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ANÁLISIS i

¿Y si el alma rusa estuviera... en Kiev?

Horowitz, Gilels, Richter, Prokofiev, Oistraj y hasta Nijinski engrosan la cantera de Ucrania

Serguei Prokofiev. Ampliar foto
Serguei Prokofiev.

Por muy llamativo que resulte, podría afirmarse que Horowitz no ha sido el mejor pianista ruso del siglo XX. Ni Gilels ni Richter. Tampoco se le puede atribuir una posición hegemónica a David Óistraj ni a Milstein. No, no fueron los mejores violinistas rusos de la centuria. Ni siquiera Nijinski fue el mejor bailarín en la alborada del siglo XX. Ni Gogol fue una cima de la literatura rusa, como tampoco Bulgakov. Menos aún Malevich merece el título de coloso de la pintura rusa, aunque su obra representara la sublimación del suprematismo.

Y la razón no estriba en eludir sus méritos, sino en remarcar su patria originaria. Porque no fue Rusia. Fue Ucrania. Una lista imponente de talentos que nacieron en Kiev o en Odesa. O en Donetsk, territorio expuesto actualmente a un proceso de separatismo y cuna del nacimiento de Serguéi Prokofiev, cuyos vaivenes en la cultura musical soviética se resintieron de una desgracia absoluta: murió el mismo día que Stalin y nadie llegó a enterarse hasta transcurridas unas semanas de la defunción.

El propio Stalin tampoco era ruso, ni ucraniano, sino georgiano, pero los pormenores de su genocidio evitan la tentación de rehabilitarlo con orgullo. Diferente es el caso de los artistas, sometidos a un proceso de reivindicación patriótica que aspira a establecer distancias con la propaganda rusa. Ocurre en Letonia con el tótem de Serguéi Einsenstein. Hemos asumido que se trata de una gloria rusa cuando nació en Riga, como reclama el país báltico ahora que las tensiones se han exacerbado.

Las dimensiones de la “diáspora”, por tanto, demuestra hasta qué extremo el proceso de desmembramiento de la URSS ha comportado un replanteamiento del patrimonio cultural ruso contemporáneo.

Había una cultura soviética con afán integrador y criterio hegemónico en los raíles de la propaganda y del realismo socialista -doctrina homogénea y restrictiva del estalinismo-, pero el proceso independentista -incruento en unos casos, cruento en otros- ha precipitado una fuerza centrífuga a expensas de la identidad originaria. Todos los rusos eran soviéticos, pero no todos los soviéticos eran rusos, como recuerda el panteón ucraniano.

Vladmir Horowitz nació en Kiev en 1903, en los confines del imperio ruso. Y terminó siendo norteamericano. Emil Gilels vino al mundo en 1916, un año antes de la Revolución. Y lo hizo en Odesa. Que terminó formando parte de la Unión Soviética. Que ahora forma parte de Ucrania. Y que podría volver a formar parte Rusia, más o menos como el plan anexionista secreto de Putin consistiera no tanto en anexionarse territorios como secuestrar pianistas.

Pertenece a la misma familia de monstruos otro caso que hemos asumido inequívoco de la escuela rusa. Nos referimos a Sviatoslav Richter. Nació en Zhytomyr un año antes de Gilels (1915), resultando que Zhytomyr se encuentra el oeste de Kiev, todavía a muchos kilómetros de los soldados infiltrados por Putin en su epidemia colonialista.

Suele decirse que hay en Rusia dos escuelas de piano. Los moscovitas, que tocan con los pies, en alusión a la resonancia corpulenta de los pedales, y los petersburgueses, que tocan con las manos en alarde de orfebrería, sin descuidar la vista del teclado.

Los casos de Horowitz, Gilels y Richter prueban que existe una tercera categoría. Y quien dice categoría dice dimensión, toda vez que los tres monstruos tocaban con los pies y con las manos…

Tiene interés esta reivindicación de las glorias del teclado ucranianas porque despeja la equivalencia asumida entre lo soviético con lo ruso. El coloso del Estado de la CCCP desdibujaba las diferencias y exaltaba las conexiones -que existían, obviamente-, pero el proceso de descentralización y de independencia que sobrevino después de la caída del muro ha puesto toda clase de matices a la homogeneidad cultural.

Y no sólo en los casos más evidentes del Báltico, sino en otras repúblicas “sometidas” a Moscú y suministradora de grandes talentos a la propaganda cultural y musical. Se tercia el ejemplo colosal de… Serguéi Prokófiev. No se concibe su vida artística sin las relaciones con San Petersburgo y Moscú, pero su partida de nacimiento demuestra que nació en el Óblast de Donetsk. Que es Ucrania. Y que podría dejar de serlo si prosperan los movimientos secesionistas coreografiados desde el Kremlin.

