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Del Bosque y el cainismo

España es una marca futbolística con un manto social, por fin, como el resto de las selecciones, como el de sus más distinguidos clubes, aunque algunos sectores le niegan su parte al seleccionador

Del  Bosque en el partido contra Irlanda. Ampliar foto
Del Bosque en el partido contra Irlanda.

España es una marca futbolística y a su alrededor se respira hoy una grandeza impensable hasta hace muy poco en una selección con telarañas que solo destilaba pesimismo y un cierto cutrerío. Es otra, para disgusto en algunos ambientes donde se prefieren las ocurrencias cainitas que hagan ruido. A veces no se perdona el éxito y se bucea en el fango para mercadear con los fuegos artificiales, la bronca por la bronca. Lejos del debate reflexivo, que no exige prejuicios, sino el pensamiento propio, sin ombligos, partidismos, cuentas pendientes e intereses variopintos.

El último pagano ha sido Vicente del Bosque, custodio del triunfo de sus chicos desde la naturalidad y los buenos modales, pese ser artífice principal no solo del admirable juego y comportamiento del equipo, sino de lo que hoy trasciende a los podios: España cautiva por lo que expresa, en el campo y fuera, en sus fronteras y mucho más allá. Y, con o sin arietes, algún mérito tiene el entrenador, que acierta o se equivoca a partir de sus convicciones.

Para desazón de quienes se refugian en la aparente discrepancia futbolística para atizar el fuego contra quien no ha convocado o alineado a tal o cual, contra el que se niega a recoger alguna medalla de manos que quienes en su día le hicieron sentirse humillado, el eco que llega alrededor del equipo es bien distinto. Los corresponsales deportivos con más horas de vuelo no dan crédito a la marea organizada en torno a una selección que presentaba entre sus credenciales la invisibilidad de su hinchada, reducida a un bombo, un toro y algunos solistas despistados con el Viva España. Hoy, la selección tiene un manto social como el resto de los equipos, como el de sus más distinguidos clubes. Las miles de personas que estos días tiñen de rojo Gdansk, que requiere más de tres horas de vuelo y una escala intermedia, llegan desde todos los rincones: los nombres de Aranda de Duero, Lepe y Tudela, por ejemplo, se leían el jueves en las gradas del Arena. Es quizá la afición más carnavalera, con disfraces circenses, cánticos divertidos y siempre un guiño con la hinchada adversaria y la local. No es extraño que las gentes de Gdansk fundan su rojo con las de España. Por algo esta selección es la Brasil de Europa, la que más seduce en un deporte tan universal que cada dulce regate de Iniesta está a la vista de todo el planeta.

España ha logrado tener su propio 'club': se se mezclan culés, madridistas, béticos...

España ha logrado tener su propio fanclub, en el que se mezclan culés, madridistas, béticos, sevillistas, oviedistas y esportinguistas, por citar algunas identidades futboleras. Caben todos, por más que alejados de la calle proliferen con su sordina aquellos acostumbrados al quite y pon de entrenadores y jugadores, no a esos técnicos tolerantes que no discriminan a nadie, caso de Del Bosque. El entrenador suele ser la diana preferida. Del Bosque, hombre cabal, educado, amable, dialogante, sin discriminaciones mediáticas y con forro castellano para soportar el aluvión de críticas sin levantar la voz resulta el blanco perfecto. Nadie, por supuesto tampoco Del Bosque, está a salvo de las discrepancias ajenas. Pero el debate debería ceñirse a lo puramente futbolístico, puesto que así lo conduce él mismo, sin retrancas, manías o caprichos, sino con sus ideas por delante, con un razonamiento tan propio como limpio y encantado de discutirlas cuando no hay más que fútbol y solo fútbol por el medio. Y sin rasguños para el grupo, que convive en paz gracias, en buena medida, a su diplomacia y empeño conciliador, lo que no significa, ni mucho menos, una debilidad. El autoritarismo es cosa de otros, a los que no tienen más vías para sostener su mando. En el fútbol no es necesario el toque de queda, aunque a algunos les lleve a las portadas.

Los futbolistas ven en su seleccionador a un hombre justo. Del Bosque fue respetuoso al máximo con su antecesor, al que llevó en mano el honor del Príncipe de Asturias; esperó hasta el último instante a Torres cuando su presencia en Sudáfrica 2010 era dudosa por una lesión; respetó tanto la jerarquía del Niño como la de Villa, autodescartado para Polonia. Nunca ha puesto el acento en el fallo de alguno de los suyos. Lamentó en su interior que Silva quedara señalado tras apartarlo del duelo con Honduras siguiente a la derrota con Suiza en el Mundial africano y ya en esta Eurocopa hizo la mejor defensa posible del propio Torres, al que sus fallos ante Italia no le apartaron de la titularidad ante Irlanda. Ni se enfadó Torres, ni lo hizo Cesc. Tampoco Llorente o Negredo —ignorados en muchos foros, por cierto, del congreso nacional sobre si jugar o no con arietes—, que podrían plantear que su temporada ni muchísimo menos ha sido peor que la del ariete de Fuenlabrada. Todos han respondido de manera estupenda y todos se sienten parte de esta maravillosa aventura, con Torres en el pelotón de cabeza.

Cualquier debate sobre este equipo parte desde la excelencia de un grupo, jugadores, técnicos y personal del entorno, que, por lo general, lleva años con un comportamiento ejemplar, en el campo y fuera. Por eso seduce y tiene, como nunca feligreses por todos los lados. Y en Gdansk no hay opio. El fútbol solo rescata a sus gentes para un rato de felicidad. A la que contribuye gente como Del Bosque, por más que se empeñen en vedarle el éxito porque no es de los suyos, es de todos.

El autoritarismo es cosa de otros, a los que no tienen más vías para sostener su mando.