Un bronce artesanal

Maider Unda le da a España su primera medalla en lucha, trabajando fuera de las estructuras oficiales, y compaginando su sueño deportivo con el empeño laboral en su caserío de Álava

Maider Unda, su entrenador Luis Crespo y el seleccionador Francisco Barcia, al fondo, celebran la medalla de bronce.
Maider Unda, su entrenador Luis Crespo y el seleccionador Francisco Barcia, al fondo, celebran la medalla de bronce.Jesus Diges (EFE)

La imperturbable Maider Unda agarró a la altiva Vasilisa Marzalyuk, bielorrusa, y la empujó fuera del círculo amarillo. En el reglamento de la lucha libre, la expulsión ritual del espacio de combate, así, por las bravas, equivale a lograr un punto. Así, empujando y sin dejar que la empujen a ella, bien asentada sobre dos piernas como muelles, conquistó la luchadora vasca dos de los tres puntos que le dieron el tercer puesto en la modalidad de 72 kilos. Fue la primera medalla olímpica de la lucha libre española en su historia. Una gesta que Maider consiguió sin apenas recursos. Casi le bastó con su empeño, con su deseo de superación. Lo hizo a su manera. Con 35 años, dice que estos han sido sus últimos Juegos y que ahora se dedicará a la granja y a su pareja, Aitor, con quien espera fundar una gran familia.

Los Juegos de Barcelona impulsaron el modelo centralista. Durante dos décadas, los deportes olímpicos en España se coordinaron con mano de hierro desde el CSD y las federaciones, cada vez más convertidas en meros fiscalizadores del Estado, entregadas a la idea de supervisar cada movimiento de los deportistas para, de este modo, controlar cada céntimo. El éxito de 1992 selló un sistema que ha entrado en crisis. Son demasiados los españoles que triunfan en Londres después de haber cuestionado la vieja estructura. Demasiados los que están demostrando que, cuando se preparan al margen de los centros de alto rendimiento, sea el de Madrid o el de San Cugat, o cuando lo hacen con métodos no del todo respaldados por sus federaciones, sus resultados mejoran. Es el caso de Maider. A la luchadora alavesa no le fue bien en la residencia Blume, en Madrid, y regresó a su casa para descubrir que se puede alcanzar la élite sin estar bajo estricto control administrativo. No solo se entrenó como las mejores desde que vive en el campo alavés. Fue quinta en Pekín y es bronce en Londres.

A Maider no le fue bien en la residencia Blume y decidió prepararse por su propia cuenta

Maider progresó en Olaeta, el caserío donde vive y trabaja fabricando quesos, producto del rebaño que alberga la granja familiar. Cuando no está manipulando ovejas, se pone en manos de Luis Crespo, un electricista al que la federación no le paga todos los viajes por falta de presupuesto. El seleccionador, Francisco Barcia, explica que con ser quinta Maider habría cumplido porque el suyo, en España, es un deporte apenas marginal: “Un campeonato nacional de mujeres no reúne a más de 40 representantes”, indica; “la federación tiene un presupuesto de 600.000 euros. Rusia tiene 24 millones. Azerbayán, con seis millones de habitantes, cuenta con 12 millones para la lucha libre. ¿Por qué nosotros somos buenos en el fútbol? Porque lo juega todo el mundo y donde hay cantidad hay calidad. Nosotros a los luchadores los tenemos que entrenar muy científicamente. El equipo de alta competición está trabajando con 15 personas. Daguestán, que solo es una república de la federación rusa, tiene 500.000 luchadores. España no pasa de los 3.000 federados".

El techo bajo, de latón y vigas negras, las luces calentando el círculo donde se pelea, fluorescentes, violentamente rojas y blancas, y un público fervorosamente apiñado alrededor del tatami confieren un clima excitante a la sede de la lucha libre. La música estruendosa y la voz chillona de las presentadoras contribuyen a la sensación de agobio. Las luchadoras entran malencaradas. Especialmente, Marzalyuk, que fue derrotada por Maider en el último Campeonato de Europa, cuando ambas se disputaban el bronce.

Ahora lo dejará todo para volver a su trabajo, formar una familia y tener niños

Se equivoca quien imagine una pelea de este tipo como un acontecimiento estrepitoso. Dentro del tatami no hay nada más formal. Las señoras se encaran como carneros salvajes. Frente contra frente. Se huelen, se muerden, se embisten. Se intentan agarrar y, al mismo tiempo, procuran no ser agarradas. Una buena sujeción separa la victoria del fracaso. Un buen agarre desequilibra y el que pierde el equilibrio pierde puntos, o se los entrega a su rival. Así pelearon la española y la bielorrusa durante casi dos asaltos completos. Cuatro minutos trabados, de táctica, de preparación. Maider sacó un punto en el primer asalto y salió a defenderlo en el segundo. Esperó. Esperó a que su adversaria atacara buscándole las piernas para voltearla. Y, mientras la agotaba, le buscó el punto flaco. Un mal apoyo allí, un empujón aquí y Maryalzuk se trastabilló, se fue fuera del tatami y se desesperó. Instantes más tarde volvía a caer fuera del círculo. En ese momento el árbitro decretó el final y Maider hizo historia. La esperan sus ovejas. Para prepararle el camino, un grupo de amigos venidos desde su pueblo le pusieron una hermosa boina.

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