el trato en Pamplona era exquisito”, señala Gallego. “Eran tipos duros y fuertes, pero nobles. Te jugaban en largo y aprovechaban las jugadas a balón parado. Era un equipo muy british. Estaban Castañeda, Mina, Iriguíbel, Echeverría, Macua... “, enumera Santillana. “Yo nací en Madrid y jugué en Osasuna ocho años. Me sentía madridista y rojillo. Tenía amigos en ambos equipos”, describe el propio Macua, zaguero. “El Manito [Hugo Sánchez] se crecía. Le ponía ese ambiente. A mí solía marcarme Sandokán [Juan José]. En el vestuario nos decían: ‘joder, si corriéseis así todos los partidos...”, retrata Enrique Martín Monreal, director de la cantera de Osasuna; “yo tenía muy buen rollo con los jugadores del Madrid. A Juanito le invité un año a los San Fermines. Nos fuimos un par de días de juerga y también a los toros”.

En los noventa, antes de que el equipo navarro descendiera a Segunda, en 1994, el Madrid solo pudo vencer una vez en sus cuatro visitas a Pamplona. “Era excitante, un hervidero”, detalla Cuco Ziganda, ariete navarro, ahora a los mandos del filial del Athletic; “el Madrid era el campeón, el que ganaba siempre. Durante la semana, hasta el panadero te recordaba contra quién jugabas. Teníamos nuestras armas e intentábamos asfixiarles. Ellos lo tenían todo. También unas ganas tremendas de irse del campo. No es defendible que se hicieran determinadas animaladas, pero cuando nosotros íbamos al Bernabéu a nuestro portero también le caía de todo y nos cantaban de todo”.

Desde entonces, el fútbol y las gradas han dado un giro completo. “Ahora no se permite esa agresividad, ni dentro ni fuera del campo”, indica Patxi Rípodas, excentrocampista de Osasuna; “la seguridad, la cultura y la eduación deportiva son mucho mayores”. Rebajada la tensión, aún latente, el Madrid ha ganado algo de terreno e incluso ha vivido episodios gloriosos en El Sadar, como las goleadas de 2007 (1-4, con un póquer de Van Nistelrooy) y 2012 (1-5), o el alirón de 2008. En la década más reciente, los blancos han firmado cinco victorias en territorio navarro, tres empates y dos derrotas. “La presión atmosférica que había en aquellos partidos no tiene nada que ver con la de ahora. No es ni un cincuenta por ciento de lo que era”, arguye Martín; “al llevar tantos años seguidos en Primera, el jugar contra el Madrid se ha normalizado”.

También influye la globalización futbolística y el factor identitario. “Entonces, el 99% éramos de casa. No teníamos fichas altas y si bajábamos a Segunda el sueldo se quedaba en la mitad. Criarte en Tajonar y llegar al primer equipo era lo máximo. Se creaba un vínculo muy fuerte que intentabas trasladárselo a los que iban llegando. Estos son nuestros colores, esta es nuestra ciudad, esto es Osasuna. Ahora se defienden los colores del equipo que te paga. Antes, los del equipo de tu tierra”, remata Rípodas, uno de los protagonistas de una saga tan incendiaria como fascinante.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Más información