Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
ARTE

William Kentridge: “Soy un campesino que no quiere abandonar su pueblo”

Malabarista conceptual y maestro de la incertidumbre, el artista sudafricano protagoniza una exposición en Barcelona, que adelanta en esta visita guiada por su taller en Johanesburgo

El artista sudafricano William Kentridge, retratado en septiembre en su estudio de Johannesburgo. En vídeo, imágenes de su exposición en el CCCB.

Las curvas de una tuba abrazada a una butaca, una cámara de 16 milímetros en trípode de madera y una cafetera italiana dibujada en tiza en una pizarra sobre caballete. Entrar en el estudio de William Kentridge es como penetrar en una de sus animaciones. Hay esbozos y recortes, la escalera, el megáfono metálico, cónico e icónico, y muchos de estos objetos que, repitiéndose, borrándose y redibujándose, han convertido al artista sudafricano en uno de los referentes mundiales del arte contemporáneo actual. 

Ya hace tiempo que Kentridge es imprescindible. Le reclaman en Nueva York, Londres o Berlín, mientras el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona inaugura la próxima semana Lo que no está dibujado, ambiciosa exposición que estrenará, por primera vez fuera de Sudáfrica, su última pieza, City Deep, nuevo capítulo de su serie de animaciones Drawing for Projections. Pero la más esencial de las urbes sigue siendo la suya, Johanesburgo, “una ciudad que es una animación en sí misma, que se borra y se rehace a ella misma” y que es tanto el contexto como un personaje clave de su obra.

Una pared entera es de pizarra. Y, sujetos a la misma provisionalidad que el artista evoca en sus obras, en el encerado se avistan en tiza distintos deberes en letra ligada: “Ejercicio 1 – Autorretrato”, se lee. “Como no soy novelista, no tengo la capacidad de imaginarme a mí mismo en el pensar y sentir de otra gente. La perspectiva de las animaciones es básicamente la mía”, dice el artista. Kentridge ha aparecido uniformado con el mismo pantalón negro y camisa blanca con el que se representa en sus filmaciones —lo que refuerza aún más el extraño espejismo de sentirse dentro de una de ellas— y, zarandeando teatralmente los brazos, camina por el centro de su universo. 

Junto a ese “ejercicio” hay mediciones gráficas y un árbol con un 1955 en su raíz. Es el año en que Kentridge nació en una Sudáfrica racista por ley y en el seno de una familia judía, blanca y privilegiada de Johanesburgo. En este estudio-cubículo, colgado en un precioso jardín de un barrio acomodado, el invierno austral ya amaina y las flores lucen en todo su esplendor. Es el mismo jardín que le vio crecer, jugar, darse cuenta de la antinaturalidad del apartheid y después observar, pensar y crear. Una ventana verde y blanca, que lo enmarca como observador de las desigualdades, injusticias y racismo, pero también de la lucha, cambio y liberación que ha vivido su país. “Soy como un campesino que se resiste a abandonar su pueblo”, dice. Un lugareño que ahora vende dibujos a 5.000 euros y que está en la esfera de los 100 personajes más influyentes del arte en el mundo, según la lista anual de Art Review. En 2019, ocupaba el puesto 51º. 

El tapiz 'South Polar Regions' (2016), de William Kentridge, incluido en la exposición en el CCCB.
El tapiz 'South Polar Regions' (2016), de William Kentridge, incluido en la exposición en el CCCB.

Es desde este lugar y sobre este contexto que William Kentridge ha ido construyendo y deconstruyendo sus conceptos, reflexiones y contradicciones, y de donde surge y bebe su obra, incluida la serie Drawings for Projection. Usando el carboncillo, Kentridge arrancó esta serie en 1989, en vísperas de la caída del apartheid, con el cínico Johanesburgo, la segunda mejor ciudad después de París, sin sospechar que sus protagonistas Soho Eckstein, un poderoso constructor, y su alter ego, Felix Teitelbaum, le acompañarían durante más de tres décadas. Estos personajes, que han acabado navegando y representando la transformación política y social de Sudáfrica, así como emulando procesos de cambio universales, se le aparecieron “en un sueño” y son los seres cambiantes con los que Kentridge se adentra en las minas y su sistema de explotación, en el poder y sus consecuencias, en las revueltas y sus represiones.

A Kentridge le interesan los bordes, los matices y los rastros. Cuestiona el “conocimiento” y se decanta por la “creación de sentido”, rehúye la “amnesia social” como método saludable, a pesar de asumir el riesgo de que “las memorias traumáticas puedan llegar a paralizar” y sitúa en el podio de su arte conceptual el colonialismo, los símbolos y el poder, como huellas de este pasado que han dibujado el mundo en el que le ha tocado vivir. En City Deep, su nueva obra, Kentridge ha vuelto a las minas, esta vez retratando a los mineros informales que ya no sacan en masa el oro desde el subsuelo de Johanesburgo, sino que pican, desde la superficie, los restos de lo que ya se extrajo, símbolo de la decadencia de la industria minera, la que originó el nacimiento de Johanesburgo.

Las máquinas, ingenios del ser humano asociados con el progreso, son también para Kentridge una insignia del gran cambio en la civilización que ha marcado las desigualdades y la explotación global: el esclavismo, la colonización, el racismo, el abuso a gran escala. Y esa ambivalencia la tiene la cafetera. Es el filtro de una prensa francesa, ya en 1991, el que sale de su cilindro en Mina, uno de sus dibujos más conocidos, para bajar, como en un ascensor, de la comodidad del despacho de Soho a las profundidades bajo tierra donde los mineros cargan y descargan en masa. Ahora, en City Deep, un zama zama (o minero informal) desentierra una cafetera italiana. En el estudio, las hay en todos los muros. Son de tiza, carbón o pintura.

Kentridge se expresa con esculturas, con lienzos, con recortes y collages, y hasta se atreve con la ópera. Como sus ideas, su lenguaje trasciende fronteras y escapa de casillas, pero siempre fondea entre la crítica social, las referencias históricas y actuales, y una expansión de lo que sucede, que él desdibuja intentando desvelar las trampas. Y la música, como la cafetera o el megáfono, nunca deja de estar a su lado. La gigantesca instalación More Sweetly Play the Dance, que forma parte de la exposición del CCCB, es una danza fúnebre con protestas, un baile entre el futuro y el pasado, con orquesta y con tubas, máquina de escribir y árboles. Las sombras de esta procesión no pueden llevar a otra parte que no sea más incertidumbre. Pero en el camino, estas sombras, como la humanidad y como el propio Kentridge, se transforman, se rehacen y, sobre todo, intentan “dar sentido” a toda esta ambigüedad y complejidad que nos rodeó, nos rodea e inevitablemente siempre nos acompañará.