Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Basura contante y sonante

Desde el primer ‘collage’, en 1912, artistas de todas las culturas han utilizado materiales de desecho como ‘lingua franca’ y herramienta crítica

'Second Wave' (2019), fragmento de la instalación de El Anatsui en la fachada del Haus der Kunst. Ampliar foto
'Second Wave' (2019), fragmento de la instalación de El Anatsui en la fachada del Haus der Kunst.

Entre Naturaleza muerta con silla trenzada (1912), de Picasso, y la actual instalación Second Wave, de El Anatsui, se pueden aprender todas las lecciones vanguardistas, modernas y posmodernas, con una única prosa común: el uso de materiales y objetos pobres, apartados, olvidados y después reivindicados. El bodegón de Picasso fue el primer collage de la historia, una pequeña pintura con forma ovalada que entremezcla fragmentos de objetos cotidianos, como la boquilla de una pipa, una copa, un trozo de periódico y un cuchillo sobre una tela que imita la rejilla de una silla. La otra pieza mencionada está en la fachada del Haus der Kunst de Múnich y anuncia la retrospectiva Triumphant Scale, del reconocido artista ghanés afincado en Nigeria (1944). La obra de este global star del arte contemporáneo tiene unas dimensiones colosales: es tan grande como un campo de fútbol y fue confeccionada con enormes trozos de lona blanca que conforman un mosaico al que se adhieren páginas de revistas, tubos de cartón, pintura, unidos a su vez mediante bandas hechas con chapas de aluminio.

Picasso nunca quiso desprenderse de su humilde collage y hoy forma parte de las colecciones del Museo Picasso de París como piedra rosetta del cubismo sintético. Le divertía acumular cosas inservibles, como partes de instrumentos musicales, manteles con flecos y planchas de zinc. Quería pintar, no esculpir, con los restos de vida que iba encontrando en mercadillos y en los talleres de sus amigos artistas. Con Anatsui, en cambio, los tapices hechos de tapones y chapas metálicas aplastadas, perforadas y ensambladas con hilo de cobre, son el resultado de miles de horas de trabajo repetitivo de los trabajadores de su estudio. Este pope del arte africano, cuya obra arrasa en todas las bienales posibles, es profesor de la Universidad de Nsukka (Nigeria) desde 1976. Explica que su labor se parece a la de cualquier director de un taller de tejidos kente. Y es verdad, pero con la diferencia de que las elegantes telas típicas de la excolonia británica jamás alcanzan las dimensiones de una carpa de circo ni se venderán en subastas por millones de euros. El Anatsui crea el dibujo a partir del cual sus asistentes confeccionan el patchwork usando los trozos de aluminio, manipulados, “cosidos”, del que resultarán coloridos murales con forma de mapas imaginarios, con sus simas e himalayas, cortinajes y laberintos que caen del techo como lluvia sobre un campo estéril, o radiantes pepitas que parecen salidas de la cornucopia de un gigante. Lo que antes habían sido detritos alcohólicos ahora tienen el efecto magnético de una calavera forrada de diamantes, con el peso de la idea de la muerte y la levedad de la riqueza.

Los grandes tapices del ghanés El Anatsui están hechos con los detritos de las destilerías de los colonos europeos

Explica el ghanés que se topó con su “manantial” hace unos 20 años, vagando por las calles de Nsukka. Dentro de una bolsa de basura alguien había acumulado miles de tapones de un licor fabricado localmente. Tuvo una revelación: “Es el material perfecto, listo para usar y con una gran carga cultural”. Las roscas provenían de las destilerías instaladas con la llegada de los colonos europeos que propiciaron el comercio transatlántico de esclavos. Tras el hallazgo, el artista abandonó los materiales con los que solía trabajar, arcilla y madera, y se dispuso a ensamblar chapas él mismo, formando cuadrados, círculos, rosetas y tiras, hasta conseguir tapices que forman arrugas o montículos, con títulos que apuntan al ecocidio del planeta: Earth’ s Skin, Ozone Layer, Rising Sea.

Todos esos empresarios que donan una pequeña parte de su fortuna para la reconstrucción de iglesias católicas tienen en sus mansiones un mosaico suyo. A medida que la demanda crece, Anatsui parece querer marcarse el reto de hacerlos más y más grandes, y entonces matiza que “cuanto mayores, más ligeros. Voy hacia la flotabilidad”. Publicitariamente, colman las expectativas de los directores de museos, que los despliegan en las salas como cortes geológicos con vida. Tienen un aura que supera el efectismo de una instalación de realidad virtual y la atracción del objeto caído, despreciado y devuelto a la vida, celestialmente. Otro plus es su portabilidad. Una vez descolgados, los tapices se pueden replegar capa sobre capa y guardar en una maleta.

'Gbeze' (1979), de El Anatsui. ampliar foto
'Gbeze' (1979), de El Anatsui. Jack Shainman Gallery

Otro reciclador, el congolés ­Bodys Isek Kingelez (1948-2015), también empleó material pobre o estropeado en sus “ciudades ensoñadas”, “reflejo –decía– de los sueños de mi país, mi continente y también del mundo”. Encerrado en su pequeño estudio de Kinshasa, dio nueva vida a plásticos, latas de soda y juguetes inservibles. En 2018, el MOMA le dedicó una retrospectiva con 30 extreme maquettes, modelos utópicos de una sociedad armoniosa con los que vindicó el poder rehabilitador de la arquitectura.

El árbol genealógico del reciclado artístico es centenario y alcanza otros bosques, como el diseño. Hay quien podría ver en la escultura Tête de taureau (1942), de Picasso —un sillín y el manillar de una bicicleta ensamblados—, el perchero de sus sueños. Los dadaístas (Duchamp, Schwitters) y surrealistas (Oppenheim) reanimaron el arte con sus objetos encontrados; y los povera y nuevos realistas los usaron como crítica a la cultura del consumo. Rauschenberg empleó desechos para sus combine. Y más recientemente, los falsos artefactos de los indios americanos han consagrado al estadounidense Jimmie Durham, que recogerá el León de Oro de la próxima Bienal de Venecia, este mes de mayo.

Entre tantos espigadores, hay una espigadora que emociona mucho más y que no llega de la recolonizada África sino de la comunidad de Cateura, en la paraguaya Asunción, donde Favio Chávez dirige la agrupación musical de instrumentos reciclados —o prociclados— hechos con basura del vertedero más grande del país. Esta orquesta, que acoge a jóvenes en riesgo de exclusión social, transforma la basura en un intangible mucho más ligero y resonante que todos los mosaicos blandos de Anatsui. Porque el mundo les envía basura, ellos le responden con música.

Triumphant Scale. El Anatsui. Haus der Kunst. Múnich. Hasta el 28 de julio. La retrospectiva viajará al Guggenheim Bilbao en 2020.