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El Tour de las pequeñas cosas

Tras ganar la contrarreloj de Chartres y sentenciar su corona en París, el británico Wiggins empieza a celebrar el triunfo de un ciclismo más humano y creíble, aunque sea más aburrido

De izquierda a derecha, Van Garderen (mejor joven), Wiggins (maillot amarillo), Peter Sagan (verde) y Thomas Voeckler (rey de la montaña), en la salida de la última etapa. Ampliar foto
De izquierda a derecha, Van Garderen (mejor joven), Wiggins (maillot amarillo), Peter Sagan (verde) y Thomas Voeckler (rey de la montaña), en la salida de la última etapa. REUTERS

La aguja de piedra ingrávida, inverosímilmente, góticamente, afilada, de la catedral de Chartres surge de la nada, de entre los sembrados de maíz, para señalar su Norte, la orientación que no perdió en ningún momento durante su travesía juliana de Francia hasta París. “No he querido nunca perder el sentido de la realidad, no he querido levantar los pies del suelo”, dice Bradley Wiggins, quien lo que realmente quiere decir es que no hay que levantar nunca el culo del sillín. Una vez lo hizo solamente durante el Tour. Una sola vez, animado escalando Peyragudes tras el espejismo de su amigo Froome. Lo hizo y rápidamente se arrepintió. Estaba ganando el Tour en aquel momento y al dejarse llevar por la emoción no se enteró.

Ayer sí que se enteró. Ayer, como los condenados a muerte, que dicen que en el momento de subir al cadalso contemplan pasar a toda velocidad por su cabeza la película de su vida, Wiggins liberó su mente en los 10 últimos kilómetros de la contrarreloj final, que también ganó, por supuesto, vestido de amarillo, e hizo desfilar las imágenes de su vida, la de un chico de la calle, de Londres, que vive su sueño, quizás en la pantalla brillante de su casco aerodinámico.

Con el busto inmóvil, una efigie, el culo bien pegado al sillín, la trayectoria perfecta por la carretera comarcal, por el centro justo, por donde el ingeniero trazó la línea del trazado perfecto, por donde la raya blanca de pintura ofrece menos resistencia, menos rozamiento, a sus tubulares, Wiggins recordó su “largo viaje”. “Me acordé de mi familia, de mi padre muerto, de mis abuelos, que me criaron; de mi habitación con pósters de Indurain, del niño de 12 años que soñaba con ganar el Tour y sabía que sería imposible; del desastre de 2010, cuando pensé que podía ganar el Tour, sobre todo después de haber quedado cuarto en 2009, y lo hice todo al revés; de la caída y la fractura de clavícula en 2011, de este año, en el que todo ha salido perfecto desde mi victoria en la París-Niza, y en Romandía y en el Dauphiné…”.

“Me acordé de mi habitación con pósters de Indurain”, comentó el líder del Sky

Como todo en su Tour, también la descarga emocional está cronometrada. Termina con una explosión, con el puño derecho al aire, cargado de adrenalina, al cruzar la línea de meta, con la catedral ya lejos, a sus espaldas. “En ese momento”, contó luego, muy inspirado, como si hubiera ensayado antes en su cabeza lo que iba a decir, el primer británico que oirá su God Save the Queen desde el podio de los Campos Elíseos, esta tarde parisina, “ocurrió algo muy curioso, entonces todos los números, las tablas, las fórmulas en que estaba cuantificada la lucha por este objetivo, todo lo que le hacía tangible, se hicieron vivos, cobraron vida, respiraron en mi piel. Y pensé que todo cobraba sentido, que la contrarreloj es el absoluto, el ser humano contra el tiempo”.

“Es el Tour de las pequeñas cosas”, sintetizó Wiggins, que ha ganado (“he casi ganado, falta una etapa”, precisó) un partido que apenas se ha disputado por ausencia de rivales y que, como Indurain en 1991, su primer Tour, ganó las dos contrarreloj. El segundo, su compañero Chris Froome, el único que le podría haber hecho daño en la montaña (y también segundo en la última contrarreloj, como en la primera), terminó a 3m 21s; el tercero, Vincenzo Nibali, quien nunca dio muestras de pensar en la victoria, a 6m 19s. Diferencias que remiten al segundo Tour de Contador, cuando cerró el debate en la primera subida, a Verbier, a los Tours de Armstrong. Por pequeñas cosas se refería a los detalles, a cuidar la nutrición, a pesar el sudor, a cronometrar el sueño… “Atacar en puertos del 10% como hacía Pantani ahora es ya imposible”, dijo. “Ya no es realista aquel ciclista. Ahora las cosas son mucho más humanas, y no me importa que digan que son más aburridas, al menos son más creíbles”.

“Atacar en puertos del 10% como Pantani es imposible. Ya no es realista”

Debajo de la capa de aburrimiento, casi tan pesada como el plomo, impuesta por el Sky, el Tour también latió con vida. La que llevaron los jóvenes apenas veinteañeros, Sagan Pinot, Van Garderen… Los protagonistas del año próximo como hizo comprender Van Garderen, el equipier del último ganador, de Cadel Evans, quien con su maillot blanco de mejor joven dobló a su líder, al australiano que había salido tres minutos antes. Le seguían en el coche los directores del BMC, Ochowitz y Lelangue, quienes ni miraron a Evans al adelantarlo. “Mi mayor motivación este año fue la cara de satisfacción que tenía Evans el año pasado en el podio”, dijo Wiggins. “Quería sentir lo que él sentía. Sí, y también he pensado en lo que debía sentir al ser doblado”.

Luis León hizo su contrarreloj del año (“la cabeza, la cabeza”, repitió) y terminó tercero. Haimar Zubeldia adelantó a Evans en la general y terminó sexto y primer español.

 

Prólogo: Las variaciones Cancellara

Primera etapa: Los domingos generosos

Segunda etapa: Contra la melancolía, Cavendish

Tercera etapa: La construcción del personaje Sagan

Cuarta etapa: ¿Será Greipel el bosón de Higgs?

Quinta etapa: Y una montaña en San Quintín

Sexta etapa: Una guerra de guerrillas

Séptima etapa: El 'nuevo ciclismo' toma el poder

Octava etapa: Wiggins y sus 'enemigos'

Novena etapa: Wiggins, un Indurain muy locuaz

Décima etapa: Los maquis del Grand Colombier

Undécima etapa: Cuando el segundo es mejor que el primero

Duodécima etapa: Pedaleando en la luz

Decimotercera etapa: 14 de julio en Sète con Wiggins

Decimocuarta etapa: Luis León, la memoria genética y el instinto

Decimoquinta etapa: Una victoria sobre una garrapata

Decimosexta etapa: Wiggins, en su burbuja

Decimoséptima etapa: El derroche emotivo y Valverde

Decimoctava etapa: Silbando como un ‘Cavendish’, una bala

 

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