Georgia formó parte de ellos, amenazándose implícitamente la filiación patriótica de Aram Jachaturian, cuyos apellidos y raíces armenios se contradicen con su nacimiento en Tiflis (1903).

Dudamos que a Putin le muevan intereses de propaganda cultural en su política territorial imperial. En tal caso podrían “asimiliar” a ucranianos tan insignes como Bulgakov y Malevich, amén de Mayakovski, que era georgiano, o de Serguéi Eisenstein, cuyo nacimiento en Riga, ya hemos visto, convierte a Letonia en una potencia cinematográfica “desconocida”. Y musical también, gracias al pasaporte de Andris Nelsons, probablemente el director de orquesta más interesante de las nuevas generaciones.

Podría llegar a concluirse que Rusia no aportó ningún talento destacable a la historia del la música. Es una provocación que se desvanece en el contacto con Mussorgsky, Tchaikovsky, Shostakovich y Stravinsky -¡vaya tetramorfos!-, pero recurrimos a ella, a la provocación, para abundar en la corpulenta lista de los “artistas soviéticos” que no eran rusos. Y que no lo son tampoco ahora, si es que Vladimir Putin no persevera en sus ambiciones expansionistas. Que ahora también comprenden la colonización de la Luna.

No es una broma. La propaganda moscovita ha puesto en órbita el proyecto de una estación permanente en el satélite en 2030 que embriaga la melancolía de Pierrot, pero no divaguemos. Centrémonos en otros músicos genuinamente ucranianos que tenemos asumidos como rusos.

¿Que les parece el caso de Igor Óistraj? Podrá objetarse que el maestro no forma parte de los mayores violinistas o violistas de la Historia, pero resulta que su padre, David, también nació en Odesa. Como ocurrió con el monstruo de Nathan Milstein.

Es decir, que los principales violinistas del siglo XX forman parte del espacio “off limits” de la actual Rusia, por mucho que el Óitstraj se educará en Moscú y fuera enterrado también allí, en el cementerio de Novodevichi, entre cuyos ilustres también figuran el escritor Nicolai Gogol que era… ucraniano y Mstislav Rostropovich. Que no lo era, ucraniano, pero cuyo nacimiento aconteció muy lejos de Moscú, en Bakú, capital de Azerbaiyán.

Quiere decirse que el desmembramiento de la CCCP ha traído consigo una especie de diáspora póstuma de artistas ilustres. Muchos de ellos músicos. Varios, como Gregor Piatigorsky, ucranianos. Y algunos tan importantes, tanto, como Jascha Heifetz, cuya intensa relación con la vida artística de San Petersburgo no contradice que naciera y creciera en Vilna, capital de Lituania, amén de adoptar la nacionalidad nortemericana como repulsa al Holocausto y como emblema beligerante respecto a la dictadura soviética.

Tuvieron muchos problemas, claro, los músicos judíos, pero no tanto los oriundos de las repúblicas que prosperaban en el mundo de las artes, precisamente porque los músicos, como los bailarines, los dramaturgos, los cineastas, formaban parte de los privilegiados. Y participaban acaso de una rivalidad encubierta, cuando no explícita, entre Moscú y San Petersburgo.

La ciudad del Neva fue un eje de los músicos bálticos. De hecho, el gran maestro letón Mariss Jansons se forjó en el conservatorio petersburgués. O de Leningrado, pues tanto sus estudios principales como su condición de asociado a la orquesta de Mravinsky -éste si era ruso- se produjo mucho antes de que pudiera atisbarse el menor síntoma de la perestroika.

Y empieza aquí a desglosarse una interesante y fornida nómina de músicos bálticos que muchos melómanos tienen o tenemos aceptados como prodigiosamente rusos. Nos referimos Mischa Maisky y a Gidon Kremer, aunque urge regresar al conciliábulo ucraniano por la actualidad del conflicto y por la envergadura de sus artistas. Anoten: Igor Markevitch, Jacha Horenstein, Leonid Kogan y un bailarín llamado, por lo visto, Nijinsky. Que nació en Kiev, murió en Londres y fue enterrado en París.

Puede que Putin no lo sepa. Que no sepa que era ucraniano. Y que repose en el cementerio de Montmartre, pero también existe la posibilidad en su propio delirio expansionista y propagandista reclame la exhumación de los artistas del pueblo, forzando uno de sus aforismos más celebres: “Quien echa de menos la Unión Soviética tiene corazón pero no tiene cabeza”.

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