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Un acuerdo perfecto con el mundo

Un volumen reúne todos los cuentos que el autor brasileño Raduan Nassar alcanzó a escribir antes de abandonar la literatura en 1984 para dedicarse a la agricultura

El escritor Raduan Nassar, en 1997. Ampliar foto
El escritor Raduan Nassar, en 1997.

Raduan Nassar tenía 48 años cuando, en 1984, anunció que dejaba de escribir para convertirse en agricultor; Clarice Lispector había muerto siete años antes, en 1977, y Brasil se quedaba así en un periodo relativamente corto de tiempo sin dos de sus más grandes escritores. No era la primera de sus renuncias: en 1973 el escritor, nacido en el Estado de São Paulo en 1935, ya había abandonado su puesto en el periódico de izquierda en el que trabajaba, por diferencias insalvables con la dirección (su hermano mayor, básicamente), se había encerrado durante un año en su apartamento y (“llorando todo el rato”, como afirmó) había escrito su primera novela, Labranza arcaica, la historia de un joven que escapa del padre y de un delito y al que su hermano mayor convence de regresar a la hacienda familiar sólo para agregar involuntariamente filicidio al incesto.

Al igual que su narrador, que alcanzaba la santidad a través de la abyección, los personajes de Labranza arcaica estaban “oscuros por dentro”, enloquecidos y paralizados por lo que, en un raro momento de lucidez, el narrador describía como “la voluptuosidad religiosa” y la distancia existente entre la rigidez de la ley impuesta por el padre y las realidades del cuerpo y del deseo; en esa distancia, germina “la planta más improbable, cierto hongo, cierta flor venenosa, que brota con virulencia rompiendo el musgo de los textos de los mayores”, afirmaba el narrador.

Labranza arcaica fue publicada en 1975 y obtuvo los premios más importantes; tres años después, Nassar publicó Un vaso de cólera, una novela escrita en 1970, en la que un hombre y su amante, una joven periodista, se enzarzan con igual pasión en el sexo y en una escalada verbal cuya carencia de fundamento hace pensar que podría tratarse de un juego entre los dos, una manera de vincular la humillación y el deseo en “un virulento vértigo de ternura”.

Un vaso de cólera fue celebrada por todo lo alto, y su autor, puesto a la altura de Lispector y de João Guimarães Rosa; Carmen Balcells intentó sumarlo al boom al que tanto había contribuido y fue invitado a hablar en La Sorbona. Nueve años después anunciaba que dejaba de escribir, compraba unas 6.000 hectáreas y se ponía a cultivar la tierra.

No hay muchas maneras de comenzar a ser escritor, pero hay unas cuantas formas de dejar de serlo, casi todas motivadas por el hartazgo, la precariedad o el agotamiento de materiales, pero la renuncia a la escritura por parte de Nassar parece haber tenido razones más profundas y, aunque sorprendió a algunos, es consecuente con su mundo narrativo, en el que nacer es ya caer, y hablar es condenarse: en Labranza arcaica, por ejemplo, la desgracia no se abría paso a través del incesto, sino de los sermones del padre y las posibilidades que estos permitían vislumbrar en aquello que condenaban; en Un vaso de cólera, por otra parte, el arrebato verbal del narrador tenía tanto de ironía como de constatación de que, como este sostenía, “las palabras, impregnadas de valores, cada una, traían (…) en sus entrañas, un pecado original”.

Nassar otorga a sus personajes ideas singulares y poderosas que estos sueltan a borbotones; de hecho, la mayor parte de sus textos se compone de secciones de distinta extensión en las que el punto y coma reemplaza al punto: sus personajes, simplemente, hablan hasta que ya no pueden más, y ese “no poder más” es el rasgo más característico de su psicología.

Nada de su locuacidad se contagia, sin embargo, a los relatos de Una niña en camino, publicados originalmente en 1997. Un tercio del volumen se lo lleva el cuento que le da título, en el que una niña que recorre un pueblo es testigo de humillaciones, disputas políticas y alcoholismo, roba en un establecimiento y es responsable indirecta de una golpiza a su madre, tras lo cual se explora el sexo, con lo que “el camino” al que se hace referencia adquiere un significado distinto y más complejo. Otro (‘El viejo’) gira en torno a la inminencia de un crimen mafioso en una casa de huéspedes. En el último (‘Crisantemos’), una mujer es testigo de un hecho luctuoso (¿una violación?, ¿un incesto?) sobre el que no puede echar ninguna luz. En uno más (‘El vientre seco’), el narrador rompe con su amante con una carta descarnada en la que explica sus motivos, entre los cuales puede encontrarse o no “la vieja de ahí al lado”, cierta (en palabras de la amante) “momia resabiada”, “saco de huesos” y “semilla senil” más próxima al narrador de lo que podría parecer.

Escritos desde 1958 y (al parecer) hasta 1984, ninguno de estos cuentos vuelve sobre el lenguaje lírico de resonancias bíblicas de las novelas anteriores; aunque sus editores hablan de “hiperrealismo”, lo cierto es que estos son cuentos en la tradición de cierto naturalismo muy alejado del realismo no mimético de las novelas. Una vez más, Nassar escribe aquí sobre “los desahuciados sin esperanza, los que gritan de ardor, de sed y soledad, los que no son superfluos en sus gemidos”, sobre los que hace caer alternativamente “la pesada risa de escarnio” de la que habla el narrador de Labranza arcaica y “el cinismo de los grandes indiferentes” al que se refiere el de Un vaso de cólera, pero lo hace con un laconismo que se encuentra en las antípodas del lenguaje de las novelas anteriores, como si Nassar, quien en 2011 donó sus tierras a la Universidad Federal de San Carlos a condición de que esta crease en ellas un campus para mejorar el acceso a la educación de la población rural y se retiró de la producción agraria (sin por ello regresar a la literatura, al parecer), hubiese, como dice uno de los narradores de estos cuentos, haber llegado a “un acuerdo perfecto con el mundo: a cambio de su ruido le entrego mi silencio”.

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Autor: Raduan Nassar.

Traducción: Elena Losada.

Editorial: Sexto Piso, 2020.

Formato: tapa blanda (96 páginas, 15 euros).

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