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MÚSICA

El piano que vuela

Pierre-Laurent Aimard hace realidad el sueño de Olivier Messiaen: convertir su instrumento en un desfile de pájaros que cantan sin cesar

Pierre-Laurent Aimard interpreta el 'Catalogue d’oiseaux' en el Festival de Aldeburgh en junio de 2016.
Pierre-Laurent Aimard interpreta el 'Catalogue d’oiseaux' en el Festival de Aldeburgh en junio de 2016.

Al comienzo de su famosa Conferencia de Kioto (1988), Olivier Messiaen confesó a su auditorio: “Me he chocado siempre con cuatro dificultades, que son la desgracia de mi vida y a las que sólo el tiempo ha podido aportar algunas soluciones. La primera dificultad es que yo soy un músico rítmico y las personas a quienes me dirijo confunden el ritmo con los valores iguales y los tiempos regulares. La segunda es que veo colores mentalmente mientras oigo o leo la música, y que tanto mis alumnos como mis oyentes no ven colores en absoluto. La tercera es que soy ornitólogo, que he transcrito multitud de cantos de pájaros, que utilizo constantemente en mis obras, y que el público de los conciertos está integrado generalmente por habitantes de ciudades que no han oído jamás el canto de un pájaro. La cuarta, la más grave, y la más terrible, es que soy creyente, cristiano y católico, y que hablo de Dios, de los misterios divinos, y de los misterios de Cristo, a personas que no creen, o que conocen mal la religión y la teología”. Ritmos, colores, pájaros, Dios: estos cuatro vértices acotan toda la estética musical de Messiaen, un pacífico creador de tintes medievales condenado a vivir en el brutal y moderno siglo XX.

El compositor no bromeaba. En un lugar preferente de su tarjeta de visita, y en un cuerpo sensiblemente mayor que el resto del texto, se autoproclamaba “ornithologue et rythmicien”. Su pasión ornitológica impregnó muchas de sus obras, pero en ninguna lo hizo de forma tan sistemática, tan concienzuda, tan científica casi como en su Catalogue d’oiseaux, protagonizado nominalmente por los 13 pájaros que dan título a otras tantas piezas de hechuras y concepción muy diferentes, pero por el que desfilan muchas otras aves, a menudo con varias gorjeando de forma simultánea. Yvonne Loriod, la esposa del compositor, fue quien dio a conocer este incomparable aviario musical en 1959, y fue ella también quien enseñó a Pierre-Laurent Aimard cómo dar vida a estos compases de una complejidad endiablada, que el francés tocó en su totalidad en cuatro conciertos de una jornada memorable del Festival de Aldeburgh, el 19 de junio de 2016, desde el amanecer hasta la medianoche, al aire libre y a cubierto, con luz artificial o natural y a oscuras. De aquella experiencia catártica para todos, él incluido, ha nacido este álbum, que marca el inicio de su relación con el sello Pentatone. Aimard no da puntadas sin hilo: en su primera grabación para Deutsche Grammophon, hace 10 años, eligió tocar El arte de la fuga, de Bach.

El piano que vuela

Para interpretar a Messiaen hay que creer fervientemente en él: no valen medias tintas. Aimard lo hace, es desde hace años su mejor apóstol, su evangelista más asiduo, y esa fe se percibe en la forma en que traduce lo que él mismo llama el “naturalismo radical” del Catálogo. Porque no solo desfilan ante nuestros oídos (y casi ojos) chova, oropéndola, collalba, cárabo, busardo o zarapito, sino también sus circunstancias: esa naturaleza omnímoda que Messiaen veía siempre envuelta en un halo divino. Los portentosos dedos de Aimard y su piano se convierten así en traductores precisos y preciosos de toda una cosmología visual y sonora.

Un DVD adicional permite al pianista francés explicarnos cada una de las piezas y explayarse sobre el modus operandi de su autor en esta obra única. Y Pentatone nos reserva aún una última sorpresa: al abrir la caja nos encontramos, junto a los discos, unas pequeñas plumas de ave. Con Messiaen y Aimard, al cielo.

‘Olivier Messiaen. Catalogue d’oiseaux’. Pierre-Laurent Aimard (piano). Pentatone (3 CD).