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La poesía de lo inenarrable

Todo lo que toca Manuel Rivas, incluso lo doloroso, lo sangriento y lo inenarrable, alcanza la altura de lo imprescindible en toda su literatura: la poesía.

Los actores José Coronado y Luis Zahera, en la serie 'Vivir sin permiso'. Ampliar foto
Los actores José Coronado y Luis Zahera, en la serie 'Vivir sin permiso'.

Manuel Rivas cuenta en Vivir sin permiso y otras historias de Oeste un sucedido que parece ficción pero que tiene el alcance poético de toda su literatura sobre lo real terrible o maravilloso. Es lo que le pasó a un futbolista del Celta de Vigo que leía a Dostoievski; se llamaba Pahíño y era un goleador al que fichó el Real Madrid. “Las ideas le llegaban a los pies. Pero le dio por leer”. En tiempos de Franco eso se acercaba al delito o a lo imposible, así que un periódico de la época tituló: El futbolista que lee a Dostoievski. Por la vía de la lectura, Pahíño se hizo rebelde. Cuando lo llevaban al Mundial de Brasil (1950) le hicieron un encargo en Barajas: “¡Las maletas que las lleve el gallego!”. El gallego tuvo arrestos: “¡Las maletas que las lleve tu puta madre!”. “Quedó en tierra”, sentencia Rivas.

A quien se le aplica la metáfora de Pahíño en el relato ‘Sagrado mar’ es a un contrabandista de Oeste, el territorio en el que discurren los tres relatos. El contrabandista lector de Dostoievski está encarcelado, inmerso en El idiota, y no es difícil imaginar las burlas que recibe de sus compañeros de presidio. Leer a Rivas es asistir a historias así, en las que la realidad prosigue a la ficción, que está en su memoria de lector (y periodista, y de lector de periódicos), capaz de servirse del lenguaje poético, presente en toda su obra, para adentrarse en las almas más perversas, entre las cuales están las que hicieron de Galicia un territorio de tráfico intensamente peligroso.

La poesía de lo inenarrable

Los tres relatos, el ya citado, ‘Sagrado mar’, así como ‘Vivir sin permiso’, que dio de sí una serie conocida de televisión, y ‘El miedo de los erizos’, discurren por esa costa de los peligros, Oeste, la Costa de la Muerte que Rivas conoce como la palma de sus sueños. El lenguaje le acompaña en esa tarea que parece imposible: usar cuchillos como de nube para adentrarse en la tragedia y en la sangre, en la descripción de los sobornos, las extorsiones y los asesinatos, con la misma capacidad de metáfora con la que un día dio a la luz el más poético, y también patético, de sus relatos, ‘La lengua de las mariposas’.

En ese cuento, que también fue cine, de la mano de José Luis Cuerda y de Rafael Azcona, narró Rivas el vislumbre de la Guerra Civil, que alumbró tanta mezquindad. Ahí se describen las relaciones entre un maestro de escuela republicano y la ruindad que viene. Materiales humanos nobles frente a la inmundicia. Aquí, en ‘Sagrado mar’, esta especie de Hemingway vestido de Gran Gatsby que es Rivas utiliza su garganta poética para describir el recorrido que hacen los hombres para sucumbir al deseo de ganar sin escrúpulos. Lo que quieren es dinero y poder, dominación, no importa a qué precio.

Las historias están ahí, se pueden contar con la precisión casi vallejiana de Rivas; pero lo que importa, lo que deja en el alma del lector una huella más potente (sobre todo en ‘Sagrado mar’) es la evidencia de que todo lo que toque, lo ruin humano incluso, lo doloroso, lo sangriento y lo inenarrable, alcanza en Rivas la altura de lo imprescindible en toda su literatura: la poesía.

Vivir sin permiso y otras historias del Oeste. Manuel Rivas. Alfaguara, 2018. 148 páginas. 17,90 euros.