Peralta Ramos: patético y genial

Una biografía coral rescata la figura del artista argentino, un creador sin apenas obra, un "loco lindo" habitual de los cafés y 'boîtes' porteños, alucinado y diletante, pero también fundamental para entender los años sesenta

Federico Manuel Peralta Ramos, con la artista Marta Minujín.
Federico Manuel Peralta Ramos, con la artista Marta Minujín.

De pronto los argentinos se han enterado de lo que tienen. Además de un futbolista privilegiado y de un papa, está Federico Manuel Peralta Ramos, artista sin apenas obra que define —y parodia— la creatividad porteña (universal, por qué no) de los sesenta, cuando todo cambia del todo, aunque sea lo mismo que hace 500 años, a decir de Leonardo, la cosa mentale, pero en FMPR el arte está mucho más que pegado a un cerebro fuera de órbita, es la vida y la succiona como una chinche.

Para ser justos, habría que empezar por el final, aun a riesgo de condicionar una lectura limpia de esta biografía pasmosa, arrebatadora, oportunista, caradura. Su protagonista es el gordo aristocrático de ojos azules, el deambulador de Recoleta durante tres décadas, FMPR (1939-1992), un diletante muy poco dado a leer y mucho a hablar, gozador de siestas en casas ajenas y de prostíbulos, y que lanzó ácido a la cara de quien parece que fue su único amor, Sarita Seré, y se cuenta que luego ella decidió hacerse la cirugía estética para borrarse la cicatriz que le había dejado la quemazón, muriendo en la anestesia (una amiga íntima de FMPR, la artista Marta Minujín, dijo de oídas que no la había agredido sino que “se le había caído agua hirviendo encima”). Hoy se hila fino con los “puteros” y machos violentos, es cierto, por mucho que Plácido Domingo diga que los tiempos han cambiado y que los hombres, poderosos o no, se aliviaban más a gusto, sin notar el aliento del feminismo en el cogote.

El libro es un puzle circular de 165 piezas. 165 son los testimonios que reafirman y desmienten al artista

Oi, Tate, we have got a vendetta, where the fuck is Ana Mendieta? (eh, Tate, queremos venganza, ¿dónde diablos está Ana Mendieta?), fue el grito de protesta del colectivo Dóndeestá­anamendieta en las puertas de la Tate Modern, en 2016, que recordaba la impunidad tras el asesinato de la artista cubana en 1985, a manos, supuestamente, del marido, el también artista Carl Andre (llegada la hora del juicio, el veredicto del juez, y no de un jurado, fue de “no culpable”, después de que el mundo del arte se posicionara en bloque a favor de Andre), y exigía que la obra de Mendieta saliera de los depósitos del museo para ser exhibida en la colección permanente. No sabemos qué pasaría hoy si se desenterrase un caso parecido. En España, y en Argentina, la pancarta Stop glamourising violent men (dejen de glamourizar a los hombres violentos) sería —y es— una hoja al viento, una anécdota, Plácido.

Pues bien, por sesgado que sea ocupar este espacio de crítica para deplorar la conducta de un determinado personaje (no cabe en todos los juzgados del mundo el milenario agravio, aún vigente, hacia las mujeres), también lo es que todas las reseñas escritas hasta ahora de la biografía de Peralta Ramos pasan la relación de Federico y sus mujeres como peculiaridades del personaje.

Del infinito al bife es un puzle circu­lar de 165 piezas, porque 165 son los testimonios que reafirman y desmienten al artista. El rompecabezas tiene un agujero muy lacaniano en el centro, lo que hace de este libro un deliberado malentendido, mérito del escritor y performer Esteban Feune de Colombi, inteligentísimo bife del infinito FMPR que se autodefinía como “un pedazo de atmósfera”. El título está tomado de un proyecto de libro del propio biografiado y se refiere a un tipo de clasificación de personas, pues no hay buenas y malas sino infinitas, espirituales, y bife, terrenales. También alude a una forma de pensar el mundo, el arco en el que el artista se movió, entre lo concreto y lo abstracto, entre lo intelectual y lo banal, la vida, en fin, con el deseo repartido entre los amigos y la soledad del ser ávido del afecto de prostitutas y contorsionistas. Bebedor y abstemio por fases, como una montaña rusa, bulímico y astringente, inventó el arte de la dieta, el adelgaz-art, y la religión gánica (hacer lo que a uno le dé la gana).

Esta biografía elusiva de un hombre, por lo demás, literal, que apenas viajó y que se movía en las largas distancias entre su cuerpo y su mente, es la historia de un gran talento liberado de los engranajes de la promoción artística pero (super)valorado por los amigos y no menos por él mismo, aunque era capaz de mantener la propia medida para poder interpretarse de forma convincente en las calles de la Recoleta, en el Florida Garden, en boîtes y platós de televisión, en performances e instalaciones en el Di Tella, en la Galería del Este y la Witcomb y en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

Diagnosticado por su médico como “psicodiferente” —una forma de blindarle de la crueldad del sistema, pues en verdad era un esquizo—, arropado como estaba, además, por su clase social (tataranieto del fundador de la ciudad de Mar de Plata y, hoy sabemos, familiar de la marquesa de Casa Fuerte, la periodista y diputada del Partido Popular Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta Ramos), jugaba al polo, fue estudiante de Arquitectura, como su padre, no terminó la carrera y decidió que no sabía ser otra cosa más que hijo, “un niño gigante en la época de los porqués”. Siempre vivió con sus padres y falleció de un infarto al poco de morir éstos. Se llama “lealtad de duelo”.

Solía regalar ocurrencias y unirse a celebridades, vedettes y artistas (Pedro Roth, Antonio Greco, Antonio Berni, Marta Minujín). Realizó obras sin precio, chapuzas de perturbado genial, escribía aforismos en servilletas y sacaba petróleo de lo que encontraba a mano, era un apropiacionista, también se dejaba robar. Hacía pinturas que goteaban (“caminaban”, decía), ganó una beca Guggenheim en 1968 y se gastó los dineros en un banquete con los amigos (“Leonardo pintó La última cena, yo la di”). No sabemos cuáles son sus méritos reales, ni siquiera este libro los desvela. Mejor, porque el riesgo es que lo que él nunca persiguió —el dinero, la fama— le convierte en carne/bife de mercado.

FMPR fue antes que infinito, un hombre inadecuado. No le hagan, por favor, la correcta retrospectiva de su obra. Este libro es un lejano epílogo de lo que no hizo y vale su peso en oro.

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Autor: Esteban Feune de Colombi.


Editorial: Caja Negra Editora, 2019.


Formato: (tapa blanda 221 páginas, 15 euros).


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