EXTRAÑOS EN LA GRADA | JORDI SOLER

“En el exilio, el Barça era un acto de fe”

El escritor rememora su infancia en México como seguidor culé "metafísico"

Jordi Soler
Jordi SolerTOMÁS ONDARRA

Los muchos lectores que tiene Los rojos de ultramar, la extraordinaria novela vivida de Jordi Soler, saben que este nieto de exiliados que vivió la infancia en una selva de México, cerca de Veracruz, nació al fútbol también en aquel ambiente tan lejos del graderío. Una fotografía de Johan Cruyff y un autógrafo de El Holandés Volador que le envió una pariente desde la Barcelona en la que resucitaba el espíritu azulgrana le hizo ya, de forma absoluta, del Barça. Desde hace algunos años reside siempre cerca del Camp Nou, donde tiene su corazón y su mesa de escribir.

Nació “en medio de la selva, rodeado de las señas de identidad que preservaba la familia: la bandera republicana, los discos de Serrat, las novelas de Marsé y una pasión metafísica por el Barça”.

¿Metafísica? “Lo metafísico se debe a que amábamos a nuestro equipo sin haberlo visto nunca. La televisión, atrapada en aquella enorme masa vegetal, no captaba más que unos cuantos programas, nunca los de fútbol, y yo tuve que hacerme culé imaginándome los partidos a través de los resultados”.

Esos resultados se publicaban en el diario que había fundado un emigrante gallego. Incluía los resultados del fútbol español, lógicamente atrasados, como una deferencia a la familia Soler, que quería saber qué había hecho el Barça. “El gesto era entrañable, pero incompleto, pues publicaba exclusivamente el resultado del partido que jugaba el Barça, sin referente que nos indicara la posición del equipo en la tabla de clasificación”.

Era una devoción a ciegas, el graderío más extraño del mundo: una pasión que no tenía retorno, la afición por un equipo invisible que, además, carecía de contrarios... Por eso, dice Jordi Soler, “cuando ganamos la Liga de 1974, los culés metafísicos nos enteramos dos semanas después de que los culés físicos celebraban el triunfo en Canaletas”.

Ese Barça triunfante, y tan lejano, era el de Cruyff, Sotil, Rexach, Sadurní, Rifé, Asensi, Marcial... “Aquellos nombres se grabaron con fuego en mi memoria porque eran todo lo que tenía del Barça. Para mí, no había futbolistas detrás de esos nombres, no los había visto nunca. El Barça era un equipo formado de apellidos, un ejercicio de imaginación y, sobre todo, un acto de fe”.

¿Y cómo fue variando esa metafísica, cuando descubrió que la fantasía podía tocarse? “Cuando dejamos la selva para irnos a vivir al D. F., empecé paulatinamente a dejar de ser culé metafísico. Comencé a ver jugar al Barça de manera real porque toda mi niñez la había pasado imaginándome el juego. Con los años, mi relación con el equipo se fue normalizando y, cuando llegué a vivir a Barcelona, mi primo Xavier, que estaba al tanto de las carencias futbolísticas que había padecido en la infancia, me llevó al Camp Nou ¡a los 40 años de edad! La experiencia me dejó una sensación ambigua. Quizá se deba a una deformación propia de mi oficio, pero el ser culé físico que va al estadio a apoyar a su equipo me parece menos apasionante que el culé metafísico que fui”.

Después de todo, añade Jordi, “el espectador que ve el fútbol no hace más que sentarse a contemplar el juego y yo tenía que inventarlo todo en mi cabeza”.

Hubo, en ese tiempo de “culé metafísico”, un filamento de realidad: la foto de Cruyff. “Aquel vecino gallego que era dueño del periódico publicó un día la foto de El Holandés Volador, aquella en la que sale Cruyff metiendo un gol épico a Reina. Mi hermano y yo, emocionados con la primera evidencia gráfica de la existencia de nuestro equipo, enmarcamos la foto y la colgamos en nuestra habitación, con el increíble añadido de un autógrafo del mismo Cruyff que nos había enviado nuestra prima de Barcelona. Aquella composición se convirtió en una pieza mitológica en el pueblo donde vivíamos. Cada día aparecía alguien por nuestra casa, lleno de curiosidad, para ver el autógrafo del crack, aun cuando, en aquella selva, donde el deporte popular era el béisbol, casi nadie sabía quién era Johan Cruyff”.

En la casa de México, cuando ya eran adolescentes, aquella foto les dio “un aura mágica” a los hermanos Soler...

Ahí nació la pasión, heredada sin duda del exilio, pero macerada gracias a la curiosidad y a una fotografía. ¿Y ahora qué es el fútbol, tan cerca del objeto de esa pasión? ¿Una diversión, una patria? “Una diversión, por supuesto. Las patrias me ponen nervioso. Creo que en el fútbol todo se jode cuando se mezclan el juego y el patriotismo. Me molesta mucho el patriotismo catalán alrededor del Barça y el patriotismo español alrededor del Real Madrid. La escalada nacionalista que desamarran los dos equipos me parece peligrosa y, sobre todo, ridícula”.

¿Y en la grada cómo es Jordi Soler? “Acartonado. Desconfío de las multitudes. Quizá, por mi formación de culé solitario... Y hay partidos que prefiero ver solo, con mi mujer y mis hijos, que no se asustan cuando me echo a correr”.

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