¿Será Greipel el bosón de Higgs?

El alemán se impone al sprint en una etapa marcada por la caída de Cavendish a tres kilómetros de meta y una escapada de 200 kilómetros

Cavendish observa las heridas producidas por la caída en la etapa de hoy
Cavendish observa las heridas producidas por la caída en la etapa de hoySTEPHANE MAHE (REUTERS)

En Ruán hay que comer fresas en el desayuno y cenar ostras con champagne. Las fresas normandas que cultivaba de chaval Jacques Anquetil en los campos de Quincampoix en las afueras de Ruán, junto al padre Sena; el champagne que bebía cuando campeón ciclista las noches de carrera. “Y una cerveza, tómate una cerveza”, apunta por teléfono desde lejos Julio Jiménez, que le quería mucho, como también le veneraba Luis Ocaña pues encarnaba la bondad, la generosidad y la modernidad transgresora. “Que a Jacques le gustaba tomarse una cerveza o dos durante las etapas, en vez de agua. Y los percebes también le gustaban, pero no había en Francia”.

Un día en Santander, después de comernos en el Rhin unos percebes con un vasito de blanco, Julio Jiménez, que corrió contra Anquetil, para Anquetil, con Anquetil —“y Anquetil corrió para mí: fue mi gregario en un Giro y a mí se me caía la cara de vergüenza, un hombre que había ganado cinco Tours esperándome cuando pinchaba o me cortaba…”—, Anquetil le dijo, Julio, tengo cáncer de estómago, me van a operar y dejarme un estómago pequeñito, pequeñito, ya no podré comer y beber a gusto. “Me lo dijo así de simple y me pareció como un niño pequeño”.

“Solo perdió un poco de piel”, tranquilizaron desde el Sky tras el golpe del británico

Era en 1985. A finales de 1987, en noviembre, hace 25 años moría el Mozart del ciclismo, una IBM, un avión a reacción, un alambique, como le definió su director, aún vivo en Clermont Ferrand, Raphaël Geminiani. “Estaba con el último de sus tres amores, su nuera Dominique [antes y contemporáneamente, habían estado, estaban, Jeanine y su hijastra, Annie], embarazada, y le tocaba la barriga y me dijo: ‘Solo espero ver nacer a mi hijo’. A eso llegó”.

Sin mostrar señales de respeto hacia el gran Anquetil —la máxima transgresión: el líder Cancellara no bebe del bidón sino, fino, agua San Pellegrini, ligeramente gaseada y burbujeante, pero no champagne—, y no con un hombre en solitario que sería el homenaje al maestro del esfuerzo en solitario y su joroba, a Ruán desde la costa, llevándole la contraria al Sena llegó el pelotón a media tarde. Llegaban tarde: unas horas antes un tipo en France Info ya narró los últimos kilómetros de la etapa, o eso parecía, o eso se entendía. Hablaba de aceleración, de una colisión de la que saldría, de la que sobreviviría, una partícula subatómica. La metáfora estaba clara, partícula subatómica en el pelotón de ahora solo hay una, o dos si nos ponemos así, o Cavendish con su casco amarillo de hormiga atómica o Peter Sagan, con su fuerza de aceleración atómica. Pasados unos minutos de perplejidad, pues era mediodía y el pelotón acababa de salir con sol y buen tiempo de Abbeville para recorrer la costa de Ópalo hasta la boca del Sena, el informador radiofónico precisó que era así como en el CERN había llegado a descubrir el bosón de Higgs, la partícula que cierra el puzle de las fuerzas de lo infinitamente pequeño entre quarks, leptones, electrones y fotones.

“Me encuentro con ganas de hacer un buen Tour”, asegura Luis León

Que no hablaba de la etapa del Tour quedó aún más claro por la tarde cuando, a menos de tres kilómetros de la meta, las partículas ciclistas, tras la fase de aceleración que colocó al pelotón (conjunto de fuerzas de todo tipo actuando sobre los ciclistas) a más de 60 por hora, de la colisión consiguiente no surgió imparable Cavendish, pobrecito, su arcoíris hecho unos zorros del rozamiento brusco con el asfalto rugoso y ardiente —“solo perdió un poco de piel", tranquilizó al mundo su jefe de prensa en el Sky—, sino una veintena con mayoría del Lotto que lanzó al éxito inevitable al fortísimo Andre Greipel, cuyas formas ciclistas más que a una partícula subatómica hacen recordar al eslabón perdido. ¿Será así, entonces, el bosón de Higgs?

Quienes no lo son, seguro, Luisle y Tony Martin, amigables compañeros mancos y amigos de la desaceleración que desde que se dañaron la muñeca el segundo día andan a cola con miedo en las frenadas para no entorpecer al pelotón. “Mañana me quitan ya la férula”, dijo el murciano sonriente siempre. “Este entrenamiento me está viniendo bien. Me encuentro con ganas de hacer un buen Tour”.

Prólogo: Las variaciones Cancellara

Primera etapa: Los domingos generosos

Segunda etapa: Contra la melancolía, Cavendish

Tercera etapa: La construcción del personaje Sagan

Sobre la firma

Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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