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Un derbi como en los viejos tiempos

Los jugadores del Liverpool celebran uno de los goles al Everton. Ampliar foto
Los jugadores del Liverpool celebran uno de los goles al Everton. AP

En el mundo del fútbol hay dos tipos de rivalidades. Una es la que enfrenta a los mejores equipos de ciudades enfrentadas por las razones que sean, lo mismo futbolísticas que políticas, históricas o económicas. Rivalidades épicas como Barça-Madrid, Liverpool-Manchester United o Ajax-Feyenoord. U otras menos conocidas en España, como la que enfrente a Southampton y Portsmouth, las dos ciudades portuarias del sur de Inglaterra.

Y luego están los derbis dentro de una ciudad. La lista aquí es interminable: Benfica-Sporting, Palmeiras-Corinthians, Fenerbahçe-Galatasaray, Roma-Lazio, Betis-Sevilla, River-Boca, Inter-Milan, Celtic-Rangers y muchos más.

El sábado se jugó uno de esos derbis, el que enfrentó a Everton y Liverpool en Goodison Park. Y, con un empate a tres que bien pudo ser un empate a seis o a siete, puede acabar siendo el partido del año en la Premier. Un derbi que no se llama el derbi de Liverpool, sino el derbi de Merseyside, el nombre que recibe lo que es de hecho el Gran Liverpool, y que tiene su origen en el río Mersey, que en su desembocadura en Liverpool más parece una ría.

El derbi de Liverpool tiene una característica que le distingue de todas las demás rivalidades: es el derbi más amistoso de la tierra porque las familias locales suelen estar muy divididas a la hora de apoyar a uno otro equipo y las dos aficiones no siempre se sientan en gradas distintas cuando el enfrentamiento se juega en territorio neutral. Al menos eso es lo que ocurría en el pasado. En los últimos 20 años, coincidiendo con el declive de ambos clubes en el conjunto del fútbol inglés, la rivalidad se ha acentuado y han aumentado también los incidentes durante los derbis del Merseyside.

Lukaku marca uno de los goles del Everton. ampliar foto
Lukaku marca uno de los goles del Everton. AFP

El del sábado, sin embargo, fue un derbi como en los viejos tiempos, con los dos equipos en la parte alta de la tabla por primera vez en bastantes años y los dos entrenadores abrazados y sonrientes tanto antes como después del partido. Para el preparador español Roberto Martínez, que hace dos veranos rechazó una oferta para entrenar al Liverpool y esta temporada sustituyó a David Moyes cuando este se marchó del Everton al Manchester United, fue el primer derbi de Merseyside. Brendan Rodgers le lleva tan solo un par de derbis de ventaja.

Al final del partido, los dos se lamentaban por no haberse llevado los puntos después de un partido trepidante que vio al Liverpool adelantarse a los cinco minutos, al Everton empatar a los ocho y al Liverpool adelantarse a los 19. En la segunda parte, ya con el escurridizo Deulofeu en el campo, el Everton se adelantó con dos goles del fenomenal Lukaku, uno de los varios belgas que están triunfando este año en la Premier. Pero Sturridge empató a un minuto del final, privando al Everton de la que hubiera sido su primera remontada en el derbi desde la II Guerra Mundial, después de que otro belga, Mignolet, le negara un par más de goles a Lukaku y otro par a Deulofeu.

Un tercer belga, Mirallas, fue la cara y la cruz del partido. Primero marcó el primer empate del Everton y luego debió ser expulsado con roja directa por una entrada asesina a Luis Suárez. “Ha podido acabar con la carrera de Suárez. Me gustaría saber qué habría pasado si la entrada la hubiera hecho él”, se lamentó Rodgers con toda la razón del mundo.

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