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Crónica:

El campeón de la fe

El Madrid gana su 30º título tras otra noche angustiosa, esta vez ante un exigente Mallorca y con Reyes como inesperado protagonista

El embrujo de Fabio Capello, la confianza de un vestuario que arrancó la temporada como un gremio de soledades, una conjugación astral o vaya usted a saber qué hechizo devolvieron al Madrid al trono de la Liga. Lo hizo a su manera, de forma apurada, al límite de sus fuerzas, en los últimos instantes, con protagonistas inesperados como Reyes, actor secundario durante toda la temporada.

Lo hizo a su manera, de forma apurada, al límite de sus fuerzas, en los últimos instantes, con protagonistas inesperados como Reyes, actor secundario durante toda la temporada. Como tantos otros de sus compañeros, muchos de los cuales tuvieron su momento de éxtasis. Y la suma de todos los momentos resucitó al Madrid. A falta de otras sutilezas, el equipo fue el campeón de la fe. No se rindió jamás, ni siquiera cuando se sintió en el pozo, azotado por todos los costados, desde el banquillo y desde el palco principal. Anoche, ante el Mallorca, tuvo que superar otra prueba exigente. Y cumplió. Sin alardes ofensivos, pero con la puntería justa. Sin la mejor trinchera defensiva -jamás Capello había ganado una Liga con 40 goles en contra-. Y tras soportar que durante 65 minutos el Barça, el máximo goleador del torneo y el menos goleado, fuera campeón.

Cuarenta segundos tardó el Mallorca en mostrar sus buenas intenciones. Lo que tardó Arango en rematar contra el poste izquierdo de Casillas. Un preludio de la noche de angustias que le esperaba a los fieles de Chamartín, que acudieron con confetis a una fiesta con la que empezaron a soñar hace apenas un mes y cuya espera se había demorado cuatro años. Demasiado para la entidad más premiada del universo, para un club que de vuelta a la tierra se puso en manos de un reputado fabricante de títulos, Fabio Capello. Una transición compleja incluso para este ilusionista italiano, que a base de rectificar una y mil veces había logrado remar hasta la orilla. El Madrid estaba a un dedo de su trigésimo título, pero su trayectoria hacia presagiar algún desvelo final. Al fin y al cabo el equipo había llegado al pie del trono de forma agónica, con mucha fe, poco fútbol y varias carambolas.

Del descuento al Barça, al margen de los despropósitos azulgrana, mucho había tenido que ver Van Nistelrooy, tan liberado como el resto del vestuario tras la marcha de Ronaldo. Emigrado el brasileño, en la caseta cuajó el discurso más capellista: el compromiso innegociable, la preponderancia del colectivo por encima de ilustres violinistas. El toque de corneta de Capello iluminó a Van Nistelrooy, al contrario que Ronaldo, un ariete que precisa del grupo para despuntar. Ante el Mallorca, el holandés se rompió en el peor momento, el día clave, y cuando el equipo de Manzano se había adelantado con un gol de Varela. Del Madrid no había huellas, como en tantos otros encuentros en el Bernabéu, pero el holandés siempre había acudido al rescate. Su lesión congeló a la hinchada madridista, que se vio al borde del precipicio y cargó contra Emerson y Diarra, merecidas dianas de sus protestas durante la temporada, y se desgañitó en favor de Guti. A falta del gran goleador y con el equipo en su línea del curso -tieso con la pelota, con Cannavaro a la deriva y poco activo ante la portería adversaria- el público quería encomendarse al fútbol, al juego bien trenzado e imaginativo. Tan escuálido estaba el equipo que Michel Salgado, exiliado desde hace meses, era el más notorio. Enfrente, el Mallorca tiraba de oficio y se enganchaba a Arango, estupendo toda la noche. Como en una asistencia magnífica a Varela, con 0-1, al que se le escapó el remate por un milímetro.

El Madrid no encontraba antídoto. Esta vez, ni siquiera Guti, relevo de Emerson, era capaz de pegar las líneas. Y, de repente, el Madrid, por arte de magia, volvió a ser el Madrid de esta temporada, y de la chistera salió el futbolista más inesperado: Reyes. En el Manzanares fue Cassano, en Huelva, Roberto Carlos, ante el Espanyol, Higuaín... Cada día un solo diferente. Pero nadie, ni los parroquianos más optimistas, tenían a Reyes en mente. Del andaluz no había noticias ni en los entrenamientos. El destino le tenía reservado el gran día.

Robinho e Higuaín se asociaron en el costado izquierdo de la portería de Moyà y la pelota llegó a la pierna de plomo de Reyes, la derecha. Más difícil todavía: su remate embocó en la red del Mallorca. El título más cerca. A un gol. Ya no estaba Beckham, que disimuló una lesión al ser retirado. Sin el inglés el Madrid perdía opciones en el juego parado, siempre la última solución que le queda a un equipo cuando se ve desesperado. Pero tras un córner lanzado por Higuaín remató Diarra, otro inesperado goleador. Su cabezazo fue desviado por Moyà, pero de nuevo la ruleta sonrió a Capello. El balón rebotó en Bassinas, que escoltaba el primer poste, y el Madrid glorificado. Reyes, en su particular cabalgata, cerró el campeonato y Chamartín recuperó la sonrisa que perdió hace cuatro años.