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LO MEJOR DEL ARTE DE 2018 | LATINOAMÉRICA

Un continente de ida y vuelta

Hace tiempo que el arte de esta parte del mundo ha dejado de ser autorreferencial y se expande imparable por los museos internacionales

Muestra de Antonio Ballester Moreno en la bienal de São Paulo. Ampliar foto
Muestra de Antonio Ballester Moreno en la bienal de São Paulo. BIENAL DE SÃO PAULO

Hablar hoy de los eventos artísticos más relevantes en América Latina es desplazar los parámetros espaciales al uso. Esa parte del mundo a la cual se ha dado ese nombre —a falta de otro mejor— ha dejado de ser un lugar autorreferencial hace bastante y se expande imparable; llena los museos internacionales de tantas propuestas sugerentes que de pronto se ponen a dialogar con otras obras en las salas más sofisticadas. Es lo que poco a poco irá ocurriendo en el MOMA, donde la contundente donación de Patricia Phelps de Cisneros cambiará de manera radical el propio relato de la institución, en especial a través de la puesta en marcha del Instituto Cisneros, que ha empezado su rodaje “oficial” este año como un centro de investigación destinado a ser lugar de referencia y reflexión para los estudios latinoamericanos, lo que ha constituido una de las principales “misiones” que la mecenas Patricia Cisneros se propuso hace bastante ya: dar a conocer la producción artística de esa región también —o sobre todo— a través de los programas educativos.

Sin duda, la puesta en marcha del Instituto Cisneros ha sido uno de los grandes acontecimientos en el mundo del arte para este año que acaba, tal vez junto a Pacific Standard Time, la muestra de muestras que tuvo su pistoletazo de salida en Los Ángeles en septiembre de 2017 y dos de cuyas exposiciones más reveladoras se pudieron ver en América Latina a lo largo de 2018 tras su paso por Estados Unidos. La primera, Painted in Mexico. 1700-1790, un proyecto primoroso de pintura novohispana del XVIII, recalaría en el Palacio de Iturbide en México tras el LACMA, y la segunda, Radical Women, la selección de unas mujeres asombrosas latinoamericanas que desde Los Ángeles y Nueva York se exhibiría en la Pinacoteca de São Paulo durante la Bienal, cuya edición de este año abría en septiembre, apenas un día después del infortunado incendio del museo de Río.

La Bienal de São Paulo, la segunda más antigua después de Venecia, ha sido el lugar que desde su creación rompe el maleficio de la autorreferencialidad. En su segunda edición, en 1953, presentaba artistas tan excepcionales como Calder, Mondrian o Sophie Taeuber-Arp. El mismísimo Guernica de Picasso viajaría incluso para la ocasión. Ciertamente los tiempos han cambiado y el Guernica no viaja ya a São Paulo —ni a ningún otro lugar—. Además, en un mundo tan globalizado como el nuestro, las sorpresas de semejante envergadura son cada vez más improbables. Pese a todo, la Bienal de São Paulo sigue siendo un punto de inflexión en cada una de sus ediciones y este año no ha sido menos.

También el MASP de São Paulo ha puesto en pie un increíble trabajo de rescate de temas esenciales —desde la sexualidad en 2017 a la afrodescendencia este año— en muestras sólidas, al tiempo que su colección permanente acoge obras ilustres de otros museos —ahora Bacon ha llegado desde la Tate—. Por su parte, el Banco de la República ha recibido la visita muy esperada del Agnus Dei de Zurbarán, intercambio tras el paso de la Lechuga por el Prado hace dos años, con motivo de Arco Colombia.

Para terminar este intercambio constante —América Latina de dos direcciones y entre dos orillas—, Zaha Hadid se muestra en el MUAC de la UNAM y en Lima el Museo de Arte Contemporáneo busca hacerse un lugar como centro de referencia para el arte más actual en la ciudad y fuera de ella. El año que acaba ha sido, pues, un tiempo de proyectos ambiciosos, colocando al pasado en el presente; mirando hacia un futuro, pese a todo, luminoso.