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UN AÑO SIN BALLESTEROS

Seve fue el quinto Beatle

Yo seguía a Nicklaus por el campo de Royal Birkdale, en el Open Británico, hasta que oí un murmullo: “¡Seve Ballesteros!”

Ballesteros, con el trofeo del British en 1979 Ampliar foto
Ballesteros, con el trofeo del British en 1979 AP

Yo, de pequeño, tuve dos ídolos, Muhammad Ali y Severiano Ballesteros, sin darme cuenta entonces de que los dos tenían algo en común: cambiaron sus respectivos deportes para siempre.

En el boxeo había unos señores dándose puñetazos. Llegó Ali y lo convirtió en arte con sus golpes y sus bailes. Hubo una interpretación del boxeo. Lo mismo sucedió con Ballesteros. El golf era un deporte inventado en Saint Andrews, en Escocia, en el siglo XV y que sería prohibido después hasta 1620 y sustituido por el tiro con arco y la esgrima. El golf era un deporte sedentario practicado por gente de mediana edad con un gusto sospechoso en el vestir: pantalones a cuadros y camisas de colores chillones. Entonces llegó este joven latino, este latin lover, con sus pasos exagerados y su manera de golpear la bola de izquierda a derecha, y lo cambió todo.

Irrumpió en el Open Británico en 1976. Tenía 19 años y quedó el segundo, tras el estadounidense Johnny Miller. Fui a verlo a Blackpool, cerca de Liverpool, al lado de casa. El Open se disputaba en el Royal Birkdale. Cumplo años el 12 de julio y mi padre me regaló cuatro días del campeonato más otro de prácticas. Yo seguía al norteamericano Jack Nicklaus e hice cierta amistad con él siguiéndole a todas partes hasta que, de pronto, oí un murmullo: “¡Seve Ballesteros, Seve Ballesteros...!”.

Seve estaba detrás de una duna en el hoyo 14 y fui hasta allí corriendo (entonces yo era un joven bastante atlético). Y allí estaba él, subiendo y bajando la duna, con los pantalones subidos hasta los codos, como le gustaba. La bola estaba a 120 metros del green, con una brisa del mar irlandés azotando el campo con fuerza. Cogió un hierro 5 y no apuntó al green, sino que golpeó contra el viento. La bola se abría y se abría y yo no la podía ver, pero oí un grito de entusiasmo como si hubiera llegado muy cerca de la bandera. Aquello era magia. El golf ya nunca iba a ser lo mismo para este joven inglés. Ni para nadie más.

Tres años después, Seve ganó el Open Británico en el campo del Royal Lytham y, en el último día, en el hoyo 16, la bola se fue al aparcamiento (no al del campo, sino a otro, como se encargaba Seve de recordar). Unos 15 minutos más tarde, después de que se hubieran movido algunos coches, mandó la bola por encima de la grada, hizo par y ganó el Open.

En 1980, Ballesteros fue el primer europeo que ganó el Masters de Augusta en un campo que para los jugadores de Estados Unidos era su jardín. Y transformó la Copa Ryder, que hasta entonces era un torneo entre los estadounidenses y los británicos. Hasta que Nicklaus habló con las autoridades y les dijo: “Dejen jugar a este chico, que es el mejor”. Al equipo británico se le unieron jugadores de Irlanda en 1973 y, posteriormente, también jugadores del resto de Europa a partir de 1979. Ballesteros ganó cinco veces la Ryder, la última en 1997, como capitán, en la mágica edición de Valderrama.

Ha habido golfistas que han ganado más que Ballesteros, pero nadie ha dejado su legado. Tiger Woods y Sergio García, por ejemplo, son casi atletas que han mandado la bola donde han querido. Pero ninguno ha tenido el swing de Seve. Ha sido un David Copperfield sin truco. Muchos han intentado imitarlo sin éxito. Todos quisieron jugar como él. Lo mismo sucedió con Ali: todos querían boxear como él, pero nadie lo consiguió.

En el Reino Unido, Seve lo fue todo. Hasta un sex symbol. Los dueños ponían su nombre a las mascotas. Fue considerado el quinto Beatle. Ahora que se cumple un año de su muerte, recordamos que su legado es grandioso. Ese chico nacido en Pedreña hace 55 años cambió el mundo.

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