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SILLÓN DE OREJAS
Tribuna
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Sáltense esto si están angustiados

El mundo es ya un ámbito de “más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)” por la covid-19

Manuel Rodríguez Rivero
Anthony Hopkins, en 'Hannibal'.
Anthony Hopkins, en 'Hannibal'.

1. Tremendismos

Me quedé solo (bueno, un rato me acompañó Johnnie Walker) hasta las tantas de la madrugada para ver por la tele el debate entre el emperador y el aspirante, y los ulteriores comentarios de los todólogos estadounidenses. Zapeaba entre la CNN y la Fox, tal como suelo hacer, cuando hay debates en nuestra provincia imperial, entre las televisiones que reflejan las dos almas sin principios (fuera de los económicos) de Planeta —la que le pone la vela al diablo y la que lo hace a Dios—, para hacerme una idea aproximada de cómo latía por allí la opinión publica a través de sus intérpretes. Respecto a los dos rivales, el del burro y el del elefante, poco hay que decir: se gritaban y se interrumpían como los de aquí, mentían como los de aquí, se justificaban como los de aquí, aburrían como los de aquí. Como súbdito preocupado y provincial del Imperio, sigo quedándome con Bernie Sanders, que no se presenta: siempre me pasa lo mismo. En algún momento me vino a la cabeza la sentencia reaccionaria y pesimista del Qohelet (1, 8-10): “Lo que pasó, eso pasará; lo que sucedió, eso sucederá: nada hay nuevo bajo el sol. Si de algo se dice: ‘Mira, esto es nuevo’, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros”. Discutían los contendientes mientras, parafraseando a Dámaso Alonso en su libro más tremendista, el mundo es ya un ámbito de “más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)” por la covid-19, y el antropoceno puede convertirse en la última era geológica. Pienso, hablando de pesimistas, en esa generación de posguerra “del interior”, desilusionada, desgarrada y metafísica, representada poéticamente no solo por el grupo leonés de Espadaña (Crémer, De Nora, González de Lama), sino, con distinto talante, por Dámaso (Hijos de la ira, 1944), por Aleixandre (Sombra del paraíso, 1944), por el poco leído Fonollosa (La sombra de tu luz, 1945), por el deslumbrante Costafreda (Nuestra elegía, 1949), de quien no me resisto a transcribir dos versos que vienen mucho al caso: “Husos largos, fantasmas tristes de otro mundo, / por vosotros está el cielo cubierto de negrura”. Y perdonen la tristeza, que diría Vallejo; creo que voy a llamar otra vez a Johnnie Walker.

2. Cerdos

Veo en la tele la grotesca performance de los fanáticos de Torra lanzando entre las llamas cabezas de cerdo a los ­mossos. No sé lo que dirán al respecto los animalistas, pero la escena le habría encantado a Ridley Scott, que en su Hannibal (2001) homenajeaba a los cerdos antropófagos del millonario Mason Verger, empeñado en dar de comer a sus marranos las carnes del mismísimo Hannibal Lecter. Cirlot indica escuetamente en su estupendo Diccionario de símbolos (Siruela) que el cerdo simboliza los deseos impuros, la transformación de lo superior en inferior, “el abismamiento amoral en lo perverso”. Otros simbólogos y semiólogos afirman, por el contrario, que representa la fertilidad y la abundancia (en China, por ejemplo), pero también la voracidad y la ignorancia. ¿En qué quedamos, pues? ¿Qué quisieron decir los cedeerres? Quizás les haría falta lanzar las porcinas cabezas con un pequeño manual de instrucciones. No sé, para entender mejor su amarillo enfado. Mientras tanto, que pongan a sus cerdos a hozar, a ver si encuentran trufas republicanas.

3. Apocalipsis

En Una violencia indómita (Crítica), quizás la mejor y más seria síntesis del “corto siglo XX” (y los lugares y zozobras de la memoria histórica, de su recuperación y su utilización) que he leído en los últimos años, Julián Casanova hace una encendida defensa de la historia y del papel del historiador como “guía que estimula a leer y pensar críticamente”. En todo caso, la mayoría de la gente se interesa, más que por las interpretaciones y debates históricos, por la historia como espectáculo, por lo “oculto” en ella, por las pretendidas conspiraciones, por las anécdotas con morbo. Eso es lo que hace, y de forma amena (tengo el libro en el baño, y lo voy leyendo de vez en cuando), Dan Carlin (titular del famoso podcast Hardcore History, un periodista que se autodefine “friki de la historia”) en el compendio de historias apocalípticas de las que habla en El fin siempre está cerca (Debate), un entretenido panorama (“desde la edad del bronce hasta la era nuclear”) de catástrofes históricas de las que, de un modo u otro, podemos aprender.

4. Sueños

Si a pesar del consejo implícito en el título de este ceniciento Sillón de orejas, alguno de mis improbables lectores ha llegado hasta aquí, merece un respiro narrativo. Muy a tono con lo que se lleva (puesto) son las decadentes Historias de máscaras (Abada; edición de Alexandra Bouteaux y Luis Puelles), del decadente y parnasiano Jean Lorrain (1855-1906), uno de los personajes más escandalosos del París del fin de siècle, bohemio, homosexual liberado y promiscuo frecuentador de salones y suburbios. Los relatos reunidos aquí, lejos de la complacencia, hacen gala de una imaginería más cercana a Poe o a Huysmans y, por qué no, a Goya. Pero si de relatos se trata, recomiendo vivamente la antología Poder del sueño (Atalanta; traducción de Mauro Armiño), presentada y prologada por Roger Caillois (1913-1978), antiguo surrealista (Breton lo consideraba la “brújula” de su grupo) y posterior alumno de Marcel Mauss y Georges Dumézil. Obsesionado por las manifestaciones de lo sagrado (El hombre y lo sagrado está en el FCE) y por lo fantástico, Caillois reúne en esta antología sueños antiquísimos (egipcios, chinos) y modernos (Cortázar, Borges), incluido uno de Jean Lorrain que también figura en el mencionado libro de Abada. Caillois se explaya en su estupendo prólogo en su teoría acerca del misterio casi ontológico del sueño, de su poder y de su misterio. Un libro para disfrutar y pensar.

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