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PLAY THE GAME, DÍA 1

Los indignados del fútbol y la Primavera Árabe

"Play the Game ha dado asilo a todos aquellos que quieren contar las historias menos escuchadas del deporte global, las historias que las instituciones y los corruptos querrían que nunca se contaran"

Especialistas de todo el mundo se están juntando esta semana en Colonia para iluminar las sombras del deporte. Es el 'Play the Game 2011' (Juega el juego, más o menos), la conferencia en la que los conferenciantes hablan de corrupción, de doping, de abuso del poder, del potencial también del deporte para ayudar a la transformación de la sociedad. Desde Colonia, el australiano Martin Hardie, colaborador de EL PAÍS, informará diariamente, comenzando hoy, de lo que le llame la atención.

En sus palabras de bienvenida, Jens Sejer Andersen, el organizador de la conferencia, habló del hecho de que hoy es fiesta en Alemania, que celebra la caída del Muro hace 12 años ya. Dijo también que Play the Game ha dado asilo a todos aquellos que quieren contar las historias menos escuchadas del deporte global, las historias que las instituciones y los corruptos querrían que nunca se contaran, las que les gustaría borrar. La imagen que quiso crear Sejer Andersen fue la de que la Conferencia era un lugar para que se reunieran los 'indignados' del mundo del deporte para escucharse unos a otros, para reflexionar y, eso sería magnífico, para movilizar a la sociedad.

Sejer Andersen nos recordó a todos que la lección de la caída del Muro de Berlín es que cuando los valores de un sistema se resquebrajan, cuando el pueblo pierde la fe en aquellos que gobiernan, el sistema puede desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Así quería referirse no solo a la Primavera Árabe y a los indignados de la crisis global, sino también a los indignados del deporte, a todos aquellos que han perdido la fe por el nepotismo y la corrupción del sistema.

Dopaje, apuestas amañadas, corrupción institucional, el mundo de los megaacontecimientos, todo ello figura en el programa de esta semana, cualquier asunto que alerte de la creciente separación entre los valores de la condición humana, de la sociedad, y su interpretación por parte de las corporaciones y otros en la economía global de gobierno en la sociedad del espectáculo.

Antes que académico, James Dorsey, de la Universidad tecnológica de Nanyang, en Singapur, fue periodista. Después de la intervención de Sejer Andersen él continuó agitando el tema del cambio social mediante la narración de una historia poco conocida de fútbol y revolución en el episodio egipcio de la Primavera Árabe. Dorsey comenzó su conferencia con el vídeo de un partido de fútbol egipcio, Al Zamalek contra Al Ahly. Un estadio, una multitud bañándose en un mar de banderas, fuegos artificiales y bengalas, acompañados de una banda sonora de música heavy y la letra "We cannot breathe" (no podemos respirar): la condición de aquellos que viven en un mundo en el que no se puede hablar. Dorsey habló de los ultras egipcios, que no se parecen en nada a los ultras europeos: grupos bien organizados, muy politizados con su desarrollada versión del anarquismo oriental y su papel en la reescritura del mapa del Oriente Próximo. Durante la pasada década, únicos lugares en los que los jóvenes árabes podían respirar un aire diferente al emanado del Estado era en la mezquita o en las bandas de un estadio de fútbol. Y la acción real, o eso parece, se desarrollaba en las gradas en forma de violencia entre los aficionados de clubes diferentes o entre los aficionados y las fuerzas policiales.

Este campo de batalla futbolístico y la experiencia y las lecciones extraídas de él fue lo que preparó a la juventud egipcia para la Primavera Árabe. Cuando el pueblo empezó a ocupar la plaza Tahrir, los ultras futbolísticos constituyeron uno de los tres elementos nucleares junto a las clases medias del Facebook y los Hermanos Musulmanes. Los Ultras eran los más organizados de entre ellos, los más experimentados, los más desarrollados. Ultras de equipos rivales lanzaron idénticos mensajes en Facebook: "Esto es lo que estábamos esperando".

Los Ultras fueron determinantes para, primero, que todos perdieran el miedo a protestar y, segundo, para que perdieran el miedo también a la violencia, para que todos se mantuvieran en la plaza a pesar de las amenazas del estado y de las milicias. Los Ultras organizaron también los servicios médicos, logísticos y de comunicación de la ocupación y animaron a otros a unirse a la revolución.

La FIFA, recalcó Dorsey, es y ha sido siempre cómplice de los dictadores de Oriente Medio y cuando, tras la revolución, se reanudó la Liga, nadie olvidó que ni los dirigentes futbolísticos, ni tampoco los futbolistas habían estado en Tahrir. Quizás, individualmente, algunos futbolistas simpatizaron con los ocupantes, pero tenían mucho que perder, pensaron, de los beneficios que les otorgaban sus patronos, las autoridades deportivas y las estatales, si se unían a la protesta. Y en el primer partido tras la caída de Mubarak, los ultras no desaprovecharon la oportunidad de recordar a los futbolistas su complicidad, y cantaron: "Estábamos allí por vosotros / ¿dónde estabais cuando os necesitábamos?"

La experiencia egipcia sugiere que la conexión entre los indignados de la plaza y los del deporte es más estrecha de lo que puede parecer. Los ultras egipcios ahora están interesados en otros asuntos, entre otras cosas en la corrupción en el deporte. Otro conferenciante en la jornada inaugural, Richard Pound, expresidente de la Agencia Mundial Antidopaje y miembro del Comité Olímpico Internacional, concluyó sus discursos resaltando, en relación a la fachada ruinosa del deporte moderno, que "es más tarde de lo que algunos en el deporte querrían admitir".

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