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IDA Y VUELTA COLUMNA i

Ciudad de almas perdidas

Ningún lugar aparece tanto en el cine como Nueva York, pero pocos directores la han retratado tan bien como Marielle Heller

Melissa McCarthy y Richard E. Grant, en una escena de '¿Podrás perdonarme algún día?', de Marielle Heller. Ampliar foto
Melissa McCarthy y Richard E. Grant, en una escena de '¿Podrás perdonarme algún día?', de Marielle Heller. FOX

Hay retratos exactos; retratos de ciudades igual que de personas. Quien no conoce el original admira la verosimilitud y siente en la imaginación el estremecimiento de una presencia cierta. Quien conoce bien el modelo y está en condiciones de comparar se asombra de la precisión del parecido, confirmado por detalles mínimos y sutiles que no pudieron ser inventados porque constituyen la médula misma de lo real. La paradoja del retrato es que, ateniéndose a la superficie de lo que ven los ojos, alumbra lo profundo y deja intuir lo secreto. La cara es el espejo del alma. Uno mira la cara en el retrato, o la ciudad en una narración, en una película, en una serie de fotografías, y puede decir, como señalando con el dedo: “Es así”.

Yo he tenido esa sensación viendo una película, Can You Ever Forgive Me?, de Marielle Heller (estrenada en 2018, en España como¿Podrás perdonarme algún día?). Nueva York es así. Exactamente así, como se ve y se entrevé en esas imágenes. Ninguna otra ciudad aparece con tanta frecuencia en el cine, y sin embargo es raro que quien la conoce con cierta profundidad la reconozca en la mayor parte de las películas que suceden en ella. Lo que antes difundieron las postales y ahora muestran los selfis, detrás de los primeros planos de las caras de sus protagonistas, se parece bastante no a la realidad, sino a aquel espejismo tan bien fotografiado que retrató Woody Allen en Manhattan. Para bien y para mal, Nueva York es otra cosa, y quien quiera asomarse a ella hará bien en prestar atención a esta película: a los personajes principales y a cada uno de los secundarios, a las calles por las que caminan, a los apartamentos en los que viven, a las cafeterías de medio pelo y a los bares tenebrosos en los que beben. La historia se sitúa en 1991, y muchas cosas que existían entonces ya han desaparecido o se han vuelto mucho más raras que entonces. Pero lo desaparecido permite apreciar mejor lo que perdura, y la distancia temporal contiene una lección poderosa sobre el sentido de los cambios de todos estos años. Ahora sería mucho más difícil que una escritora sin ningún éxito pudiera permitirse el alquiler de un apartamento en el Upper West Side. Ahora las esquinas que ocupaban los coffee shops de entonces, donde podía comerse muy barato a cualquier hora y pasar la tarde distraído con una taza de café, se han convertido en sucursales de bancos, de empresas de telefonía, de Starbucks, de la cadena de droguerías Duane Reade. En la película, el personaje interpretado con prodigiosa veracidad y talento por Melissa McCarthy frecuenta librerías entre anticuarias y de segunda mano que tienen una majestad de bibliotecas. La mayor parte de ellas han ido desapareciendo desde los primeros noventa, como las floristerías y fruterías coreanas, las tiendas de cachivaches estrambóticos, las papelerías, las ferreterías, todo ese ecosistema de negocios modestos que dan vida a las aceras de la ciudad y le permitían ganarse a mucha gente la vida.

Pero otras cosas no han cambiado, quizá porque forman parte de un fondo inexpugnable, de una identidad oculta que uno no sabe cómo se ha forjado. No han cambiado los superintendentes de los edificios, que son mucho más que porteros, y que ahora igual que entonces hablan muy rápido con un acento muy fuerte, hispánico en muchos casos, aunque también balcánico o centroeuropeo: los super a los que se acude desesperadamente cuando hay una invasión de ratones o de cucarachas, los que pueden arreglarte un problema muy simple en un momento o complicártelo sin remedio, dependiendo de su capricho o de las propinas que hayas ido teniendo la prudencia de entregarle. En edificios viejos, donde todo funciona precariamente, habitados con frecuencia por muchas personas solitarias, el super es una conexión con el mundo, y puede ser el único ser humano con que un vecino ermitaño cruce unas palabras al cabo del día.

Los porteros de los edificios, las cafeterías, los apartamentos sucios y atestados de cosas, con olor a comida averiada y a pis de gato, los bares de bebedores sombríos… forman parte de la geografía profunda de las almas perdidas. “City of broken dreams”, dice un personaje en un cuento de ­John Cheever que se titula así: sueños rotos como los de esta autora de biografías que ya no quiere leer nadie a la que se le ocurre ganar algo de dinero falsificando cartas de escritores. Es la condición de metrópolis de fracasos innumerables lo que define a Nueva York en muchas historias, de ficción o no, y en esta película. “Lo que hace Nueva York a la gente es que despierta sus expectativas”, escribió Philip Roth. Pero no hace falta que sean expectativas muy altas para que se frustren. Y en una cultura que reverencia el éxito, cualquier indicio de fracaso provoca el mismo rechazo instintivo que la posibilidad de un contagio. Lee Israel es una escritora de cincuenta y tantos años que tuvo cierto éxito y luego ha dejado de tenerlo. La amabilidad gélida con que es recibida y rechazada por quienes la conocieron en mejores tiempos es tan exacta que uno mismo siente la crudeza de las patadas envueltas en buenos modales que recibe Lee. No hay alivio para la soledad ni redes de afectos que amortigüen la caída libre en la misantropía.

Yo he visto a mujeres de cierta edad igual de perdidas por la calle, vestidas de cualquier manera, con la raya blanca en el centro del pelo sucio y mal teñido, con un aire de infortunio que tiene mucho de naufragio, de desvarío progresivo de la soledad en una isla desierta. He visto esa luz gris de anochecer anticipado en invierno, cuando empiezan a caer o a bailar en el aire los primeros copos de una nevada que irá arreciando según se hace de noche. He conversado con personas así en un banco de un parque, o en una sala de espera, o en un asiento del metro; figuras herméticas que de pronto le hablan con desenvoltura a un desconocido y unos minutos después ya habrán dejado de verlo.

He visitado, en edificios nobles con porteros de uniforme, apartamentos como cuevas de inaudita suciedad y desorden, almacenes de erudiciones y desperdicios acumulados durante generaciones, con cagarrutas secas de ratones y montones de periódicos sepultados en polvo y borra. He visto y he olido. En la película, un operario entra en el apartamento de la escritora y sale de inmediato tapándose las narices, huyendo del olor. Nadie que no lo haya olido de verdad puede imaginarlo.